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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 270

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Capítulo 270: Epílogo

I. **Raíces que florecen**

El jardín de la casa de los Cullen volvía a ser testigo de una celebración.

No era una boda ni un nacimiento reciente, sino algo quizá aún más poderoso: el primer año de vida de **Daniel Clearwater**, el hijo de Sarah y Seth. Un año que simbolizaba no solo la continuidad de una familia, sino la confirmación de que aquello que durante generaciones fue considerado imposible, ahora era cotidiano.

El lugar estaba lleno.

Allí estaban **Carlisle y Esme**, observando con ese orgullo sereno de quienes han visto pasar siglos y, aun así, siguen maravillándose. **Rosalie**, con Daniel en brazos durante largos momentos, como si cada niño nacido en aquella familia fuera también suyo. **Emmett**, bromeando con los adolescentes, provocando carcajadas. **Alice**, moviéndose de un grupo a otro, feliz, viva, satisfecha de ver reunido aquel entramado humano y sobrenatural que había aprendido a amar. **Jasper**, tranquilo, sosteniendo la armonía emocional del lugar casi sin proponérselo.

**Edward y Bella** conversaban cerca de Emma y Jacob, intercambiando sonrisas cómplices mientras observaban a sus descendientes.

Allí estaban **Anthony y Quetzalí**, atentos a sus gemelos, **William y Liam**, que aparentaban dieciséis años y discutían animadamente con **Elizabeth y Gabriel**, los mellizos de Elliot y Renesmee, que ya tenían la apariencia de jóvenes de dieciocho años. La mezcla de risas, voces jóvenes y silencios cargados de historia llenaba el aire.

**Margareth** destacaba entre todos. Aparentaba unos quince años, con la estatura, la fuerza y la mirada curiosa que siempre la habían caracterizado. Se movía con naturalidad entre vampiros, lobos y humanos, como si aquel mundo híbrido hubiera sido siempre suyo.

En el centro de todo, **Sarah y Seth**, los orgullosos padres de Daniel. Sarah irradiaba una calma nueva, madura, mientras Seth sostenía a su hijo con una mezcla de devoción y asombro que no había desaparecido desde el primer día.

Por parte de las manadas estaban todos: **Sam y Emily**, **Paul y Rachel**, **Jared y Kimberly**, **Embry y Grace**, **Quil y Clarie**, **Leah y Collin**. Algunos aún conservaban su espíritu de lobo; otros habían elegido abandonarlo con el paso del tiempo. Todos estaban allí con sus hijos humanos, una multitud diversa unida no por la sangre solamente, sino por decisiones compartidas, por pactos silenciosos y por una historia que habían escrito juntos.

A ojos ajenos, aquello habría parecido una locura: vampiros y lobos, antiguas enemistades, conviviendo en paz.

Pero ellos sabían la verdad.

Habían peleado guerras invisibles.

Habían tomado decisiones dolorosas.

Habían protegido a los suyos incluso cuando el mundo no los comprendía.

Y ahora, esa paz por la que tanto lucharon se manifestaba en algo tan simple —y tan inmenso— como un niño dando sus primeros pasos entre risas.

II. **La sombra que despierta**

Unos días después, el bosque estaba en silencio.

Margareth caminaba sola, adentrándose más de lo habitual entre los árboles. No era imprudencia; era curiosidad. Aún no había despertado su naturaleza lupina, y hasta ese momento seguía siendo, en esencia, una humana fuerte, de crecimiento acelerado, pero humana al fin.

El aire era fresco. El suelo crujía bajo sus botas.

Entonces lo sintió.

Una presencia.

En lo alto de una colina, parcialmente oculto entre las sombras, había un joven. Era un poco mayor que ella, de cabello rubio claro y ojos azules intensos. No era humano. Tampoco vampiro. Su esencia era distinta, antigua y nueva a la vez.

La observaba con atención absoluta.

Mientras la miraba, un pensamiento cruzó su mente con claridad inquietante:

*Debe ser parte de la familia que mi padre me contó.*

Margareth se tensó. Sus sentidos se activaron de inmediato y calculó rutas de escape casi por instinto. Sin embargo, el joven levantó una mano con gesto calmado y dio un paso al frente.

—No te voy a hacer daño —dijo con voz firme, sin rastro de amenaza.

Ella no respondió de inmediato, pero tampoco huyó.

—Hola —continuó él—. Mi nombre es **Demian**.

**Demian Dimitrios**.

Margareth frunció el ceño apenas un segundo, evaluándolo.

—Me llamo **Margareth Black** —respondió finalmente.

El joven sonrió. No era una sonrisa cruel ni arrogante. Era… interesada.

—Un gusto conocerte, Margareth.

Ella sintió algo extraño en el pecho. No miedo. No rechazo. Curiosidad.

Demian era el hijo de **Demetri Vulturi**.

Y aunque Margareth aún no lo sabía, aquel encuentro no era casual. Era el inicio de algo peligroso, algo que volvería a poner a prueba los pactos, la paz y las promesas construidas con tanto esfuerzo.

Lo más inquietante de todo no era quién era él.

Era el hecho de que, contra toda lógica,

a ella no le había disgustado su interés.

Y así, mientras el bosque guardaba silencio, el futuro comenzaba a moverse una vez más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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