Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 49
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49: Habitar el presente.
49: Habitar el presente.
**Jacob** Nunca pensé que la paz se sintiera así.
No como un silencio incómodo, ni como la ausencia de peligro que siempre precede a la próxima batalla.
Esto es distinto.
Es simple.
Es cotidiano.
Es Emma sentada frente a mí, concentrada, frunciendo levemente el ceño mientras intenta volver a convocar su don sin forzarlo.
—Despacio —le digo, sin tocarla—.
No tienes que irte a ningún lado.
Ella respira hondo.
Cierra los ojos.
No desaparece.
No huye.
Y cuando los vuelve a abrir, hay algo parecido a una sonrisa cansada en su rostro.
Eso también es un avance.
La he visto reconstruirse a pequeños pasos.
No como alguien que vuelve a ser lo que era antes, sino como alguien que aprende a ser algo nuevo.
Más humano.
Más presente.
Más aquí.
Y yo estoy aquí también.
La acompaño cuando se agota, cuando el frío le cala más de lo habitual, cuando su cuerpo le recuerda que no es invencible.
Le preparo comida —aún me sorprende lo natural que se ha vuelto eso—, le acerco mantas, me quedo sentado a su lado sin decir nada cuando las palabras sobran.
No me pesa.
Al contrario.
En mis patrullas nocturnas sigo rodeando la montaña.
La conozco como la palma de mi mano: sus pendientes, sus grietas, sus senderos invisibles.
Hay huellas que el tiempo no borra, marcas que se quedan impresas en la tierra aunque nadie las mire.
Emma es así también.
Su pasado no desaparece porque yo lo desee, pero cada día siento que mis cuidados, mis besos, mi presencia constante, empiezan a superponerse a lo que dolió.
No para borrar.
Para cubrir.
Para sanar.
A veces me sorprendo pensando en la Push.
En mi padre.
En mis hermanos de manada.
En lo que dirían si me vieran ahora, ya no como el lobo herido que se quedó anclado al pasado, sino como alguien que eligió quedarse en el presente.
Quizá algún día vaya a verlos.
Quizá algún día les diga que estoy bien.
Que soy feliz.
Por ahora, mi territorio es este.
Mi manada es ella.
Cuando regreso a la cabaña, Emma está dormida en el sofá, hecha un ovillo bajo la manta.
Me siento a su lado sin despertarla.
Su respiración se acompasa con la mía, lenta, confiada.
Y entiendo algo con una claridad que no había tenido antes: No perdí nada al alejarme de lo que fui.
No abandoné mi hogar.
Lo encontré.
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