Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 55
- Inicio
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 55 - 55 Elegirse en la tormenta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
55: Elegirse en la tormenta.
55: Elegirse en la tormenta.
** Jacob** La cabaña parecía más pequeña esa tarde, como si supiera que pronto la dejaríamos atrás.
No por abandono, sino porque el mundo había vuelto a alcanzarnos.
Emma doblaba ropa con movimientos lentos, casi distraídos.
Yo la observaba desde la puerta, apoyado en el marco, intentando memorizar cada gesto cotidiano: la forma en que fruncía apenas el ceño cuando pensaba, cómo se recogía el cabello con un movimiento automático, cómo su presencia había logrado, sin proponérselo, convertir ese lugar salvaje en algo parecido a un hogar.
El Jeep estaba abajo, en el cobertizo al pie del monte, donde siempre había estado.
Bajaría más tarde a revisarlo, pero por ahora no quería moverme de allí.
—Jacob… —dijo de pronto, sin mirarme—.
Hay algo más que deberías saber.
Su voz no temblaba, pero yo la conocía lo suficiente para percibir la tensión contenida.
Me acerqué despacio.
—Te escucho.
Se sentó en el borde de la cama y mantuvo las manos entrelazadas, como si soltar una implicara derrumbarse.
—Demetri fue… mi primer vínculo —dijo al fin—.
Creí que eso era amar.
No lo fue.
Me senté frente a ella, a su altura, sin tocarla todavía.
—Nunca me eligió —continuó—.
Nunca fui una compañera.
Era algo que tenía… algo que usaba.
Cuando dejé de encajar en lo que quería, simplemente me rompió y siguió adelante.
No necesitó decir más.
En ese instante la vi completa.
No como la mujer fuerte que había aprendido a sobrevivir, sino como alguien que había sido atravesada por algo que no eligió y que cargaba las marcas en silencio.
No tenía palabras suficientes.
Ninguna frase iba a reparar eso.
Pero sí tenía mi cuerpo.
Mi presencia.
Mi elección.
Me acerqué y la besé.
No fue un beso urgente ni desesperado.
Fue profundo, lento, cargado de todo lo que no sabía cómo decirle.
La besé con la intención clara de que entendiera que no estaba frente a alguien que tomaba, sino frente a alguien que se quedaba.
Pasé de sus labios a la comisura de su boca, y de ahí tracé un camino de besos por su mandíbula, descendiendo por su cuello.
Sentí cómo cerraba los ojos, cómo su respiración se volvía más lenta, más consciente, como si cada gesto mío la aferrara un poco más al presente.
Mis labios recorrieron su hombro izquierdo mientras mi mano acariciaba su brazo derecho, subiendo despacio hasta su hombro.
Bajé el tirante de su blusa con cuidado, observándola todo el tiempo.
Busqué dudas, miedos, resistencia.
No encontré nada de eso.
Solo entrega.
Solo confianza.
Las prendas fueron cayendo una a una, sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido esperarnos.
Cuando al fin la contemplé desnuda ante mí, sentí algo muy distinto al deseo inmediato: una reverencia silenciosa.
Su cuerpo era hermoso.
Fuerte.
Vivo.
Y aun así, sabía que había sido profanado alguna vez por alguien que no supo verlo.
La cubrí de besos, como si con cada uno pudiera reclamar ese territorio para algo distinto.
No para poseerla, sino para honrarla.
Mis labios recorrieron su piel con devoción, no buscando conquistar, sino sanar.
Cuando finalmente me uní a ella de la forma más íntima y profunda, el impacto fue inmediato.
Su calor me envolvió, me atrapó, me dejó aturdido.
Encajamos con una naturalidad que me robó el aliento, como si nuestros cuerpos se reconocieran desde siempre.
Nos movimos juntos, despacio al principio, encontrando un ritmo que no hablaba de urgencia sino de pertenencia.
Cada caricia decía *estoy aquí*.
Cada movimiento repetía *te elijo*.
No era una pasión pasajera.
Era una afirmación.
Cuando alcanzamos juntos ese punto donde el mundo parece desdibujarse, sentí una certeza absoluta atravesarme el pecho: no había pasado doloroso, ni presente peligroso, ni futuro incierto que pudiera borrar lo que éramos en ese instante.
Después, la estreché contra mí.
La sostuve como si el acto de hacerlo fuera también una promesa.
No necesitábamos decir nada.
Afuera, la montaña seguía siendo inmensa.
El peligro seguía existiendo.
El camino hacia Forks nos esperaba con todo su peso.
Pero allí, entre mis brazos, supe algo con una claridad feroz: Tal vez no podía protegerla de todo.
Tal vez no podía cambiar lo que ya había pasado.
Pero podía amarla de una forma que no doliera.
Y eso, para mí, ya era una elección definitiva.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com