Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Dónde el pasado aún respira
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31: Dónde el pasado aún respira.
31: Dónde el pasado aún respira.
**Jacob** Desde aquí puedo verla.
No la casa completa, no cada gesto, pero sí lo suficiente para saber que algo no está bien.
Este punto alto, oculto entre rocas y pinos, se ha convertido en mi vigía silencioso.
No porque desconfíe de ella, sino porque no sé cómo acercarme sin hacerle más daño.
La montaña guarda su rastro como si fuera parte de la tierra misma.
No solo su olor, sino su estado.
Hay inquietud en el aire.
Una vibración tensa, irregular.
Emma no está en calma.
Y no lo ha estado desde nuestra discusión.
La vi irse ese día.
La vi creer que la estaba dejando.
Desde entonces, su presencia es distinta.
Más errática.
Más cansada.
Como si sostenerse le costara cada vez más.
Aprieto los dientes.
Acercarme y decirle que estoy aquí no arreglaría nada.
Decirle que me importa, que la quiero, que no me voy… no cerraría la herida que alguien más abrió antes.
Esa herida no se cura con palabras.
Ni siquiera con tiempo, si el miedo sigue vivo.
Y ese miedo tiene nombre, aunque no lo conozca.
La montaña está impregnada de él.
No es una presencia activa, pero sí persistente.
Como una cicatriz antigua que duele cuando cambia el clima.
Ese vampiro estuvo aquí.
No físicamente ahora, pero dejó algo atrás.
Algo que se quedó en ella.
Lo odio.
No porque haya sido suya.
Sino porque la rompió.
Porque la dejó sola y, peor aún, le enseñó a cerrar puertas desde adentro.
A no confiar.
A huir incluso de lo que podría salvarla.
¿Se puede ser tan egoísta?
Claro que sí.
¿Qué más se puede esperar de una sanguijuela?
Mi pecho se tensa cuando percibo un cambio brusco.
Emma se mueve.
Sale de la cabaña con pasos inseguros.
No corre, pero tampoco camina con decisión.
Hay algo forzado en su postura.
Algo que no encaja.
Y entonces lo siento.
Intenta usar su don.
El aire se quiebra apenas, como si algo tirara de ella… y se soltara de golpe.
No funciona.
Su cuerpo se dobla sobre sí mismo.
El mundo se me cae a los pies.
No pienso.
No dudo.
No calculo.
Corro.
La pendiente desaparece bajo mis patas.
Los árboles se vuelven sombras.
Solo existe ella, desplomándose, perdiendo el equilibrio como si su propio cuerpo le hubiera dado la espalda.
Llego a tiempo para atraparla antes de que golpee el suelo.
—Emma —digo, con la voz rota.
Está pálida.
Demasiado.
Su respiración es irregular, superficial.
Su pulso corre, desordenado.
El pánico me atraviesa como una garra.
—No —murmuro—.
No, no ahora… La sostengo contra mi pecho, sin importarme nada más.
Si me siente.
Si despierta.
Si me rechaza después.
No puedo dejarla así.
Nunca quise ser la razón de su dolor.
Pero si el mundo insiste en romperla… entonces que me rompa a mí primero.
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