Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 38
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38: Raíces en el invierno.
38: Raíces en el invierno.
**Jacob** El invierno ya se había instalado con firmeza en la montaña.
No era una llegada violenta, sino constante, silenciosa, como todo lo que importa de verdad.
La nieve no había caído aún con fuerza, pero el aire se había vuelto más denso, más cortante.
Permanecer afuera por largos periodos ya no era una buena idea, ni siquiera para mí.
Emma lo sabía.
Yo también.
Esa tarde la encontré en la cabaña, sentada cerca de la ventana, observando el cielo plomizo con una taza entre las manos.
Había algo distinto en ella desde el colapso.
Más callada.
Más presente… y a la vez más frágil.
Como si cada movimiento le costara un poco más que antes.
—Hace frío —dije, más como excusa que como comentario.
Ella alzó la mirada y asintió.
—Sí.
Va a empeorar esta noche.
No había tensión incómoda entre nosotros.
Tampoco comodidad absoluta.
Era otra cosa.
Un terreno nuevo, todavía sin nombre.
Se me ocurrió entonces algo simple.
Mundano.
Humano.
—Podríamos… hacer algo distinto —propuse—.
Nada grande.
Solo… no dejar que el día pase sin más.
Me observó con curiosidad.
—¿Cómo qué?
Miré alrededor, buscando inspiración en lo poco que tenía.
—Chocolate caliente.
Música vieja.
Algo así.
Por un segundo pensé que se negaría.
Emma no era de rutinas humanas, ni de celebraciones sin propósito.
Pero en lugar de eso, sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña, cautelosa… real.
—Está bien —dijo—.
Supongo que no puede hacerme daño.
Mientras ella se movía lentamente por la cocina, noté algo que me golpeó más fuerte de lo esperado: no estaba acostumbrada a que alguien compartiera su espacio.
Cada gesto suyo parecía calculado, como si todavía no supiera qué hacer conmigo ahí.
Me senté a la mesa, observándola.
Preparaba el chocolate con cuidado, como si fuera un ritual antiguo.
El vapor llenó el aire con un aroma dulce que me revolvió el estómago.
—¿Hace cuánto… vives así?
—pregunté, sin pensar demasiado.
Ella se detuvo un instante.
—¿Así cómo?
—Sola.
Aquí.
Tardó en responder.
—Mucho tiempo —dijo finalmente—.
Más del que parece.
Se sentó frente a mí y sostuvo la taza entre ambas manos.
—Llevo más de cien años existiendo, Jacob.
La frase cayó entre nosotros sin dramatismo.
Como un dato.
Como una verdad cansada.
Sentí algo extraño en el pecho.
Una risa amarga quiso escapar.
Bella.
La “momia”, como solía decir.
Yo, burlándome de la idea de amar a alguien con un siglo de vida… y ahora aquí estaba, frente a una mujer que había vivido más de lo que yo podía imaginar, y que aun así se veía más vulnerable que nadie.
El que escupe pa’ arriba… Sonreí para mí mismo, negando con la cabeza.
—Supongo que el tiempo no garantiza nada —murmuré.
Emma me miró con atención, como si hubiera captado algo que no dije en voz alta.
—No —respondió—.
Solo te enseña a sobrevivir.
Bebimos en silencio.
Afuera, el viento comenzaba a golpear con más fuerza las paredes de la cabaña.
Dentro, el calor era suficiente.
No solo por la bebida.
Encendí el viejo reproductor que había logrado arreglar días atrás.
Sonó una balada antigua.
De esas que no piden nada, que solo acompañan.
Emma cerró los ojos un momento.
—Mi abuela escuchaba esto —dijo—.
Hace… mucho.
No pregunté más.
No era necesario.
Nos sentamos en el sofá, con una distancia prudente entre ambos.
Yo atento a cada respiración suya, a cada pequeño gesto que delataba cansancio.
En algún punto, sin darse cuenta, su cuerpo se inclinó levemente hacia el mío.
No la toqué.
Minutos después, su respiración se volvió más lenta, más profunda.
Se había quedado dormida.
Me quedé inmóvil, consciente de su peso ligero apoyado contra mi brazo.
De lo fácil que sería moverme… y de lo imposible que era hacerlo.
La cubrí con una manta, con cuidado, como si pudiera romperse.
Ahí, sosteniéndola sin tocarla del todo, entendí algo que hasta entonces solo había sentido de forma confusa: esto no tenía que ver con deseo, ni siquiera con quererla cerca.
Era proteger.
Cuidar.
Quedarse.
Y mientras afuera la montaña se cerraba sobre nosotros, silenciosa y antigua, tuve la certeza de que, aunque nada estuviera resuelto, algo había empezado a echar raíces.
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