Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Cuando quedarse no es suficiente
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30: Cuando quedarse no es suficiente 30: Cuando quedarse no es suficiente **Jacob** La veo antes de que ella me vea.
Emma sale de la cabaña con paso firme, pero su cuerpo no acompaña del todo esa decisión.
Hay algo rígido en sus hombros, algo cansado en la manera en que sostiene la mirada al frente.
No está huyendo.
Está avanzando como quien se obliga a seguir.
No me acerco de inmediato.
Nunca lo hago.
Espero a que me sienta.
Y lo hace.
Se detiene.
No suspira.
No se sobresalta.
Solo gira lentamente la cabeza hasta encontrarme.
Sus ojos verdes se clavan en los míos con una intensidad que me atraviesa el pecho.
—¿Vas a seguir ahí?
—dice—.
¿O solo te gusta mirarme desde lejos?
No esperaba eso.
Doy un paso al frente, despacio.
—No me fui —respondo.
Ella suelta una risa corta, sin humor.
—No, claro que no.
Solo desapareces.
Esperas.
Observas.
—Aprieta los labios—.
Es casi lo mismo.
Algo se tensa dentro de mí.
—Pensé que era lo que querías.
—¿Que me ignoraras?
—pregunta, incrédula—.
¿Que finjas que no existo?
—Eso no es justo —digo, más bajo.
Emma da un paso hacia mí.
No invade.
No huye.
Se queda justo en ese punto donde la distancia duele.
—¿Sabes lo que se siente?
—continúa—.
Verte ahí, siempre cerca… y aun así sola.
—Su voz tiembla apenas—.
Como si no fueras a irte, pero tampoco a quedarte.
Trago saliva.
—Estoy aquí.
—No —niega—.
Estás esperando.
—Me mira fijo—.
Y yo no sé qué hacer con eso.
Hay algo en su tono que me recuerda a otra voz, a otro tiempo.
La misma acusación disfrazada de cansancio.
El mismo miedo.
—No me quedo por lástima —digo—.
Ni por obligación.
—Entonces dime —replica—, ¿por qué sigues aquí?
No respondo de inmediato.
Porque no quiero mentir.
Y porque la verdad no cabe en una sola frase.
Emma interpreta mi silencio como una respuesta.
Asiente, despacio.
—Está bien —dice—.
Supongo que ya entendí.
Se gira para irse.
—Emma… Se detiene, pero no me mira.
—No quiero que te quedes si no sabes para qué —dice—.
—Su voz es firme, aunque sé que le cuesta—.
Prefiero la soledad a esta espera que duele.
Y entonces se va.
No huye.
No usa su don.
Simplemente se aleja.
Me quedo ahí, sintiendo cómo algo en mí se rompe sin hacer ruido.
Pensé que esperar era cuidar.
Pensé que darle espacio era respetarla.
Nunca se me ocurrió que, para ella, podía sentirse como abandono.
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