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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 254

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Capítulo 254: Raíces que eligen quedarse

**Emma**

Cuatro años habían pasado desde la boda de Elliot y Renesmee, y la vida —esa fuerza silenciosa que no pide permiso— había seguido acomodándose con una calma que antes me habría parecido imposible.

Sarah ya no era una niña.

Tampoco una mujer.

Era una adolescente de mirada profunda, con esa mezcla tan particular entre la intensidad de Jacob y la serenidad que siempre había sentido como propia. Crecía rápido para los estándares humanos, pero con un ritmo distinto al de los mellizos. Su risa aún llenaba la casa, aunque ahora se mezclaba con silencios largos, con preguntas que no siempre formulaba en voz alta.

Seth seguía ahí.

Siempre ahí.

No había cambiado físicamente —ninguno de ellos lo había hecho—, pero su vínculo con Sarah había madurado como lo hacen las cosas verdaderas: sin prisa, sin ruido, sin necesidad de ser explicadas. Eran amigos, confidentes, compañeros. Nada más… y nada menos. Jacob fingía no notar cuánto confiaba nuestra hija en él, pero yo sabía que lo sabía. También sabía que, aunque le costara admitirlo, le daba paz.

Nuestra casa se había convertido en un punto de encuentro tranquilo. No el centro de una guerra, no un bastión defensivo, sino un hogar real. Jacob y yo habíamos aprendido a habitar esa palabra con una gratitud que aún me sorprendía.

Aquella tarde, Anthony y Quetzaly llegaron sin anuncio previo. No lo necesitaban.

Ella entró como siempre: con esa presencia firme y serena que nunca intentó imponerse, pero que inevitablemente se hacía notar. Su cabello corto ya no era solo una elección estética, sino una extensión de quién era. Anthony, a su lado, parecía completo de una manera distinta a la que conocí cuando era más joven. Menos fuego desbordado, más profundidad.

—Mamá —dijo él, después de sentarse—. Papá.

Jacob los miró con atención. Yo también.

—Queríamos contarles algo —continuó Anthony—. Ya tomamos una decisión.

Quetzaly fue quien habló entonces. Siempre había sido así entre ellos. No necesitaban turnarse, se complementaban.

—Vamos a hacer el rito quileute para unir nuestras vidas.

No hubo dramatismo en su voz. No había nervios. Solo certeza.

—No tendremos una ceremonia como las otras —añadió—. No es rechazo, ni distancia. Es… coherencia.

Sentí una sonrisa crecer en mí antes de que pudiera detenerla.

—Lo entiendo —respondí—. Y me parece hermoso.

Jacob asintió con una expresión que solo yo sabía leer del todo. Orgullo. Profundo, silencioso.

—Honrar las raíces no es retroceder —dijo él—. Es saber exactamente quién eres y desde dónde eliges caminar.

Anthony respiró con alivio. No porque temiera nuestra respuesta, sino porque sabía que ese paso no era pequeño. Elegir el rito quileute no era solo una forma de unirse a Quetzaly; era una afirmación de pertenencia. De identidad.

—Alice lo entenderá —añadí—. Puede que le cueste no planear nada, pero lo entenderá.

Quetzaly sonrió apenas, como si ese detalle ya estuviera contemplado.

—Me gustaría que estuvieras en los preparativos —me dijo—. No como organizadora… sino como parte del rito.

Sentí algo abrirse en mi pecho.

—Será un honor —respondí sin dudar.

Jacob se levantó y apoyó una mano firme sobre el hombro de su hijo.

—Haces bien, Anthony. No por tradición, sino por elección. Eso es lo que le da sentido a todo.

Mientras hablaban de detalles —fechas, lugares, el claro del bosque donde la tierra aún guardaba memoria—, pensé en todo lo que había cambiado y, al mismo tiempo, en todo lo que seguía intacto.

Los lobos que habían decidido soltar su espíritu lo harían cuando llegara el momento, envejeciendo junto a quienes amaban. Otros, como Jacob, como Seth, como nuestros hijos, seguirían habitando esa eternidad distinta, no inmortal, pero sí extendida, porque sus parejas compartían ese tiempo largo y sereno.

No había abundancia descontrolada de nada.

Solo equilibrio.

Cuando se marcharon, me quedé un momento mirando por la ventana. Sarah reía en el jardín, Seth a unos pasos detrás, atento sin ser invasivo. Jacob se acercó y rodeó mi cintura con un gesto familiar.

—Hemos hecho algo bien —murmuró.

Apoyé la cabeza en su hombro.

—No perfecto —respondí—. Pero verdadero.

Y eso, al final, siempre había sido suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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