Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 264
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Capítulo 264: Dónde el amor permanece
**Seth**
Nunca pensé que el silencio pudiera sentirse tan lleno.
Después de la boda, después de las risas, de los abrazos, de las miradas que decían *por fin*, llegó ese momento en el que todo se aquietó. No porque el mundo se detuviera, sino porque por primera vez no había nada que esperar, nada que temer, nada que sostener con cuidado para no romperlo.
Solo estaba ella.
Y yo.
Y la certeza.
La cabaña que nos esperaba en el bosque estaba envuelta por una calma antigua, como si hubiese estado allí desde siempre aguardándonos. La madera aún conservaba el calor del día, y el aire olía a resina, a tierra húmeda y a algo nuevo, algo que no sabía nombrar pero que reconocía como hogar.
Sarah caminó delante de mí, descalza, con ese andar suyo que siempre había sido ligero, como si el suelo nunca pesara del todo bajo sus pies. La vi soltar el cabello, despojarse con naturalidad de los últimos restos del día, y pensé —no por primera vez— que el amor no había llegado a mí como un relámpago, sino como un amanecer lento que, cuando por fin miras al cielo, ya lo ha cubierto todo.
No había nervios.
Había reverencia.
Nos sentamos juntos, muy cerca, como tantas veces antes… y, sin embargo, distinto. Ya no estaba el cuidado de no cruzar una línea invisible, ni el temor de ir demasiado lejos. Esta vez no había prisa ni contención: solo presencia.
Cuando la abracé, entendí algo que no había sabido poner en palabras en todos esos años: mi cuerpo, mi lobo, mi espíritu, siempre habían sabido que este era el lugar final. No el destino impuesto, sino el elegido.
La besé despacio, como quien agradece.
Como quien reconoce.
Cada gesto fue una conversación sin palabras, cada caricia una promesa que no necesitaba jurarse porque ya estaba cumplida. No sentí la urgencia que alguna vez vi en otros; sentí profundidad. Sentí raíz.
Ser su esposo no era poseerla.
Era acompañarla.
Cuando finalmente descansamos juntos, el mundo no se redujo: se expandió. Había pasado toda mi vida siendo guardián, siendo apoyo, siendo refugio. Esa noche comprendí que también podía ser hogar compartido.
Ella se quedó dormida primero, respirando tranquila, confiada. La observé largo rato, con esa mezcla de asombro y gratitud que solo se tiene cuando sabes que nada de esto fue casual. Que no fue precipitado. Que no fue arrebatado.
Pensé en mis padres, en mi hermana, en las pérdidas, en las renuncias silenciosas que me formaron. Pensé en el lobo que aprendió a esperar, en el hombre que decidió no huir del amor cuando llegó de la forma más inesperada.
Y supe, con una paz que nunca había sentido antes, que había llegado.
No al final de un camino,
sino al inicio de uno que ya no tendría que recorrer solo.
Cerré los ojos con ella entre mis brazos y dejé que el bosque nos guardara el secreto de esa primera noche: no como un inicio ardiente, sino como un pacto profundo.
El amor, cuando es verdadero, no irrumpe.
Permanece.
Y por primera vez en mi vida,
yo también me quedé.
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