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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 41

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  3. Capítulo 41 - 41 La chispa y la sombra
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41: La chispa y la sombra.

41: La chispa y la sombra.

** Emma** La cercanía con Jacob empezó a volverse insoportable de la forma más silenciosa posible.

No era un gesto concreto ni una palabra fuera de lugar.

Era la suma de pequeñas cosas: su presencia constante, la manera en que siempre regresaba después de patrullar, el modo en que parecía saberse mi ritmo antes incluso de que yo lo entendiera.

El calor de su cuerpo cuando el frío se filtraba hasta los huesos.

Su respiración tranquila por las noches, tan cerca que a veces bastaba con estirar la mano para tocarlo.

Y yo no lo hacía.

Pero lo pensaba.

Había noches en que me levantaba sin hacer ruido solo para comprobar que seguía ahí.

Otras, me quedaba despierta escuchándolo respirar, preguntándome en qué momento esa cotidianidad se había vuelto tan necesaria.

Tan peligrosa.

Aquella noche fue distinta.

Jacob regresó más tarde de lo habitual.

Lo sentí antes de verlo: su presencia avanzando por el bosque, firme, conocida.

Cuando cruzó el umbral, levanté la vista y nuestras miradas se encontraron de inmediato.

Algo en sus ojos —alivio, tal vez— me confirmó que también me había estado buscando.

—Pensé que no volverías tan tarde —dije, sin saber por qué lo decía.

Él sonrió apenas.

Se acercó despacio, como si no quisiera romper algo invisible.

—Siempre vuelvo —respondió.

Esa frase me atravesó más de lo que debería.

Me puse de pie.

No con prisa.

No con cautela.

Solo… inevitablemente.

Cuando estuve frente a él, el espacio entre ambos se volvió demasiado pequeño.

Sentí su calor antes de tocarlo, esa temperatura imposible que parecía reclamarme incluso sin contacto.

Tal vez fui yo quien dio el primer paso.

Mi mano buscó la suya, no para detenerlo, sino para anclarme, como si el suelo empezara a inclinarse bajo mis pies.

Mis dedos se cerraron alrededor de los suyos y sentí cómo su cuerpo reaccionaba al contacto, como una bestia que despierta al primer crujido de ramas.

Jacob inhaló con fuerza.

Ese sonido bastó.

Me acerqué un poco más, lo suficiente para invadir su espacio, para que mi respiración rozara su cuello.

No lo besé aún.

Lo provoqué.

Dejé que mis labios pasaran lentamente por la línea de su mandíbula, apenas un roce, una promesa suspendida.

Sentí cómo se le tensaban los músculos, cómo contenía algo que pedía salir.

—Emma… —mi nombre en su boca fue una advertencia inútil.

Lo miré entonces.

No con timidez.

Con decisión.

Y fue eso lo que lo rompió.

Me besó como si llevara días conteniéndose.

Como si cada noche de distancia se hubiera acumulado en ese instante.

Su boca encontró la mía con una urgencia que no dolía, pero arrasaba.

El beso empezó torpe, casi inseguro, y en segundos se volvió profundo, exigente, cargado de una necesidad que ya no pedía permiso.

Su mano subió a mi nuca, firme, posesiva sin ser violenta, manteniéndome ahí, como si temiera que desapareciera si aflojaba la presión.

Yo respondí abriéndome a él, dejándolo entrar, recibiendo su hambre como si fuera la mía.

Era una chispa en pasto seco.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Me pegué a él, buscando más, reclamando un espacio que ya no era suficiente.

Mis dedos se aferraron a su ropa, arrugándola, marcándolo, y sentí cómo su respiración se volvía irregular, cómo su control empezaba a resquebrajarse.

El mundo se redujo a ese contacto: el calor, el ritmo desigual de nuestras bocas, el pulso acelerado que parecía compartido.

Jacob me empujó suavemente contra la pared, no para dominarme, sino porque no había más lugar donde caer.

Mi espalda sintió la solidez de la madera y, lejos de asustarme, eso encendió algo más profundo.

Un incendio.

Su cuerpo se presionó contra el mío y sentí su excitación de forma clara, innegable.

El roce fue suficiente para que un estremecimiento me recorriera entera.

Me gustó.

Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Mis labios se separaron apenas para tomar aire y él aprovechó ese mínimo espacio, como si temiera perderme.

Y entonces, justo cuando el deseo alcanzó un punto sin retorno, cuando su boca descendió y mi piel reconoció una memoria que no quería recordar… Mi cuerpo se tensó.

El aire cambió.

El fuego se mezcló con sombra.

No era Jacob.

No era este momento.

Era otra boca.

Otras manos.

Otra presión que no preguntaba, que no esperaba.

La sensación de perder el control me golpeó con violencia.

Mi respiración se cortó.

—Espera… —logré decir, separándome de golpe.

Jacob se detuvo al instante.

No insistió.

No preguntó.

No intentó retenerme.

Eso dolió… y alivió al mismo tiempo.

Di un paso atrás.

Luego otro.

El impulso fue más fuerte que la razón.

Giré y me encerré en mi habitación, apoyando la espalda contra la puerta como si así pudiera contener el temblor que me recorría.

Intenté huir.

Instintivamente.

Mi don respondió como un reflejo antiguo… y falló.

Nada ocurrió.

El vacío donde antes estaba esa certeza me aterrorizó más que cualquier recuerdo.

Mi respiración se volvió errática.

Sentí que el aire no entraba del todo.

El pánico se mezcló con vergüenza, con culpa, con la idea absurda de que había arruinado algo irremediable.

Escuché pasos alejándose.

Jacob se fue.

Y ese pensamiento me destrozó.

La desesperación me cayó encima con una claridad brutal: me había acostumbrado a él.

A su presencia.

A su forma de quedarse.

A la seguridad silenciosa de saberlo cerca.

La idea de que se marchara, de que interpretara mi reacción como un rechazo definitivo, me dejó sin fuerzas.

Las sombras del pasado aprovecharon esa grieta.

Demetri.

Su voz.

Su risa baja.

La forma en que siempre se iba después de tomar lo que quería, dejándome con la sensación de haber sido demasiado… o nunca suficiente.

Me dejé caer al suelo, abrazándome las rodillas, intentando no desaparecer del todo.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo sé que escuché pasos regresar.

Lentos.

Dudosos.

Luego, su voz al otro lado de la puerta.

—Emma… —dijo, con una suavidad que me quebró—.

Lo siento.

No debí… No voy a volver a cruzar ese límite.

Te lo prometo.

Silencio.

—No me voy —añadió—.

Pero voy a esperar.

Lo que tú necesites.

Y entonces lo entendí.

La diferencia no estaba en el deseo.

Estaba en la elección.

Jacob no se quedaba para tomar.

Se quedaba para cuidar.

Me llevé la mano al pecho, respirando con dificultad, mientras el temblor empezaba a ceder.

Por primera vez en mucho tiempo, el miedo no ganó del todo.

La cercanía seguía siendo peligrosa.

El deseo, inevitable.

Pero ahora sabía algo más: no estaba sola en esa lucha.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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