Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 251
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Capítulo 251: Donde comienza el nosotros
**Elliot**
No recuerdo haber respirado con normalidad desde el momento en que la vi avanzar hacia mí.
Todo lo demás —la música, los invitados, incluso el murmullo del bosque— se volvió un fondo lejano cuando Renesmee apareció del brazo de Edward. Había imaginado ese instante cientos de veces, pero ninguna versión mental se acercó a la realidad. Estaba serena, luminosa, tan absolutamente ella, que sentí un nudo apretarse en mi pecho con una fuerza dulce y devastadora.
Cuando mi madre la recibió y la abrazó antes de entregármela, supe que ese gesto sellaba algo más que una ceremonia. Era una bienvenida real, profunda, definitiva.
El resto ocurrió como en un sueño sostenido: los votos, las alianzas llevadas por Sarah —mi pequeña sombra inquieta—, la frase que ya era tradición en nuestra familia: *hasta donde el tiempo nos permita amarte*. Cuando la besé, el mundo estalló en aplausos, pero yo solo sentía su respiración, su sonrisa contra la mía, la certeza plena de haber llegado a casa.
La recepción fue un estallido de vida.
Alice, como siempre, había logrado lo imposible: una celebración que parecía fluir sola, como si el lugar mismo celebrara con nosotros. Las luces entre los árboles, la música envolviendo cada rincón, las risas cruzándose sin esfuerzo entre vampiros, lobos y humanos.
Bailamos. Bailé con ella, con mi madre, con Bella, con Rosalie, con Alice, con Sue, con Rachel, Con Quetzaly. Renesmee bailó con Edward, con mi padre, con Anthony, con su abuelo Charlie. El vals tradicional nos fue llevando de mano en mano, compartiendo ese instante con todos los que habían sido parte del camino. Era una forma de decir *gracias*, sin palabras.
El ramo voló por el aire entre risas y exclamaciones, y cuando cayó directamente en las manos de Leah, el murmullo colectivo se convirtió en carcajadas y aplausos. Leah se quedó mirándolo un segundo, incrédula, antes de alzar la vista con una mezcla de ironía y emoción contenida. Colin la abrazó por detrás, y por primera vez no pareció incómodo con ser el centro de atención.
Luego llegó **nuestra canción**.
*Die With a Smile*.
El espacio se despejó con naturalidad, como si todos supieran que ese momento nos pertenecía solo a nosotros. Tomé a Nessie por la cintura y apoyé la frente en la suya. Bailamos despacio, sin pasos marcados, dejando que el cuerpo hiciera lo que el corazón ya sabía. No había prisa, no había espectáculo. Solo dos personas eligiéndose, una vez más, frente a todos.
Cuando la canción terminó, la fiesta realmente comenzó.
Risas más altas, música más viva, brindis que se repetían una y otra vez. Felicitaciones, abrazos, palabras susurradas al oído. En medio de todo eso, Anthony se abrió paso hasta mí y me rodeó con un abrazo firme.
—Felicitaciones, hermano —me dijo—. Les deseo mucha felicidad.
A su lado, Quetzaly sonreía con esa serenidad suya, sincera, profunda.
—Se ven… completos —añadió—. Me alegra haber sido testigo de esto.
Más tarde, mi padre se acercó. Tenía los ojos atentos, como siempre, divididos entre la celebración y Sarah, que corría de un lado a otro con Seth detrás de ella, intentando mantener el ritmo mientras ella reía, escapándose a propósito. Jacob los miraba con el ceño fruncido, claramente conteniendo más de un impulso.
—Papá —le dije, sonriendo—, no pierdas la paciencia. Cuando llegues a este momento con Sarah, habrás terminado tu trabajo como padre.
Me fulminó con la mirada.
—No me hables de eso, Elliot —gruñó—. No me lo recuerdes.
Reí con ganas. Hacía tiempo que no lo veía tan desarmado.
—Pero ya en serio hijo, deseo que toda la dicha y el amor la diosa Luna se las conceda en su relación.
—Gracias papá— Nos dimos un fuerte abrazo.
El abuelo Billy también se acercó, con esa mirada sabia que siempre parecía ver más allá del momento.
—No olvides la ceremonia quileute esta noche —me dijo—. Es importante.
—Lo sé, abuelo —respondí con respeto—. Y claro que la haré.
La noche avanzó sin que me diera cuenta. Cuando el cansancio empezó a mezclarse con la felicidad, Renesmee y yo nos despedimos poco a poco. La fiesta continuaba, pero nuestro camino ya se extendía en otra dirección.
Santorini. Grecia. El mar blanco y azul esperándonos.
Mientras nos alejábamos, sentí esas mariposas inquietas en el vientre, una mezcla de anticipación y reverencia. Durante este último año habíamos aprendido a tocarnos de otras maneras, a construir intimidad desde el cuidado y la espera. Habíamos sido pacientes, conscientes, presentes.
Habíamos guardado ese último gesto —la unión completa de nuestros cuerpos— para esta noche.
No por prohibición, ni por miedo, sino porque así lo habíamos elegido.
Ahora, por fin, había llegado el momento de entregarnos sin reservas al amor que nos sostendría a través del tiempo.
Y mientras tomaba su mano, supe que todo lo que vendría después —cada día, cada desafío, cada alegría— lo enfrentaríamos juntos.
Como siempre debió ser.
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