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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 267

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Capítulo 267: Margareth

**Emma**

Nunca pensé que la maternidad volvería a tocar a mi puerta de esta manera. No porque no la deseara, sino porque después de tantos años, de tantos milagros, aprendí a no dar nada por sentado. Aun así, este último embarazo llegó con la misma discreción con la que el destino suele sorprendernos… y, paradójicamente, fue el más humano y el más sereno de todos.

Lo descubrimos pocos días después de regresar del viaje. Esta vez no hubo dudas ni señales confusas: las náuseas matutinas aparecieron sin pudor, el cansancio se me pegó al cuerpo como una segunda piel y el hambre —un hambre voraz— llegó acompañada de antojos imposibles. Podía desear fruta ácida al amanecer, pan recién horneado al mediodía y algo salado antes de dormir. Jacob me observaba con esa mezcla de asombro y ternura que nunca pierde, y ambos supimos casi de inmediato lo que estaba ocurriendo.

No esperamos. Informamos a la familia con la naturalidad de quien ya ha recorrido ese camino varias veces, y como siempre, Carlisle asumió el acompañamiento del embarazo. A diferencia de los anteriores, este transcurrió con una calma inesperada. Mi cuerpo parecía saber exactamente qué hacer. No hubo complicaciones, ni sobresaltos, ni urgencias constantes. Solo un crecimiento constante, firme, y una sensación de plenitud que me envolvía incluso en los días de mayor cansancio.

Pero hubo algo distinto. Algo profundamente distinto.

Mi apego a Jacob fue más intenso de lo que jamás había experimentado. No era solo necesidad emocional; era una urgencia física, casi instintiva. Cuando él no estaba cerca, una angustia inexplicable me oprimía el pecho, y dentro de mí el bebé no dejaba de moverse, inquieto, como buscando algo que no encontraba. Bastaba con que Jacob se acercara, con que apoyara su mano sobre mi vientre, para que todo se aquietara. El movimiento cesaba, la tensión se disolvía y una paz profunda se instalaba en mi cuerpo.

Para dormir, no había alternativa: debía hacerlo de su lado, o al menos con su mano firme sobre mi estómago. Era como si esa pequeña vida reconociera a su padre incluso antes de nacer.

Cinco meses después —apenas cinco—, trajimos al mundo a **Margareth Black**.

Recuerdo el instante con una claridad casi dolorosa. Su llanto llenó la habitación y, al verla, sentí que el corazón se me expandía una vez más. Piel canela, suave y tibia. Ojos verdes, un poco más claros que los míos y los de Elliot. Cabello negro, ya insinuando pequeños rizos rebeldes. Era perfecta. Absolutamente perfecta.

Su naturaleza se manifestó sin ambigüedades: lupina. No semivampira, no híbrida. Loba, como su padre. Y, aun así, físicamente tan parecida a mí que resultaba imposible no sonreír ante la contradicción.

Desde el primer día, Margareth mostró una clara preferencia: dormir sobre el pecho de Jacob. Lo buscaba con una determinación que nos hacía reír y conmovernos a la vez. Más de una vez entré a la habitación y los encontré así: Jacob recostado, la pequeña sobre su pecho, ambos profundamente dormidos, respirando al mismo ritmo.

—¿No crees que la malcrías? —le pregunté una de esas veces, apoyada en el marco de la puerta.

Él sonrió sin abrir los ojos.

—No puedo evitarlo —respondió—. Definitivamente ama dormir en mi pecho. Siempre ha sido así… desde que estaba en tu vientre.

Reí suavemente.

—Parece más tuya que mía.

Jacob bajó la mirada hacia la niña y la besó en la frente.

—En su naturaleza, sí —dijo—. Pero no puedes negar que es la que más se parece a ti.

—Sin duda —admití—. Mi pequeñita… mi Margie.

Jacob, aunque nunca lo dijo en voz alta, agradecía que no hubiera lobos solteros en ese momento. Al menos por ahora, no existía el riesgo de una imprimación temprana, como había ocurrido con Sarah. Era un alivio silencioso que ambos compartíamos.

Yo, en cambio, no entendía del todo cómo funcionaba mi fertilidad. Para mí, cada embarazo había sido un milagro. No sabía qué había hecho para merecer tantas bendiciones, ni por qué el destino había sido tan generoso conmigo. Lo único que sabía era que era inmensamente feliz. Satisfecha con mi vida, con el amor que me rodeaba, con la gran familia que habíamos construido contra toda probabilidad.

Los gemelos de Anthony y Quetzaly tenían apenas seis meses. Dos niños hermosos, tan parecidos a su padre que era imposible confundirlos: rubios, de ojos verdes, semivampiros ambos. **Harry y Liam** llenaban la casa de risas nuevas y de esa energía vibrante que solo los bebés saben traer consigo.

Así, la familia seguía creciendo. Expandiéndose. Envolviéndonos a todos en una red de amor y plenitud que, lejos de agotarse, parecía fortalecerse con cada nuevo latido.

Y yo, al sostener a Margareth entre mis brazos, solo podía pensar una cosa:

la vida, una vez más, había sido inmensamente buena con nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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