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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 42

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42: La diferencia.

42: La diferencia.

**Jacob** No lo vi venir.

Eso es lo más honesto que puedo decir.

Había aprendido a leerla en los silencios, en las distancias medidas, en la forma en que buscaba mi calor sin pedirlo.

Creí que estaba preparado para sostener ese ritmo, para contenerme.

Pero esa noche algo en ella cambió.

Fue un gesto mínimo.

Un roce deliberado.

Una mirada que no se apartó a tiempo.

No fue el beso lo que me descolocó, sino la forma en que ella lo inició.

Como si hubiera tomado una decisión que llevaba tiempo evitándose.

Sus labios encontraron los míos con una urgencia que me atravesó de lleno, como una chispa prendiendo en un bosque seco.

Intenté responder con cuidado.

Lo juro.

Pero el deseo acumulado no entiende de promesas.

La tomé con más fuerza de la que debía.

La arrinconé contra la pared sin pensar, mi mano subiendo a su mandíbula, sosteniéndola mientras mi cuerpo reaccionaba antes que mi razón.

Sentí su respiración alterarse, su calor mezclarse con el mío… y por un instante pensé que estaba bien.

Hasta que no lo estuvo.

Lo vi en su cuerpo antes de verlo en sus ojos.

La tensión súbita.

El quiebre.

Se apartó de golpe, como si hubiera tocado fuego.

Su mirada se nubló y su energía cambió, volviéndose errática, inestable.

Intentó huir —no de mí, sino de algo más antiguo— y cuando comprendió que su don no respondía, el pánico la tomó por completo.

—Espera… —dijo, apenas audible.

Me detuve al instante.

No pregunté.

No insistí.

Di un paso atrás porque entendí, demasiado tarde, que había cruzado una línea invisible.

La culpa me cayó encima con el peso de una avalancha.

Salí de la cabaña sin pensar.

No para irme, sino para no empeorar las cosas.

Necesitaba aire.

Necesitaba enfriar lo que había despertado en mí antes de volver a lastimarla.

Pero entonces la escuché.

El sonido de su llanto me atravesó el pecho como un golpe seco.

No era rabia.

No era reproche.

Era miedo.

Y entendí.

Para ella, mi salida no era distancia.

Era abandono.

Regresé de inmediato.

No toqué la puerta.

No llamé.

Solo me quedé ahí, del otro lado, esperando que sintiera mi presencia.

—No me fui —dije, con la voz baja, firme—.

No te voy a dejar.

Hubo un silencio largo.

Luego, la puerta se abrió.

Emma apareció frente a mí con los ojos enrojecidos, el rostro húmedo de lágrimas, completamente expuesta.

No dijo nada.

No hizo falta.

Se lanzó a mis brazos.

La sostuve sin pensar.

La rodeé con todo mi cuerpo, aferrándome a ella como si así pudiera impedir que el pasado volviera a alcanzarla.

Sus manos se cerraron en mi ropa y su llanto explotó, libre, desbordado.

No la apuré.

No la callé.

No la solté.

Apoyé la frente sobre su cabello y cerré los ojos.

Si sanar significaba quedarse cuando todo invitaba a huir, entonces yo podía hacer eso.

Si su herida era el abandono, yo iba a demostrarle —una y otra vez— que yo no era quien se iba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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