Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 262
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 262 - Capítulo 262: El día que aprendí a soltar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 262: El día que aprendí a soltar
** Jacob**
Nunca pensé que el día llegaría de esta forma.
Siempre supe que llegaría —porque así es la vida, incluso para quienes aprendimos a vivirla de otra manera—, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es sentirlo clavarse en el pecho con esa mezcla de orgullo, nostalgia y una tristeza dulce que no sabía que existía.
Emma estaba frente al espejo cuando entré a la habitación. Ya estaba lista. Elegante, serena, hermosa como siempre. Había algo distinto en su expresión: esa calma profunda de quien entiende que todo está exactamente donde debe estar, aunque duela un poco.
—Llegó el gran día —dijo sin mirarme, con una sonrisa suave—. Nuestra niña pequeña.
Tragué saliva. No respondí de inmediato. Me acerqué y la rodeé con los brazos, apoyando la frente en su hombro.
—El tiempo es implacable —murmuré—. Y aquí estamos… el día que tanto temía.
Emma giró el rostro hacia mí y me acarició la mejilla con la mano.
—Amor… nos consuela saber que quedó con un gran hombre. Seth es perfecto para ella.
Asentí despacio.
Lo sabía. Lo sabía desde el primer instante en que ese vínculo se manifestó, aunque me costara aceptarlo. Seth había sido todo lo que Sarah necesitó en cada etapa de su vida: presencia sin invasión, cuidado sin posesión, amor sin exigencias. Un guardián silencioso. Un compañero verdadero.
Pero aun así… era mi hija.
Salimos juntos hacia la terraza del hotel, en Seattle. Alice había transformado aquel espacio elevado en algo casi irreal. Telas blancas y marfil flotaban con la brisa, luces cálidas suspendidas como constelaciones cercanas, arreglos florales con lirios blancos, rosas de té y pequeñas flores silvestres que honraban tanto la elegancia como la raíz natural de nuestra historia.
El atardecer teñía el cielo de tonos ámbar y rosados. Abajo, la ciudad seguía su curso, ajena a que, para nosotros, el mundo estaba a punto de detenerse un instante.
Seth ya estaba allí.
Vestía un traje sencillo, en tonos tierra, perfectamente ajustado. No necesitaba más. Su postura era firme, pero sus manos lo delataban: estaba nervioso. No de miedo, sino de emoción contenida. Cuando me vio, inclinó ligeramente la cabeza, respetuoso. No hubo palabras. No las necesitábamos.
Entonces la música comenzó.
Y la vi.
Sarah apareció caminando hacia el altar con una serenidad que me desarmó por completo. Llevaba un vestido blanco sencillo y etéreo, con caída ligera, espalda descubierta y delicados bordados inspirados en símbolos Quileute. Su cabello negro caía suelto, apenas sujeto a un lado. Sus ojos —esos ojos cafés oscuros que siempre habían sido tan expresivos— brillaban con una seguridad que no le conocía cuando era niña.
Ya no era una niña.
Era una mujer.
Elizabeth y Gabriel, los hijos de Elliot y Renesmee, caminaron delante de ella, llevando las alianzas en un pequeño cofre de madera tallada. Los vi tomarse la tarea con una seriedad casi solemne, como si comprendieran la magnitud de lo que estaban entregando.
El ministro comenzó la ceremonia. Habló del amor elegido, del compromiso consciente, del respeto mutuo. Billy, a un lado, observaba con los ojos húmedos, orgulloso. Yo permanecía inmóvil, tratando de grabar cada segundo en mi memoria.
Cuando llegó el momento de los votos, sentí que algo en mí se quebraba suavemente.
Sarah habló con voz firme. Seth la miraba como si el mundo entero se redujera a ella.
—Hasta donde el tiempo me permita amarte —dijeron ambos, como manda la tradición de nuestra familia.
Las alianzas brillaron al deslizarse en sus dedos.
Y entonces se besaron.
El aplauso fue inmediato. La terraza se llenó de emoción, de risas, de lágrimas sinceras. Emma tomó mi mano. Me di cuenta de que estaba temblando un poco.
—Lo hicimos bien —me dijo en voz baja.
Asentí.
Sí. Lo hicimos bien.
Más tarde, mientras la celebración avanzaba, vi a Sarah reír, bailar, abrazar a su familia. Vi a Seth acompañarla sin invadir, cuidarla sin limitarla. Vi a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestra gente. A una historia que no se rompía, sino que se expandía.
Y comprendí algo que me costó toda una vida aceptar:
Amar no es retener.
Amar es preparar a alguien para caminar sin ti…
y alegrarte cuando lo hace.
Nuestra niña pequeña ya no necesitaba mi protección constante.
Pero siempre, siempre, tendría mi amor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com