Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 34
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 34 - 34 Fragilidad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
34: Fragilidad.
34: Fragilidad.
**Emma** Despierto envuelta en una confusión espesa, como si mi cuerpo hubiera regresado antes que mi mente.
Lo primero que percibo es el silencio.
No el vacío, sino ese silencio denso que queda después de una tormenta.
El techo de madera sobre mí.
El olor familiar de la cabaña.
La chimenea apagada.
El sofá.
Estoy recostada en el sofá.
Parpadeo, desorientada.
Mi cuerpo se siente pesado, torpe, como si cada movimiento exigiera más energía de la que tengo.
Trato de incorporarme, pero un mareo inmediato me obliga a detenerme.
Cierro los ojos, respirando despacio.
—No te levantes.
La voz llega desde un punto cercano, baja, cargada de una preocupación que no intenta ocultarse.
Abro los ojos de nuevo.
Jacob está frente a mí, arrodillado junto al sofá.
Lleva solo unos pantalones oscuros, el pecho desnudo aún húmedo, el cabello revuelto como si no se hubiera detenido a pensar en nada más que en llegar hasta aquí.
Sus ojos recorren mi rostro con una atención absoluta, como si estuviera comprobando que sigo siendo real.
—¿Estás bien?
—pregunta.
Trago saliva.
—¿Qué… qué me pasó?
Intento sentarme otra vez, más despacio, pero el mundo vuelve a girar y esta vez una mano firme se posa en mi hombro, impidiéndolo.
—Despacio —dice—.
Te desmayaste.
La palabra cae con un peso extraño.
—Te encontré afuera —continúa—.
No reaccionabas.
Su voz no tiembla, pero lo conozco lo suficiente para notar el esfuerzo que le cuesta mantenerla así.
Hay algo en sus hombros, en la forma en que sostiene el equilibrio, que habla de agotamiento.
No solo físico.
—¿Qué necesitas?
—pregunta enseguida—.
¿Agua?
¿Comida?
Lo miro.
La vergüenza llega antes que la respuesta.
Sé lo que necesito.
Dudo.
Aparto la mirada.
—No… no es eso.
Él espera.
No me apura.
Respiro hondo.
—Necesito… sangre.
Lo digo rápido, como si así doliera menos.
Espero el gesto.
La incomodidad.
El rechazo.
Algo.
No llega.
Jacob solo asiente una vez, serio.
—¿Dónde?
Levanto la vista, sorprendida.
—¿No… no te importa?
—Dime dónde está —repite.
Señalo con la cabeza.
—En el congelador.
Los contenedores.
Hay que… calentarlos un poco.
Tibia es mejor.
Desvío la mirada mientras se levanta y se aleja hacia la cocina.
Escucho el sonido del congelador abrirse, el leve zumbido del microondas.
Todo normal.
Demasiado normal.
Cuando regresa, sostiene el recipiente con ambas manos, con cuidado.
Me lo ofrece sin mirarme directamente, como si respetara algo que no necesita entender.
Lo tomo.
El contacto con el contenedor ya me provoca una reacción anticipada.
Llevo el borde a mis labios.
La tibieza desciende por mi garganta y cierro los ojos de inmediato.
El alivio es casi doloroso.
No puedo evitar el suspiro que se me escapa, ni la forma en que mis hombros se relajan al fin.
Siento la energía recorrerme lentamente, no como un golpe, sino como una marea suave que intenta devolverme algo de equilibrio.
Cuando termino, abro los ojos con cautela.
Jacob me observa en silencio.
No hay asco.
No hay miedo.
Solo atención.
—Gracias —digo, y esta vez la palabra pesa.
Asiente, como si no hubiera hecho nada extraordinario.
El silencio vuelve a instalarse, distinto.
Más cercano.
—Lo de afuera… —empiezo, pero me detengo.
Las palabras se enredan.
No sé por dónde empezar.
—No suelo… —trago saliva— no suelo forzar las cosas.
Jacob inclina apenas la cabeza, escuchando.
—A veces… desaparecer es más fácil —añado, en voz baja—.
Hoy no lo fue.
Mi mano se cierra sobre la manta.
Siento un escalofrío recorrerme.
—Algo falló —confieso—.
No sé si… si va a volver a funcionar.
Lo digo sin mirarlo.
Jacob no responde de inmediato.
Cuando lo hace, su voz es firme, pero suave.
—Entonces ahora descansa.
Levanto la vista.
—Eso no te asusta —murmuro.
—Me asustó verte así —corrige—.
Nada más.
Se queda ahí, sentado en el suelo junto al sofá, como si no tuviera intención de irse.
El cansancio empieza a notarse más en él: la forma en que apoya el antebrazo sobre la rodilla, el leve temblor en sus dedos.
—No tendrías que haberte quedado —digo—.
Después de todo… No termino la frase.
—Quise quedarme —responde—.
Eso es todo.
No hay promesa.
No hay reclamo.
Solo presencia.
Mis párpados se sienten pesados otra vez.
El agotamiento no se ha ido, solo se ha vuelto soportable.
Antes de cerrar los ojos, siento algo leve: su mano acomodando la manta sobre mí, con torpeza, como si no quisiera despertarme.
No me muevo.
Por primera vez en mucho tiempo, no siento la urgencia de huir.
Pero en algún lugar profundo, una certeza me atraviesa con la misma claridad que el miedo: si mi don no vuelve… tendré que aprender a quedarme.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com