Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 56
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56: Volver a casa.
56: Volver a casa.
**Jacob** El viaje es largo.
No por la distancia, sino por lo que significa.
Dejo atrás la montaña, la cabaña, el lugar donde Emma y yo aprendimos a existir juntos sin testigos.
A medida que descendemos, el aire cambia.
La nieve se vuelve humedad, el frío se transforma en sal.
El bosque se espesa, se hace más antiguo, más cargado de memoria.
Emma guarda silencio.
No es un silencio incómodo.
Es atento.
La observo de reojo mientras avanzamos entre carreteras estrechas y curvas conocidas.
Sus ojos recorren todo: los árboles gigantes que parecen inclinarse unos sobre otros, la neblina baja que se enreda entre los troncos, el color oscuro de la tierra.
—Aquí todo respira distinto —dice al fin, en voz baja—.
Es como si el bosque te reconociera.
Asiento.
—Este lugar sabe quién soy —respondo—.
Aunque haya tardado en volver.
Cuando el bosque se abre y aparece el mar, Emma se inclina hacia la ventana.
La playa se extiende infinita, salvaje, gris y poderosa.
El oleaje golpea con fuerza, constante, como un corazón antiguo que nunca se detiene.
—Nunca había visto el océano así —murmura—.
No intenta ser hermoso.
Simplemente… es.
Sonrío.
—Así es La Push.
—Es… distinto —dice al fin—.
Salvaje, pero vivo.
Asiento.
—Este es mi hogar.
No dice nada más, pero su mano busca la mía.
Y eso basta.
Siento cómo algo en ella se aquieta.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, no estuviera buscando dónde esconderse.
Cuando estaciono frente a la casa, el nudo en el pecho regresa.
Billy está en el porche.
No sentado al azar, sino erguido, atento, como si hubiera sentido mi llegada antes de escuchar el motor.
Bajo del auto y camino hacia él.
—Papá… No termino.
Billy me mira largo, como si necesitara asegurarse de que no soy una sombra.
Sus ojos se humedecen y su expresión se quiebra sin resistencia.
—Jacob… —dice, y mi nombre suena cargado de un año entero de ausencia.
Me arrodillo frente a él y lo abrazo con fuerza.
Él me rodea con los brazos y me aprieta como si temiera que desapareciera de nuevo.
—Pensé que te había perdido —confiesa, con la voz rota.
—No —respondo—.
Pero te hice sufrir.
Y lo siento.
No responde con palabras.
Solo me abraza.
Emma se queda atrás, respetuosa, dándonos espacio.
Cuando al fin me separo, la llamo con un gesto.
—Papá, ella es Emma.
Billy la observa con atención.
No con desconfianza, sino con esa mirada aguda de quien ha visto demasiado para creer en casualidades.
Asiente despacio.
—Bienvenida a casa —dice—.
Si Jacob te eligió, confío en eso.
Emma sonríe, sincera.
—Gracias, señor Black.
Billy me mira de reojo y levanta apenas una ceja.
Hay preguntas ahí.
Muchas.
Le respondo con un gesto mínimo: luego.
Él entiende.
Siempre lo hace.
— —¡Jacob Black!
Rachel aparece como un huracán.
—¿Tienes idea de cuántas veces ensayé el discurso de “me alegra que estés vivo pero te voy a matar”?
—me reclama mientras me abraza con fuerza—.
¡Desapareciste!
—Hola, Rachel —digo riendo—.
También te extrañé.
Se separa lo justo para mirarme de arriba abajo.
—Mírate… más alto, más serio… —sus ojos se deslizan hacia Emma y brillan—.
Ah.
Ya entendí todo.
Se vuelve hacia ella y le toma las manos sin pedir permiso.
—Tú debes ser la razón por la que este tonto volvió con cara de persona funcional.
—Soy Rachel.
Gracias por devolvernos a este idiota.
Emma ríe, sorprendida y algo incómoda; no está acostumbrada a tratar con humanos con tanta espontaneidad.
—Intento que no se pierda otra vez —murmura con timidez.
—Buen comienzo —responde mi hermana—.
Ah, y antes de que se me olvide… Levanta la mano izquierda.
El anillo brilla sin pudor.
—Comprometida.
—¿Qué?
—parpadeo—.
¿Desde cuándo?
—Desde que dejé de esperar a que tú volvieras para seguir con mi vida —dice, divertida.
Billy sonríe orgulloso.
—¿Rebecca?
—pregunto finalmente.
Rachel suspira.
—Sigue en Hawái —dice—.
Casada.
Feliz.
Ya es madre.
Eso me toma por sorpresa.
—¿Tiene…?
—Una niña —asiente—.
Y sí, pregunta por ti.
Siempre.
Trago saliva.
—Nunca llamé.
—Lo sé —dice, sin dureza—.
Y eso dolió.
Pero verte aquí… —se encoge de hombros—.
Ayuda.
Hace una pausa, mirándome con algo parecido a esperanza.
—¿Te quedas?
La pregunta pesa más que cualquier amenaza.
—No lo sé —respondo con honestidad—.
Primero tenemos que sobrevivir a lo que viene.
Billy asiente.
No insiste.
Y entonces lo huelo.
Antes de que lo vea.
—Paul —murmuro.
El golpe en la puerta corta el momento.
—¿Puedo pasar o el reencuentro familiar incluye llanto ilimitado?
Paul entra sin esperar respuesta, sonrisa ladeada, mirada viva.
Me observa un segundo… y entonces me abraza con fuerza.
—Bienvenido de nuevo a casa, hermano —dice—.
O debería decir… ¿cuñado?
Luego su mirada cae sobre Emma.
La evalúa apenas un segundo y sonríe, sincero.
—Y tú debes ser la futura señora Black.
Emma parpadea, sorprendida.
Me mira.
No hay miedo.
Solo una calma que me afirma.
—Eso parece —dice finalmente, desviando un poco la mirada.
Paul silba bajo.
—Vaya.
Te fuiste un año y vuelves con pareja y drama sobrenatural.
Clásico tú.
Me inclino hacia él.
—Necesito que avises a los chicos —le digo en voz baja—.
Ya.
Es serio.
Su expresión cambia de inmediato.
—Entendido —asiente—.
Sam va a querer saberlo.
—Lo sé —respondo—.
Yo hablaré con él.
Paul se detiene antes de salir y vuelve la cabeza.
—Por cierto, Jacob… —dice—.
Se nota que estás diferente.
—Lo estoy.
—Se nota que vale la pena.
Cuando la puerta se cierra, el murmullo de la casa continúa.
Billy me observa con esa mezcla de alivio y preocupación que solo un padre conoce.
—No volviste solo por nostalgia —dice.
—No —admito—.
Hay problemas.
Y tienen que ver con los Cullen.
Billy asiente lentamente.
—Entonces tendré que saberlo pronto —dice—.
Como anciano del consejo.
—Sí —respondo—.
Pero primero tengo que hablar con Sam… y con mi manada.
Me quedo mirando la sala: mi padre, mi hermana, risas, voces, vida.
Y pienso en lo frágil que es todo.
Emma se acerca y apoya su mano en mi espalda.
Miro alrededor una vez más.
Esta vida cotidiana, imperfecta, humana… esto es lo que debe ser protegido.
A cualquier costo.
Solo que esta vez, no lo haré solo.
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