Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 261
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Capítulo 261: Nuestra niña pequeña
**Emma**
El tiempo tiene una manera muy particular de sorprenderme. A veces siento que apenas ayer sostenía a Sarah contra mi pecho, diminuta, cálida, con ese llanto que parecía reclamar el mundo entero… y hoy, aquí estoy, ajustándome el vestido frente al espejo, preparándome para acompañarla el día de su boda.
Ha pasado un año desde que nacieron los mellizos de Renesmee y Elliot —Gabriel y Elizabeth—, y la vida, lejos de aquietarse, siguió desplegándose con una generosidad abrumadora. La casa volvió a llenarse de risas infantiles, de pasos apresurados, de voces nuevas que reclamaban espacio. Y ahora, otra etapa se abre.
—Llegó el gran día —dije en voz baja, mirándome en el reflejo.
Jacob estaba detrás de mí, ajustándose la chaqueta. Cuando nuestras miradas se cruzaron, vi en sus ojos la misma mezcla de orgullo y melancolía que sentía yo.
—Nuestra niña pequeña… —murmuró él, con la voz cargada de emoción.
Me acerqué y rodeé su rostro con las manos.
—El tiempo es implacable —le dije con suavidad—, pero también es generoso. Sarah eligió bien. Seth es un gran hombre.
Jacob asintió, aunque pude sentir cómo le costaba soltar del todo esa parte protectora que jamás lo abandonará.
—Lo sé —respondió—. No podría haber elegido mejor compañero para ella.
La ceremonia no se celebraría en un jardín ni en un claro del bosque, sino en una terraza en Seattle, en lo alto de un hotel que miraba hacia la ciudad y el agua. Fue una decisión de Sarah y Seth: querían un espacio abierto, luminoso, donde el cielo y la ciudad se encontraran, un lugar que simbolizara el puente entre lo ancestral y el presente.
Por supuesto, Alice se había encargado de todo.
La terraza estaba transformada: madera clara bajo los pies, guirnaldas de luces suspendidas como constelaciones domesticadas, arreglos de follaje verde profundo con flores blancas y lavanda que se mecían suavemente con la brisa del atardecer. El sol comenzaba a descender cuando llegaron los invitados, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados.
Sarah apareció radiante.
Su vestido era blanco, etéreo, de líneas sencillas pero profundamente elegante. La tela caía con ligereza, acompañando cada movimiento, y el escote discreto dejaba ver su cuello largo y su piel luminosa. Su cabello negro estaba recogido parcialmente, dejando mechones sueltos que enmarcaban su rostro; sus ojos oscuros brillaban con una serenidad que me estremeció. No era una niña jugando a ser adulta: era una mujer segura, plena.
Seth la esperaba.
Vestía un traje en tonos gris oscuro, sobrio, impecable. Su postura era firme, pero sus manos delataban la emoción contenida. Nunca había visto a Seth tan humano. Tan vulnerable y tan fuerte al mismo tiempo.
Antes de que Sarah avanzara hacia el altar, dos pequeñas figuras captaron la atención de todos.
Gabriel y Elizabeth —los mellizos de Renesmee y Elliot— caminaban tomados de la mano, llevando las alianzas sobre un cojín de lino claro. Sus pasos eran cuidadosos, solemnes, como si comprendieran perfectamente la importancia de lo que estaban haciendo. Sentí un nudo en la garganta al verlos: la vida continuaba, generación tras generación.
La ceremonia fue oficiada por un ministro, quien habló del amor como elección diaria, como compromiso consciente. Luego, en un momento especialmente significativo, Billy fue invitado a decir unas palabras desde la tradición Quileute. No fue un rito formal, sino una bendición: palabras antiguas, profundas, que honraban la unión, la protección mutua y el caminar juntos en equilibrio.
Cuando llegó el momento de los votos, Sarah y Seth se miraron como si el mundo se hubiera reducido a ese punto exacto entre ambos.
—Hasta donde el tiempo me permita amarte —dijeron al unísono, sellando la promesa.
Las alianzas brillaron al deslizarse en sus dedos, y cuando se besaron, la terraza estalló en aplausos, risas y alguna que otra lágrima que nadie intentó ocultar.
Yo sentí que algo se acomodaba dentro de mí.
Miré a Jacob. Miré a nuestros hijos, a los Cullen, a la manada, a los niños corriendo entre mesas y luces. Pensé en todo lo vivido: en los miedos, las luchas, las decisiones difíciles… y en cómo, pese a todo, habíamos llegado hasta aquí.
—Lo hicimos bien —le susurré a Jacob.
Él apretó mi mano.
—Sí —respondió—. Muy bien.
Y mientras la noche avanzaba, entre música, abrazos y promesas futuras, supe que este no era un final.
Era, una vez más, un comienzo.
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