Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 255
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Capítulo 255: Donde la raíz se convierte en promesa
**Anthony**
Nunca quise una ceremonia que hablara más fuerte que nosotros.
Por eso, cuando Quetzaly y yo tomamos la decisión, supe que tenía que ser así: con la tierra bajo los pies, con los nuestros alrededor y con la voz de un anciano que conociera el peso real de una promesa. No un espectáculo. Un rito.
El claro había sido preparado desde temprano. No con flores traídas de lejos ni telas ajenas, sino con lo que el territorio ofrecía: troncos acomodados en círculo, piedras lisas del río, antorchas sencillas y el olor profundo del bosque mezclado con sal marina que el viento arrastraba desde la costa.
Billy nos esperaba al centro.
Verlo allí, erguido pese a los años, con la mirada firme y serena, me hizo sentir algo que no había sentido ni siquiera el día del compromiso de mi hermano: pertenencia absoluta. Billy no era solo el padre de Jacob. Era memoria viva. Era raíz.
Quetzaly estaba a mi lado, vestida con telas sencillas, colores de tierra y mar. Su cabello corto estaba adornado con pequeñas cuentas de madera y conchas. No necesitaba nada más. Nunca lo necesitó. Yo llevaba el atuendo tradicional Quileute, sencillo y sobrio, y por primera vez entendí que la elegancia verdadera no tiene que ver con ornamentos, sino con coherencia.
Billy alzó la voz, grave y pausada.
—Estamos aquí —dijo— porque dos personas han decidido caminar juntas. No porque la luna los obligue. No porque la sangre lo imponga. Sino porque así lo eligen.
Sentí la mano de Quetzaly apretarse en la mía.
Billy nos pidió acercarnos más al centro del círculo. Seth y Jacob colocaron frente a nosotros una manta tejida con símbolos antiguos, y sobre ella, un pequeño cuenco con agua del río.
—Este rito no une cuerpos —continuó Billy—. Une voluntades. Une decisiones. Une la forma en que se cuidan cuando el mundo se vuelva difícil.
Quetzaly y yo entrelazamos las manos, palma con palma. Billy las cubrió con un rebozo, envolviéndolas con cuidado, sin apretar.
—Esto no es atadura —dijo—. Es refugio. Es decir *si tropiezas, estoy aquí*.
Sentí algo profundo asentarse en mi pecho. No como un golpe, sino como un ancla.
Billy nos pidió que tomáramos agua del cuenco y la pasáramos por nuestros rostros. Cuando lo hice, no pensé en el pasado ni en el futuro. Pensé en ella. Solo en ella.
—Desde hoy —finalizó— caminan juntos ante la manada, ante la tierra y ante ustedes mismos. No como imposición. Como elección.
No hubo más palabras.
No hacían falta.
La celebración continuó en la casa de Sam, como había sido acordado. Las manadas se reunieron allí al caer la noche. Hubo comida, bebida, risas. Los tambores comenzaron a sonar y el ritmo ancestral llenó el aire. Se danzó. Se cantó. Se celebró la vida.
Los Cullen estuvieron presentes todo el tiempo. No comieron ni bebieron, pero acompañaron. Carlisle con su sonrisa serena. Esme con los ojos húmedos. Emmett bromeando en voz baja. Jasper tranquilo, atento. Y Alice…
Alice se me acercó en un momento en que la música bajó de intensidad.
—Anthony —dijo, tocándome el brazo—, te prometo que no estoy resentida.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Tía Alice, te prometo algo yo a ti —respondí—. Como todas las parejas de esta familia, podrás hacerte cargo de nuestras celebraciones de aniversario.
Quetzaly, a mi lado, asintió sonriendo.
Alice llevó una mano al pecho, genuinamente conmovida.
—Eso me hace muy feliz —dijo—. Y no te preocupes… admiro profundamente que honres tus raíces. Supongo que, de vez en cuando, puedo ser solo una invitada que disfruta la fiesta y no la organizadora.
Rió, y yo con ella.
La noche avanzó entre bailes, cantos y carcajadas. Seth danzaba con los más jóvenes. Jacob observaba todo con una mezcla de orgullo y nostalgia. Emma nos miraba como solo una madre sabe mirar.
Cuando el fuego comenzó a apagarse y la música se volvió más suave, Quetzaly y yo nos retiramos.
No huimos de la celebración.
Simplemente entendimos que era momento de empezar lo nuestro, a solas, por primera vez como esposos.
Mientras caminábamos juntos, lejos del ruido, sentí con claridad algo que jamás había dudado, pero que esa noche se volvió certeza absoluta:
Había elegido bien.
Habíamos elegido bien.
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