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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 40

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40: Aprender a quedarse.

40: Aprender a quedarse.

**JACOB ** No me lo pidió.

Eso fue lo primero que entendí cuando la sentí acercarse en la noche, cuando su respiración cambió apenas y su cuerpo buscó el mío como quien busca algo que no se atreve a nombrar.

No fue una súplica.

No fue una exigencia.

Fue una necesidad silenciosa.

Y yo… yo estuve ahí.

Cuando entré a la cabaña esa noche, la vi levantar la mirada.

No dijo nada.

No hizo ningún gesto evidente.

Pero sus ojos… sus ojos me estaban esperando.

Y ese solo hecho me arrancó un suspiro que no supe que estaba conteniendo.

Se hizo a un lado en el sofá, apenas.

Lo justo.

Me acerqué despacio, cuidando cada movimiento, como si el menor ruido pudiera romper algo frágil que todavía no tenía nombre.

Cuando su espalda tocó mi pecho y sentí el leve temblor de su cuerpo relajándose contra el mío, lo entendí.

Esto era la imprimación.

No el impulso ciego.

No la urgencia posesiva.

Sino esto.

Estar.

Sostener.

Elegir no tomar.

Mi cuerpo reaccionó, claro que lo hizo.

Su calor, su cercanía, el modo en que encajaba conmigo como si siempre hubiera estado destinada a hacerlo… todo en mí respondió.

Pero no me moví.

No la rodeé.

No la atraje más.

No porque no quisiera.

Sino porque no era lo que ella necesitaba.

Y, sorprendentemente, yo también estaba bien así.

Con el paso de los días, esa cercanía se volvió rutina.

No dicha, no acordada, simplemente aceptada.

Yo patrullaba el perímetro y volvía.

Siempre volvía.

Ella me esperaba, aunque fingiera no hacerlo.

Lo veía en los pequeños gestos: la manta doblada del mismo modo, la leña cortada antes de que regresara, el sillón ligeramente corrido para dejarme espacio.

Nunca nadie me había preparado un lugar.

Siempre fui yo el que cuidaba.

El que vigilaba.

El que estaba listo para irse.

Esto… esto era distinto.

Por las noches la sentía moverse, levantarse con sigilo, detenerse a observarme mientras dormía.

No abría los ojos.

No necesitaba hacerlo.

Su presencia era suave, curiosa, casi reverente.

Y en esos momentos, aun dormido, sentía algo que hacía mucho no sentía.

Hogar.

No la casa.

No la montaña.

Ella.

A veces su pierna rozaba la mía mientras dormía.

O su cabeza se acomodaba un poco más cerca de mi hombro.

Cada roce encendía algo en mí, algo primitivo, intenso.

Y aun así, no cruzaba la línea.

Porque esta vez quería hacerlo bien.

Pensé en ella, en lo que había vivido antes de mí.

En el vampiro cuya sombra todavía flotaba en su silencio, aunque no lo nombrara.

No sabía su rostro.

No conocía su voz.

Pero lo odiaba con una intensidad que me sorprendía.

No por haber estado con ella.

Sino por haberla roto.

Por haberle enseñado a cerrar puertas desde adentro.

Por haberla dejado sola en un mundo que ya era cruel incluso antes de tocarla.

Si algún día volvía a cruzarse en su camino… No tendría que huir.

Tendría que pasar por mí.

Una noche, mientras dormía apoyada contra mi pecho, comprendí algo más.

Algo que me golpeó con la misma claridad que una verdad largamente esperada.

No estaba esperando a que me eligiera.

No estaba esperando a que sanara para tomarla.

Yo ya había elegido quedarme.

Aunque nunca fuera mía.

Aunque el miedo ganara.

Aunque el pasado pesara más.

Y por primera vez desde que dejé la reserva, desde que huí de todo lo que dolía, no pensé en irme.

Pensé en mañana.

Pensé en volver a entrar por esa puerta.

Pensé en seguir aquí.

No sabía cuánto duraría esto.

Pero sabía algo con absoluta certeza: esta vez, no iba a correr.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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