Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 257
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Capítulo 257: Donde el mundo se vuelve nuestro
**Anthony**
La noche de bodas no terminó cuando cerramos los ojos.
Terminó cuando entendí, con una claridad casi abrumadora, que ya no estaba solo en el mundo.
Quetzaly dormía a mi lado, envuelta en las mantas de la cabaña, con el cabello desordenado y el rostro sereno. La observé un largo rato antes de permitirme descansar. Había pasado muchas noches con mujeres antes de ella, demasiadas quizá, pero ninguna se parecía a esto. No había urgencia que apagar ni vacío que llenar. Había **plenitud**.
Cuando despertamos, el bosque estaba envuelto en una neblina suave. Preparamos café en silencio, compartiendo miradas cómplices y sonrisas lentas. No necesitábamos hablar demasiado. Todo estaba dicho.
Dos días después emprendimos el viaje.
Tailandia nos recibió con un golpe de colores, aromas y sonidos que despertaban los sentidos. El calor era distinto al de casa, más húmedo, más envolvente. Bangkok fue nuestro primer destino: templos dorados que parecían flotar en el tiempo, mercados nocturnos donde las luces colgaban como constelaciones bajas, y ríos que reflejaban la ciudad como un espejo vivo.
Recorrimos el **Gran Palacio**, caminamos descalzos por el **Wat Pho**, y Quetzaly se detuvo largo rato frente al Buda reclinado, observándolo con una atención casi reverente. Yo la observaba a ella. Siempre a ella.
Por las noches, volvíamos al hotel exhaustos y encendidos. Cada experiencia del día parecía traducirse en una necesidad silenciosa de tocarnos, de confirmarnos. Nuestros cuerpos ya se conocían, pero seguían descubriéndose. La intimidad no era un punto de llegada, sino un lenguaje que aprendíamos juntos, palabra por palabra, piel con piel.
Después viajamos al sur.
**Krabi** nos ofreció acantilados de piedra caliza que emergían del mar como gigantes antiguos. Hicimos kayak entre manglares, buceamos en aguas tan claras que parecía que el océano se abría para dejarnos pasar. En **Phi Phi**, nadamos al amanecer, cuando la playa aún estaba vacía y el mundo parecía recién creado.
Una tarde, bajo una palmera, Quetzaly apoyó la cabeza en mi pecho y dijo:
—Nunca imaginé que la paz se sintiera así.
Yo tampoco.
En **Chiang Mai**, el tiempo cambió de ritmo. Visitamos santuarios de elefantes, caminamos por senderos verdes y participamos en una ceremonia de linternas. Verlas elevarse al cielo nocturno, cargadas de deseos y agradecimientos, me hizo pensar en todo lo que había dejado atrás y en lo que estaba construyendo ahora.
Cada noche, al regresar a nuestra habitación, el cansancio se mezclaba con una complicidad profunda. No siempre era fuego; a veces era calma, caricias lentas, respiraciones que se sincronizaban sin esfuerzo. Otras veces, el deseo surgía con la misma fuerza del primer día, recordándonos que estábamos vivos, juntos, completos.
Nuestro último destino fue una isla pequeña, lejos del ruido.
Allí, entre playas silenciosas y noches estrelladas, comprendí que la luna de miel no era el viaje. Era **ella**. Era la forma en que Quetzaly caminaba descalza por la arena, la manera en que se reía cuando el mar la sorprendía, el modo en que me miraba como si me eligiera cada día de nuevo.
Antes de regresar, sentados frente al océano, tomé su mano.
—Gracias —le dije.
—¿Por qué? —preguntó, genuinamente sorprendida.
—Por caminar conmigo. Por no apurarme. Por quedarte.
Sonrió y apoyó su frente en la mía.
—Este es solo el comienzo, Anthony.
Y supe que tenía razón.
El mundo era grande, antiguo y diverso. Pero por primera vez, no sentía la necesidad de explorarlo solo.
Porque ahora, **mi lugar estaba donde ella estuviera**.
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