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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 65

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65: El lenguaje que si conozco 65: El lenguaje que si conozco **Jacob** Escucharla fue como recibir un golpe lento, profundo, que no busca tumbarte de inmediato sino dejarte sin aire.

No la interrumpí.

No pregunté.

No intenté ordenar lo que sentía.

Me quedé ahí, frente al mar, con el viento salado golpeándonos la cara, dejando que su historia me atravesara completa.

Cada palabra.

Cada silencio entre frases.

Cada vez que su voz temblaba y volvía a afirmarse como si hubiera aprendido a sostenerse sola demasiado pronto.

No sentí celos.

Sentí algo peor.

Rabia por lo que le hicieron creer que era amor.

Dolor por lo que aceptó pensando que era elección.

Y una tristeza honda al comprender cuánto tiempo vivió convencida de que su destino era la soledad.

Cuando terminó, no supe qué decir.

Así que no dije nada.

Caminamos de vuelta a la casa, la pequeña cabaña donde crecí, nos dirigimos en silencio a mi habitación, la que ahora era nuestra.

La acerqué a mí despacio, como si temiera romper algo que ya había sido reparado demasiadas veces a la fuerza.

Su frente buscó mi pecho por pura inercia.

Mi mano encontró su espalda.

Mi otra mano subió hasta su cabello.

No quise prometerle nada grandilocuente.

No quise jurar venganzas ni futuros imposibles.

Quise algo más simple y más verdadero.

Que supiera —con el cuerpo, no con palabras— que conmigo no tenía que defenderse.

La besé con cuidado, como si cada beso fuera una disculpa por todo lo que no elegí pero que igual la marcó.

Bajé por su mejilla, por la comisura de sus labios, por su cuello, dejando que el tiempo se estirara.

Mis manos aprendieron su ritmo, no lo impusieron.

Cada caricia fue una pregunta silenciosa: *¿así está bien?* Y cada vez que ella se acercaba más, que respiraba hondo, que no se apartaba, entendía la respuesta.

Si pudiera repararla a besos, lo haría.

Si pudiera borrar cada recuerdo con mis manos, lo haría.

Pero no podía.

Así que me entregué.

Porque ese es el lenguaje más sincero que conozco.

No fue urgencia.

Fue presencia.

Fue decir *aquí estoy* una y otra vez hasta que el cuerpo creyó lo que el miedo aún dudaba.

Cuando el mundo por fin se aquietó, nos quedamos abrazados, respirando juntos.

Su mejilla contra mi pecho.

Mi barbilla sobre su cabello.

—No tienes que cargarlo solo —le dije en voz baja.

Ella no respondió con palabras.

Me rodeó con el brazo y se quedó ahí, como si el cansancio por fin hubiera encontrado un lugar seguro donde descansar.

— El amanecer llegó demasiado pronto.

Me levanté con cuidado para no despertarla.

Me vestí en silencio.

Antes de salir, volví a la cama y besé su frente.

—Vuelvo —susurré.

No abrió los ojos, pero su mano buscó la mía incluso dormida.

Eso me acompañó todo el camino al bosque.

— El cambio llegó como siempre: rápido, caliente, definitivo.

Y entonces ocurrió algo que había olvidado.

Ya no estaba solo en mi cabeza.

Las imágenes se colaron sin pedir permiso.

Calor.

Piel.

Ojos verdes.

Su respiración contra mi cuello…

—Ohhh, Jake… ¿en serio?

—estalló la voz de Paul en la mente colectiva.

—¡Contrólate!

—gimió Quil—.

¡Esto es tortura psicológica!

—Contando dinero delante de los pobres —remató Embry con dramatismo.

Sentí el coro de risas mentales.

—Genial —gruñó Leah—.

Ahora nos tendrás pensando en ojos verdes todo el día.

Qué asco.

—Tengo náuseas —añadió, exagerando.

Seth, por supuesto, no tardó.

—Hermano… esto va a ser una dificultad logística.

Sobre todo porque aquí todos estamos solteros.

Al menos los de esta manada.

Hizo una pausa y añadió, más serio: —Pero estás bien enamorado.

Ni con Bella se sentía así.

Eso me dejó mudo un segundo.

—Lo siento —dije finalmente, avergonzado—.

Olvidé lo que era compartir pensamientos.

Voy a regularme.

Me concentraré.

—Más te vale —gruñó Sam, pero había aprobación bajo el tono firme—.

Bienvenido de vuelta, alfa.

Pronto hicimos el cambio de guardia y algunos lobos se fueron a descansar.

Enderecé el paso.

Enfoqué la mente.

Asumí mi lugar.

La manada avanzó conmigo, completa.

Y mientras patrullábamos el territorio, entendí algo con una claridad nueva: No solo había vuelto como lobo.

Había vuelto como líder.

Con un vínculo que no pedía permiso, con una verdad que no se escondía, y con un hogar que ya no estaba solo detrás… sino también delante de mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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