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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 La linea que no crucé
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26: La linea que no crucé.

26: La linea que no crucé.

CAPÍTULO — JACOB El último encuentro con Emma había sido tenso y extraño.

En algún punto noté cómo algo en ella se contradecía, como si una fuerza la empujara hacia mí mientras otra la obligaba a retroceder.

Y cuando Emma entra en ese estado, lo único que sé hacer es detenerme.

Darle espacio.

No forzar.

No empujar nada que no esté lista para sostener.

El tercer día sin verla llegó más rápido de lo que esperaba, y su ausencia empezó a inquietarme más de lo que quería admitir.

Me debatía entre ir a buscarla o esperar a que fuera ella quien apareciera.

No quería convertirme en una presión más.

Decidí empezar por algo simple: un baño, ordenar mis ideas, prepararme.

Fui al río y me sumergí en el agua fría.

El sol despuntaba de forma inusual entre las nubes; un día extraño para esta montaña.

Después del baño elegí un jersey blanco y unos vaqueros negros.

Me puse unas pantalonetas cortas bajo la ropa interior y las zapatillas de montaña.

Luego los detalles: cepillo de dientes, enjuague bucal, desodorante y una loción suave.

Nada exagerado.

Ella percibe todo.

No necesitaba invadirle los sentidos.

Recién entonces caí en cuenta de algo que me hizo reír: todas las mujeres del pueblo habían sido *demasiado* amables conmigo.

Flirteaban, y yo… ni lo había notado.

Solo podía pensar en Emma.

En sus ojos verdes.

En su presencia silenciosa.

Di vueltas sin rumbo y, como siempre, terminé cerca de su cabaña.

Me coloqué a favor del viento para que no detectara mi efluvio.

Entonces la vi.

Salió de la casa con jeans ajustados y una camiseta azul cielo que contrastaba con su piel.

El cabello recogido en una trenza gruesa, algunos mechones sueltos enmarcando su rostro.

Mi corazón se aceleró de inmediato.

Parecía buscar algo.

Olfateaba el aire, avanzaba unos pasos, se detenía.

Expectativa.

Decepción.

Resignación.

Quise ir hacia ella, pero esperé.

Se dirigió hacia el río, más abajo de donde yo había estado esa mañana.

Se detuvo allí, mirando el agua, debatiéndose entre avanzar o abandonar.

Fue entonces cuando decidí salir.

Avancé con cuidado.

Sabía que podía detectarme, pero estaba tan absorta que no lo hizo de inmediato.

Dejé que mis pasos se oyeran.

Su cuerpo se tensó al percibirme.

—¿Buscabas algo?

—pregunté, procurando sonar ligero.

Giró despacio.

Me recorrió con la mirada.

Luego me miró a los ojos.

—A ti —respondió.

Sonreí.

Ella también lo hizo, apenas.

Le señalé unas piedras junto al río.

—¿Nos sentamos?

Asintió.

Tomé su mano con cuidado.

El contacto fue un corrientazo directo a mi interior.

—¿Y bien?

—le pregunté—.

¿Para qué soy bueno?

—Solo quería verte —dijo en voz baja—.

Te ves diferente.

¿Estuviste de compras?

—Fui al poblado.

Necesitaba algunas cosas… si voy a quedarme.

Se quedó pensativa.

—Entonces sigue en pie lo de quedarte aquí.

—Claro.

Y si tengo vecina, lo mínimo es que se sienta cómoda conmigo.

Sonrió de medio lado.

Mi corazón latía como un loco.

—Hace calor —dije, buscando alivianar el momento.

—Es raro por aquí —respondió, mirando al cielo.

—¿Y si nos damos un chapuzón?

Pareció sorprendida.

Dudó un segundo.

—Está bien.

Empecé a quitarme la ropa.

Jersey.

Pantalones.

Agradecí haber pensado en las pantalonetas.

Ella me observaba, intentando parecer serena.

No lo estaba.

Su cuerpo la delataba.

Su esencia cambió.

Apenas.

La invité a seguirme.

Ella se quitó la camiseta.

Luego los jeans.

Cuando quedó frente a mí en ropa interior blanca, una descarga me recorrió entero.

No ahora, maldición.

Caminamos hacia el agua.

Le ofrecí la mano entre las piedras.

El contacto volvió a encenderlo todo.

El agua fría ayudó.

Nos relajamos.

Reímos.

Chapoteamos.

Por un rato dejé de pensar en el deseo y solo la observé: su risa, sus gestos, su belleza imposible.

Luego se sentó sobre una roca, como una sirena sacada de un cuento.

Me acerqué sin pensar.

Nos miramos.

Sus ojos iban de los míos a mis labios.

Me incliné.

Nuestros labios se encontraron.

Fue inmediato.

Mi lengua se abrió paso entre las suyas y ella la recibió, enredando la suya con dulzura.

El sabor a caramelo derretido y fresas explotó en mi boca.

Un impulso eléctrico recorrió mi cuerpo hasta convertirse en éxtasis puro.

Sus manos acunaron mi rostro.

Otra descarga me atravesó la columna y se alojó en mi vientre bajo.

Ella respondió.

Me rodeó el cuello.

Bajé las manos a su cintura, a su piel caliente.

Me envolvió con las piernas.

Mis instintos se desbordaron.

La cargué y la recosté sobre la roca.

Nuestros cuerpos se encontraron.

Mi erección presionó contra ella, incluso a través de la ropa.

Su jadeo llenó el aire.

Su esencia cambió de nuevo, más intensa, salvaje.

Entonces ocurrió.

Su cuerpo se tensó.

Se paralizó.

Cerró los ojos con fuerza y negó levemente con la cabeza, como si algo la hubiera golpeado desde dentro.

Me detuve.

Busqué sus ojos.

Había deseo… y miedo.

Comprendí en ese instante que no estaba segura.

Que estaba cediendo más a lo que yo despertaba que a lo que ella decidía.

Frené de golpe.

Me separé.

Su respiración se calmó poco a poco.

Entonces intentó huir.

Y no pudo.

Algo falló.

Emma se quedó inmóvil, sorprendida.

Yo también.

No entendía qué había pasado… pero supe, con absoluta claridad, que acababa de tocar algo profundo.

Algo que no rompí, pero que tampoco debía forzar.

Y por primera vez, no quise huir yo.

Quise quedarme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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