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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 266

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Capítulo 266: Veinte años después, el mismo latido

**Jacob**

Si a mis diecisiete años alguien me hubiera dicho que esta sería mi vida, me habría reído durante días enteros. No por incredulidad, sino porque el futuro me parecía entonces una cosa lejana, casi ajena. Y, sin embargo, aquí estoy. Pariente de vampiros. Alfa de una manada que aprendió a convivir con la paz. Con lazos profundos con la manada de Sam. Rodeado de amor, de hijos que ya son hombres y mujeres, de nietos que empiezan a correr por los mismos senderos que una vez recorrí descalzo.

Todo parece un cuento de fantasía… pero es real. Y es mío.

Mientras me ajustaba la camisa esa tarde, sentí ese peso dulce en el pecho que solo aparece cuando la vida te ha dado más de lo que alguna vez supiste pedir. Veinte años con Emma. Veinte años desde que la imprimación me señaló un destino que, lejos de ser una imposición, se volvió una elección diaria. Porque sí, la diosa Luna trazó el camino, pero fuimos nosotros quienes lo recorrimos, paso a paso, construyendo una familia, un hogar, una historia.

Cuando la vi avanzar por el sendero, tomada del brazo de nuestros hijos mayores, el corazón se me hizo más grande dentro del pecho. Anthony y Elliot, firmes, orgullosos, entregándome a la mujer que me ha acompañado en cada batalla, en cada calma. Emma estaba tan hermosa como siempre. Ese vestido blanco marfil parecía hecho para ella, sencillo y perfecto. Y sus ojos… esos ojos que desde el primer día fueron para mí un remanso de paz, seguían mirándome como si el mundo pudiera detenerse allí.

Pensé en todo lo que habíamos atravesado. En el miedo inicial, en la desconfianza, en las amenazas que parecían no tener fin. En los nacimientos que nos cambiaron para siempre. En las crisis de nuestros hijos, en sus decisiones, en verlos amar, equivocarse, crecer. Tres hijos. Familias propias. Nietos que ya forman parte de nuestras conversaciones diarias. ¿Quién lo habría imaginado?

La celebración fue un reflejo de todo eso: amor multiplicado. Parejas que se buscaban con la mirada, risas que llenaban el aire, manos entrelazadas, promesas cumplidas. Quetzaly, con ese brillo especial de un embarazo que apenas comienza. Seth y Sarah, sólidos, tranquilos. Elliot y Renesmee, con esa complicidad que solo se forja después de atravesar juntos lo esencial.

Cuando sonó nuestra canción y tomé a Emma entre mis brazos, el mundo volvió a desaparecer. No vi a nadie más. Solo ella. Su sonrisa. El calor de su cuerpo encajando con el mío como si nunca hubiera existido otra posibilidad. La besé con la urgencia de quien sabe que respirar depende de eso. Veinte años después, seguía siendo mi refugio y mi incendio.

Al despedirnos, antes de subir al auto, Emmett me lanzó una de esas miradas suyas, cargada de ironía y advertencia silenciosa. *Cuidado*, parecía decir. Puse los ojos en blanco y me reí. Él siempre ha tenido la teoría de que cada escapada nuestra termina con un nuevo hijo. Esta vez, solo le respondí con una carcajada.

Condujimos hasta **Crater Lake National Park**, en Oregón. Una cabaña apartada nos esperaba, con jacuzzi y comodidades suficientes para aislarnos del mundo. Cuando llegamos, decidimos relajarnos de inmediato. Emma me pidió que la esperara mientras se cambiaba.

Volvió con un vestido de baño blanco y una bata transparente que apenas ocultaba su silueta. Se veía como una diosa. *Mi* diosa. Sentí ese golpe conocido en el pecho, esa certeza de que en veinte años jamás me acostumbré a su belleza. Cada curva, cada gesto, cada mirada seguían desarmándome como la primera vez.

—Jamás me cansaré de admirar tu belleza —le dije, sincero, extasiado.

Ella sonrió y se acercó, sus ojos brillando con esa ternura que siempre ha sabido equilibrar mi parte salvaje.

—Y tú eres el hombre más lindo del mundo entero —respondió—. Mi esposo, mi compañero, mi amigo… mi todo.

Nos besamos sin prisa, como quien saborea algo que conoce bien pero no quiere dar por sentado. Nuestras manos se buscaron con anhelo, recorriendo piel conocida y, aun así, siempre nueva. La cargué en mis brazos y ella se acomodó a horcadas sobre mí, su risa suave mezclándose con el vapor del agua. Fui despojándola de la tela con calma, como si cada gesto fuera una declaración silenciosa. Besé su cuello, sus hombros, su pecho, mientras ella respondía con la misma entrega, aferrándose a mí como si no existiera nada más.

La energía entre nosotros era un fuego antiguo, caliente, que recorría las venas y despertaba cada rincón del cuerpo. No había prisa. No había dudas. Solo el amor transitando por el deseo, el placer y esa satisfacción profunda que solo nace de lo compartido durante años.

Allí, en ese jacuzzi, volvimos a amarnos como si fuera la primera vez y como si hubiéramos nacido sabiendo hacerlo juntos.

La noche continuó en la habitación, con nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez hasta que el cansancio nos venció. Emma se acomodó contra mi pecho, yo la rodeé por la cintura, nuestras piernas enredadas, respirando al mismo ritmo. La besé en el cabello y cerré los ojos, agradecido.

Este amor —el que nos sostiene, el que nos ha traído hasta aquí— ha sido el mejor regalo de mi vida. Y mientras el sueño me alcanzaba, solo pude dar gracias por aquel día en que emprendí el camino hacia un monte solitario… sin saber que allí me esperaba el amor de mi vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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