Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 268
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Capítulo 268: Una nueva princesa
**Jacob**
Casi como si Emmett fuera un profeta —uno bastante burlón, por cierto—, nuestro viaje de aniversario desembocó en un nuevo embarazo de Emma.
—A este paso van a repoblar el mundo —dijo entre risas cuando recibió la noticia.
Exagerado como siempre… pero, haciendo cuentas, no estaba tan lejos de la verdad. Ya éramos padres de cuatro y abuelos de otros cuatro: los mellizos de Elliot, Gabriel y Elizabeth, y los gemelos de Anthony, Harry y Liam, nacidos no hacía mucho. Y sin contar con que, en algún momento, Sarah y Seth seguramente traerían otro milagro viviente a este mundo.
La verdad es que no nos preocupaba. Con los años habíamos aprendido a vivir sin llamar la atención. Afortunadamente, los niños nacían con naturalezas definidas y eran educados desde el inicio para no hacer daño a los humanos. Los semivampiros requerían más cuidado, claro, pero hasta ahora no habíamos tenido ningún incidente. Con el tiempo, cada uno decidía cómo alimentarse: algunos, como Emma, con sangre de donaciones; otros, como los Cullen, con sangre animal.
La estrategia para ocultar su rápido crecimiento siempre había sido la misma: mantenerlos en casa hasta que estaban lo suficientemente maduros para convivir con personas que no conocían nuestro secreto. Eran educados en casa y, cuando era necesario, cambiábamos de territorio por temporadas para no despertar sospechas. Yo nunca permanecía lejos de la Push demasiado tiempo. Cuando debía ausentarme, regresaba con frecuencia para vigilar el territorio y la situación de mi manada, con la ayuda de mi hijo Elliot y de Seth.
Así, en medio de esa dinámica que ya era casi natural para nosotros, nació Margareth.
Una pequeña versión de Emma, con su cabello negro y rizado, y esos ojos verdes un poco más claros que los de su madre. Lupina en su naturaleza, y con un apego hacia mí que se manifestó incluso antes de que viera la luz. Desde el vientre parecía reconocerme.
Nunca entendimos del todo cómo funcionaba la fertilidad de las semivampiras ni qué detonaba exactamente esos embarazos. Lo único que sabía era que, cada vez que Emma entraba en uno de esos periodos impredecibles, ahí estaba mi semilla lista para germinar. ¿O sería la luna? Esa siempre fue mi otra teoría. Tengo la impresión de que, las cuatro veces que nuestros hijos fueron concebidos, la luna llena nos bañaba con su luz.
Sea como fuera, ahí estaba ella. Ese pedacito de felicidad. Ese fruto del amor de mi luna, Emma, y mío.
Perfectamente repartida entre su físico y mi naturaleza.
Emma solía acusarme —en broma— de malcriarla. Y no podía negarlo. Amaba sentir su pequeño cuerpecito caliente acunado en mi pecho. Amaba ese silencio absoluto que se instalaba en ella apenas me sentía cerca.
¿Si volvería a ser padre otra vez? No lo sabía.
¿Me preocupaba? Tampoco.
Ser padre me hacía inmensamente feliz.
¿Podrían los Vulturi volver a representar una amenaza? Tal vez. Pero, si llegaba el momento de defender lo que habíamos construido, todos estábamos dispuestos a luchar. Esperábamos no tener que hacerlo, pero la posibilidad siempre estaba ahí, latente.
Una noche, mientras Emma amamantaba a Margareth, me acerqué y las observé en silencio.
—Mi reina y mi nueva princesa —susurré.
Emma sonrió, sin levantar la voz.
—El hombre al que más amamos —dijo, pasando su pulgar con suavidad por el tierno rostro de nuestra bebé.
Reí en voz baja.
—Esta pequeña mini tú es demasiado apegada a mí.
—Como yo —respondió ella, devolviéndome la sonrisa.
Me quedé mirándolas un momento más.
—¿Lo imaginaste alguna vez? —le pregunté—. ¿Que tendríamos esta gran familia?
Negó con la cabeza, sincera.
—Ni en la mejor de mis fantasías.
—Dos hijos y dos hijas… —reflexioné—. Gracias por hacerme tan feliz.
Emma negó suavemente.
—Tú me has hecho inmensamente feliz. Me has dado tantos momentos que ya son incontables.
—Te amo, Emma Black.
—Y yo a ti, Jacob Black.
Un beso cargado de emoción selló esas palabras.
Entonces, un llanto suave rompió el silencio. Margie parecía haber quedado satisfecha.
—Ahora —dijo Emma con una sonrisa—, ve a tu sagrado aposento.
Me pasó a la pequeña y la recibí contra mi pecho. Me recosté con ella, y apenas me sintió, se aquietó por completo. Emma se acomodó a nuestro lado. Rodeé a mi mujer con un brazo y a mi hija con el otro.
Ahí, sosteniendo a las dos, sentí una plenitud imposible de describir.
Cerré los ojos con una sonrisa, profundamente agradecido.
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