Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 70
- Inicio
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 70 - 70 El único aire respirable
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
70: El único aire respirable 70: El único aire respirable **Emma** Quedarme en la casa de los Cullen fue… extraño.
No incómodo.
No hostil.
Extraño en el sentido más literal de la palabra.
No estaba acostumbrada a estar rodeada de tantos vampiros al mismo tiempo.
Había pasado décadas huyendo de ellos, evitándolos, escondiéndome incluso de la posibilidad de ser vista.
Y ahora estaba ahí, en el centro de una casa que se había convertido en refugio, cuartel y punto de reunión para criaturas que, de haber seguido el curso normal de mi vida, habrían sido mi peor amenaza.
Bella fue quien me acompañó al interior cuando Jacob se marchó a patrullar.
—Ven —me dijo con suavidad—.
Quiero mostrarte tu habitación.
Subimos hasta el tercer piso.
Allí, en una habitación amplia y luminosa, todo era nuevo.
Sábanas limpias, cortinas gruesas, una cama grande que no parecía un lujo sino una invitación al descanso.
—Cambié todo —explicó—.
Pensé que… sería más cómodo así.
Jacob es sensible a los olores.
Sonreí.
Ese detalle —ese cuidado— me habló más de Bella que cualquier conversación previa.
No era solo la compañera de Edward.
Era alguien que entendía lo que significaba amar a un lobo.
—Gracias —le dije—.
De verdad.
Ella asintió, como si no hiciera falta decir nada más.
— Los días siguientes fueron un desfile constante de presencias.
Vampiros de todas partes del mundo llegaron uno a uno.
Algunos con curiosidad, otros con desconfianza, otros con una cautela afilada que se notaba incluso en el silencio.
Al final, se alcanzaron a reunir en aquella casa **diecisiete testigos**: Los irlandeses: **Siobhan, Liam y Maggie**.
Los egipcios: **Amun, Kebi, Benjamin y Tía**.
Las amazonas: **Zafrina y Senna**.
Los rumanos: **Vladimir y Stefan**.
Los nómadas: **Peter, Charlotte, Garrett, Alistair, Mary y Randall**.
Y, por supuesto, los once miembros de la familia Cullen, ya que **Tanya, Kate, Eleazar y Carmen** insistieron en ser contados como parte de ella.
Con los días Rosalie, Emmett, Esme y Carlisle, regresaron a la casa, todos menos Alice y Jasper.
La casa se llenó de acentos, miradas, tensiones y silencios largos.
Renesmee y yo tuvimos que presentarnos una y otra vez.
Algunos se convencieron de inmediato.
Otros dudaron.
Unos pocos se mostraron abiertamente escépticos.
Pero todos se quedaron.
Los dos rumanos, Vladimir y Stefan, me llamaron la atención desde el principio.
No tocaron a Renesmee ni mostraron rechazo.
Más bien parecían… intrigados.
Fascinados, incluso.
Observaban todo con una paciencia peligrosa, con los ojos brillando cada vez que se mencionaba a los Vulturi.
Había en ellos un resentimiento antiguo, afilado por siglos de espera.
Disfrutaron especialmente ver a Bella entrenar.
Zafrina y Kate la ayudaban a empujar los límites de su escudo.
Yo observaba cómo Bella aprendía no solo a protegerse, sino a extender esa protección sobre otros.
El aire mismo parecía tensarse cuando lo hacía, como si algo invisible se solidificara a su alrededor.
También vi a Edward responder preguntas que nadie formulaba en voz alta.
Y a Benjamin.
Eso fue… impresionante.
El muchacho alzaba géiseres de agua desde el río cercano o provocaba violentos brotes de viento con un simple gesto de su mente.
La naturaleza respondía a él como si fuera una extensión de su voluntad.
Los ojos de Vladimir y Stefan relucían con algo parecido a esperanza.
Era evidente: si los Vulturi insistían, esta vez no se enfrentarían a presas dóciles.
— Fue Eleazar quien puso palabras a lo que todos intuían.
—El verdadero interés de Aro nunca ha sido la justicia —dijo una noche—.
Es la adquisición de talentos.
Edward asintió.
—Y Alice.
—Y ahora —añadió Eleazar, mirándome directamente—, tú.
No sentí miedo.
Sentí… comprensión.
—Cuando sepa de ti —continuó—, Aro no querrá destruirte.
Querrá poseerte.
Ese fue el momento en que entendí el verdadero alcance de lo que significaba estar allí.
Más tarde, Eleazar se acercó a mí en el jardín.
—Tu don —me dijo— no es solo esconderte.
Lo miré, atenta.
—Ocultas tu rastro, el de otros… confundes, desdibujas, haces que la búsqueda pierda sentido.
Y lo haces incluso sin ser plenamente consciente.
—No siempre funciona —admití—.
A veces… falla.
—Porque depende de tu estado emocional —respondió—.
Cuando estás serena, centrada, tu don es imparable.
Pero cuando el miedo o el dolor interfieren… se vuelve inestable.
Sus palabras no fueron una advertencia.
Fueron una invitación.
—Si logras vencer tus miedos —añadió—, Aro no tendría cómo encontrarte.
Ni cómo tomarme.
— Jacob llegaba por las noches cuando podía.
Yo lo sentía incluso antes de verlo.
Entraba con cuidado, evitando a la mayoría de los vampiros siempre que le era posible.
A veces participaba en los entrenamientos, pero otras simplemente subía a la habitación y se dejaba caer a mi lado, agotado.
—Lo siento —me dijo una noche—.
Odio que tengas que estar aquí.
—Estoy bien —le respondí—.
De verdad.
Suspiró.
—No es solo eso.
Una cosa es el olor de los Cullen… y otra muy distinta es esto.
—hizo un gesto vago—.
Demasiados chupasangres juntos.
Sonreí.
Cuando se acomodaba a mi lado, enterraba la nariz en mi cabello, respirando hondo, como si ese fuera el único aire que podía tolerar.
—Así aguanto —murmuró.
Yo cerraba los ojos, aferrándome a su calor.
En medio de tanta estrategia, tantos dones, tantas amenazas… Jacob era lo único simple.
Y en ese mundo al borde del desastre, esa simplicidad se volvió mi refugio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com