Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Dónde termina la huída
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33: Dónde termina la huída.
33: Dónde termina la huída.
**JACOB** La percibo antes de verla.
Algo en el aire se rompe.
No es solo su olor alterado, no es solo la vibración extraña que recorre el bosque; es una ausencia repentina, una falla, como si algo que siempre estuvo ahí —esa presencia elusiva, escurridiza— hubiera colapsado de golpe.
No pienso.
Corro.
Mis patas golpean la tierra con una urgencia brutal, la respiración me quema el pecho, la montaña se vuelve un borrón.
Cuando la veo, el mundo se detiene.
Emma está en el claro, de rodillas primero… luego cae.
No hay tiempo.
Me detengo en seco y la transformación me atraviesa sin transición, sin cálculo, sin pudor.
Huesos, piel, músculo: todo se repliega con violencia hasta devolverme a la forma humana, desnudo, vulnerable, irrelevante.
Solo ella importa.
La tomo en brazos antes de que su cuerpo golpee del todo el suelo.
Está helada… no, no helada: agotada.
Su respiración es irregular, superficial, como si hubiera corrido demasiado lejos sin llegar a ningún sitio.
—Emma… —susurro, con la voz rota.
El pánico me muerde el estómago.
La reviso con manos torpes, recorriendo brazos, cuello, costillas.
No hay sangre.
No hay heridas visibles.
Su corazón late… demasiado rápido.
Imposible.
Como si estuviera atrapado en una huida que ya no existe.
La cargo hasta la cabaña, cada paso se me hace eterno.
La recuesto con cuidado en el sofá grande, como si fuera de cristal.
Le aflojo la ropa apenas lo necesario para que respire mejor, consciente de cada movimiento, de no invadir, de no asustarla si despierta.
—Vamos… respira… —murmuro, inútilmente.
¿Qué hago?
Darías cualquier cosa por Carlisle ahora.
Por su calma, por sus manos seguras, por su certeza médica.
Pero no puedo llevarla a un hospital.
No puedo llamar a nadie.
Aquí somos solo ella… y yo.
Su respiración empieza a regularse poco a poco.
Sigue agitada, pero ya no parece desvanecerse más.
Exhausta.
Vacía.
Me quedo ahí, sentado a su lado, desnudo, irrelevante, incapaz de moverme.
¿Y si despierta y me ve así?
Podría ir por un pantalón.
Solo unos segundos.
No puedo.
No soy capaz de dejarla sola.
Busco una cobija entre sus cosas y la cubro con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla de algo más que el frío.
Me quedo vigilando cada cambio en su respiración, cada latido, cada mínimo movimiento.
La observo.
Tan fuerte… y tan rota.
Ha sobrevivido demasiado tiempo sola.
Eso se nota.
Como alguien que aprendió a resistir sin pedir ayuda, a huir sin mirar atrás.
Me pregunto qué lugar ocupo yo en su vida.
Si soy el causante de este colapso… o solo el detonante que obligó a salir a la superficie lo que llevaba enterrado quién sabe cuántos años.
¿Cuánto tiempo lleva en este mundo?
La rabia me sube como una marea negra.
Maldito chupasangre.
Sea quien sea, haya sido lo que haya sido para ella… la dejó así.
La abandonó y, peor aún, le enseñó a cerrarse desde dentro.
A no confiar.
A huir incluso cuando lo que más necesita es quedarse.
Si algún día lo encuentro, pagará.
No por celos.
Por esto.
Por verla ahora, vulnerable, inconsciente, agotada hasta el alma.
Me inclino un poco más y no resisto la tentación de tocarle el rostro, apenas con la yema de los dedos.
Su piel es suave, tibia.
Le aparto un mechón de cabello de la frente.
—No tienes que huir conmigo… —susurro—.
No te voy a empujar.
No te voy a poseer.
Solo… quédate.
La madrugada avanza lenta, cruel.
No duermo.
No me permito hacerlo.
Controlo su pulso, su respiración, su temperatura, una y otra vez, como si repetirlo pudiera asegurarme que sigue aquí.
Y en algún punto, mientras la montaña duerme y la tormenta interior se aquieta un poco, entiendo algo con una claridad que duele: No puedo salvarla de su pasado.
No puedo borrar lo que otros le hicieron.
Pero sí puedo quedarme.
Aunque me cueste.
Aunque me duela.
Aunque tenga que aprender a amar despacio.
Si despierta… estaré aquí.
Y esta vez, no me iré.
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