Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 258
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Capítulo 258: Decidir por los que vienen
**Jacob**
Sam llegó con el ceño fruncido y el paso corto, como cuando una idea pesada no te deja respirar del todo. No hizo falta que hablara de inmediato; su preocupación se le notaba en los hombros, en la forma en que evitó sentarse durante unos segundos, como si el suelo no fuera firme.
—Tenemos que hablar —dijo al fin—. No solo nosotros. El Consejo.
Asentí. Ya sabía por dónde iba.
La paz había durado. Y cuando la paz dura, aparecen las preguntas que la guerra siempre posterga.
La presencia de los Cullen había sido, en muchos sentidos, una bendición: equilibrio, alianzas, familias que crecieron sin miedo. Pero también traía consigo una verdad que ninguno de nosotros podía ignorar: **la cercanía de vampiros despierta el gen en los descendientes humanos de la manada**. Y ahora, por primera vez en generaciones, no hablábamos solo de nosotros… sino de nuestros hijos.
Sam tomó la palabra cuando estuvimos todos reunidos.
—Levi tiene nueve años —dijo—. En dos o tres años, si no hacemos algo, su transformación podría activarse. Y él no eligió eso.
Hubo un silencio espeso. No por desacuerdo, sino porque todos empezamos a hacer el mismo conteo mental.
Lisa, la hija menor de Sam.
Efraín y Tom, los hijos de Paul.
Melissa y Gregorio, los de Jared y Kim.
Noah, Salma y Arón, los tres hijos de Embry, siempre corriendo como si el mundo fuera demasiado pequeño para ellos.
Y los que venían en camino: el primer hijo de Colin y Leah.
Quil no tardaría en sumarse a la lista. Su boda con Claire sería el próximo año, y nadie dudaba de que, con ellos, un nuevo niño o niña llegaría pronto.
Éramos una manada que se había estabilizado durante años alrededor de diecisiete lobos activos. Ahora, sin guerra, sin amenazas, corríamos el riesgo de crecer de forma desmedida… no por necesidad, sino por simple consecuencia biológica.
—No hablo de nuestros hijos mayores —aclaré entonces—. Elliot ya es lobo y lo será siempre. Él eligió, comprendió y abrazó su naturaleza.
Y Sara y Anthony… —hice una pausa inevitable—. No entran en esta ecuación. Su naturaleza es semivampira. En ellos no existe la posibilidad de la transformación.
Sam asintió. Eso todos lo teníamos claro.
El problema no era el presente.
Era **la próxima generación**.
—Algunos ya han empezado a buscar otra salida —añadió Paul—. Brady, por ejemplo. Lleva años fuera del territorio. No se imprimó. Se casó con una mujer humana que conoció en la universidad. Está intentando dejar el espíritu del lobo para envejecer con ella.
Brady era la prueba viviente de que había otras posibilidades. No fáciles, no inmediatas, pero reales.
—Nuestros padres —dije— dejaron de transformarse aun con vampiros cerca. Llegaron a una edad en la que el gen simplemente dejó de responder. Eso nos dice algo.
Los ancianos escuchaban en silencio.
—Que hay una ventana —continué—. Un tiempo limitado. Si protegemos ese tiempo… si los Cullen se alejan del territorio mientras nuestros hijos crecen… ellos podrían elegir. Ser humanos. Sin imposiciones. Sin cargar con una responsabilidad que nosotros no pedimos cuando éramos adolescentes.
La palabra *elección* quedó suspendida en el aire.
No fue una decisión sencilla. Nadie quería pedirle a la familia Cullen que se marchara, ni siquiera de forma temporal. No después de todo lo compartido. No después de haberlos llamado hogar, sangre y clan.
Pero tampoco queríamos mirar a nuestros hijos a los ojos, dentro de unos años, y decirles que **no tuvieron opción**.
La decisión final fue clara:
Hablaríamos con Carlisle y con Edward. No como enemigos. No como destierro. Sino como aliados capaces de entender que amar también es saber hacerse a un lado cuando corresponde.
Que la paz verdadera no se sostiene con garras ni con colmillos, sino con renuncias justas.
Esa noche caminé solo por la playa. Pensé en Levi, en su risa despreocupada. En los hijos de Embry persiguiéndose bajo la lluvia. En la vida tranquila que Brady estaba intentando construir lejos de aquí.
Pensé en mi propio camino. En cuánto me había costado aceptar lo que era.
Y supe que, si podía evitarles ese peso a ellos, lo haría.
Aunque doliera.
Aunque implicara despedidas.
Porque ser alfa no es decidir por los demás cuando hay guerra.
Es **proteger su libertad cuando hay paz**.
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