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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 253

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Capítulo 253: Santorini: donde todo comienza

**Elliot**

Santorini nos recibió con el azul más intenso que había visto jamás. El **Grace Hotel** se alzaba como un susurro blanco sobre el acantilado, y el mar, abajo, parecía respirar al ritmo del viento. Íbamos a quedarnos quince días allí, y luego otros quince recorriendo Grecia —Atenas, Mykonos, Creta, Delfos y Olimpia—, pero esa primera noche tenía un peso distinto: era el umbral.

La **suite con piscina privada** nos esperaba abierta al horizonte. Dejamos las maletas y, sin hablar, nos acercamos al balcón. La luna estaba alta. Saqué del equipaje el pequeño frasco de vidrio y, uno a uno, alternamos **puñados de arena**: grises volcánicos, blancos suaves, ocres tibios. El frasco se llenó como un arcoíris mineral. Unión. Crecimiento. Promesa.

Luego tomé el **rebozo** y uní nuestras manos, palma con palma, envolviéndolas despacio. El *hand fasting* no es atadura: es refugio. Es decir *si tropiezas, estoy aquí*. Trencé su cabello con cuidado, cerrando el ritual. Cuando terminé, la miré y supe que el mundo podía esperar.

Entramos a la piscina. Renesmee llevaba un bikini pequeño; yo, apenas una pantaloneta. Tragué saliva.

—Nessie… eres hermosa.

Ella sonrió y se acercó. El agua nos cubrió hasta la cintura. El beso comenzó suave y se volvió decidido, como si dos años de contención encontraran por fin su cauce. Mis manos recorrieron su espalda, su cintura, sus caderas; las suyas dibujaron mis hombros, mi pecho, mi cuello. La noche nos sostuvo.

Después, la cama. La recosté con cuidado y la miré con adoración.

—Te amo, Renesmee.

Me respondió con un beso y, con una destreza nueva y luminosa, deshicimos lo que aún nos separaba.

—

Hubo un instante —antes de cualquier prisa, antes incluso de pensar— en el que la besé como si aprendiera un idioma nuevo.

Sus labios no eran una invitación impaciente, sino un umbral. Al principio me acerqué despacio, dejando que el contacto se diera por sí solo, como si mi cuerpo necesitara confirmar que aquello era real. El primer beso fue suave, exploratorio, casi reverente; el segundo, más seguro; el tercero, inevitable. Sentí cómo Renesmee respondía no con urgencia, sino con entrega consciente, y eso cambió todo en mí.

Mis manos aprendieron su forma sin reclamarla. No hubo posesión, solo recorrido. Deslicé los dedos por su espalda como quien memoriza un camino que quiere recorrer toda la vida, deteniéndome en cada curva, en cada reacción mínima. Cada caricia despertaba algo distinto: un suspiro leve, un estremecimiento contenido, una respiración que se volvía más profunda.

Besé su cuello con lentitud, no para provocar, sino para **escuchar**. Mi lobo —siempre atento— no empujaba; observaba. Comprendía. Era la primera vez que no sentía al instinto como una fuerza que exige, sino como una presencia que cuida el ritmo.

Cuando nuestras frentes se tocaron, respiramos el mismo aire. Ese gesto sencillo me atravesó más que cualquier impulso. Renesmee me miraba sin miedo, con una confianza serena que me desarmó por completo. Comprendí entonces que la intimidad no comenzaba en el cuerpo, sino en ese permiso silencioso que se concede sin palabras.

El acercamiento fue natural, como si nuestros cuerpos supieran lo que nuestras mentes ya habían decidido hacía tiempo. Me moví con cuidado, atento a cada señal, a cada cambio en su respiración, a cada leve presión de sus manos buscándome. No había urgencia. No había duda. Solo una certeza profunda: **este momento no pedía velocidad, pedía presencia**.

Cuando finalmente la estreché contra mí, sentí algo nuevo recorrerme —no la descarga breve del deseo, sino una expansión cálida, constante— como si algo dentro de mí hubiera encontrado su lugar exacto. No era solo placer: era reconocimiento, pertenencia, una calma intensa que no había conocido antes.

Mi lobo se aquietó del todo.

Y en ese silencio compartido entendí que aquella unión no me transformaba en algo distinto, sino en algo más completo.

—

Al amanecer, el mar volvió a respirar bajo nosotros. Nos quedamos un rato en silencio, sonriendo. Habíamos guardado ese momento para nuestra noche de bodas y habíamos acertado. Lo que siguió en los días posteriores fue descubrimiento y celebración: caminatas por **Oia** al atardecer, cenas frente a la caldera, risas en la piscina privada, y una complicidad que crecía sin prisa.

Luego vinieron **Atenas**, **Mykonos**, **Creta**, **Delfos** y **Olimpia**: ruinas que enseñan a escuchar el tiempo, islas que invitan a perderse, caminos donde aprendimos a leernos sin palabras. Nuestra luna de miel no fue un punto final, sino el inicio de una travesía compartida.

Y supe, con una certeza tranquila, que el amor que nos sostenía sabría acompañarnos —con deseo y con cuidado— por todas las sendas que vinieran.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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