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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 71

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71: El rastro 71: El rastro ### Jacob Vivir rodeado de vampiros no se vuelve más fácil con el tiempo.

Uno se acostumbra a muchas cosas —al dolor, al ruido en la cabeza cuando corres con la manada, incluso a la idea de la muerte—, pero el olor… el olor nunca deja de ser una prueba.

Por eso replegué a mi manada hacia nuestro territorio.

No fue una decisión impulsiva.

Fue estratégica.

Con tantos vampiros reunidos alrededor de la casa Cullen, incluso siendo aliados, el riesgo era demasiado alto.

Un error.

Un mal cálculo.

Un recién llegado que perdiera el control.

No iba a permitir que eso ocurriera cerca de La Push.

Así que patrullamos el perímetro cercano, sin cruzar el límite invisible más de lo necesario.

Yo me encargué de la franja más próxima a la casa, el punto donde los efluvios se mezclaban, se superponían, se confundían.

Era un infierno para mis sentidos.

El olor de los Cullen ya no me provocaba arcadas como antes, pero seguía ahí, frío, afilado.

A eso se sumaban los demás: clanes antiguos, nómadas, vampiros con dietas distintas, historias distintas… culpas distintas.

Mi trabajo era distinguirlos.

Separar el hedor conocido del desconocido.

Reconocer al aliado… y detectar al intruso.

Pasaba horas corriendo, memorizando aromas, grabándolos en lo más profundo de mi mente para que, si uno nuevo aparecía, pudiera reconocerlo de inmediato.

Era agotador.

Mi cabeza zumbaba incluso en forma humana, como si el mundo nunca se apagara del todo.

Mi único descanso era Emma.

Cada vez que podía, regresaba a la casa Cullen cuando la patrulla lo permitía.

No siempre entraba.

A veces bastaba con acercarme lo suficiente para sentirla.

Su olor era… alivio.

No vampírico.

No humano del todo.

Era calor.

Tierra después de la lluvia.

Algo vivo, constante.

Cuando me acercaba a ella, mi cuerpo dejaba de estar en guardia.

Mi mente, por fin, se aquietaba.

Por las noches en que podía quedarme, enterraba el rostro en su cabello y respiraba hondo, como si ese gesto simple fuera lo único que me mantenía entero.

—Hueles a casa —le dije una vez, sin pensar.

Ella sonrió, medio dormida, y me apretó contra su pecho.

Y por unas horas, el mundo dejaba de ser una amenaza.

— Los días se acortaban.

No solo en el calendario.

En el ambiente.

En la forma en que todos caminábamos con los hombros tensos, como si el tiempo se estuviera plegando sobre sí mismo.

Las dos manadas estaban en vilo.

La fiebre de la licantropía se había extendido.

Muchachos nuevos empezaron a cambiar, empujados por la presencia masiva de vampiros en el territorio.

Algunos no eran más que adolescentes.

Chicos que aún deberían estar preocupándose por exámenes, por partidos de fútbol, no por aprender a controlar un cuerpo que podía destruirlo todo con un mal movimiento.

Eso me revolvía el estómago.

Sam hacía lo que podía, organizando turnos, entrenando, cuidando que nadie se rompiera por dentro antes de tiempo.

Pero no dejaba de ser injusto.

Demasiado injusto.

Y, como si no fuera suficiente, estaba lo otro.

Los aliados cazaban.

No aquí.

No en Forks.

No en La Push.

Cumplían las reglas.

Pero saber que salían del estado, que en algún lugar —quizá no tan lejos— alguien desaparecía para alimentar a nuestros “aliados”… me carcomía.

Lo entendía.

No lo aceptaba.

Emma lo sabía.

Lo veía en mi expresión cada vez que regresaba de patrullar.

—No puedes cargar con todo —me dijo una noche.

—Pero alguien tiene que hacerlo —respondí.

Ella no discutió.

Solo apoyó la frente en la mía.

Y eso fue suficiente para seguir.

— Fue en una de esas patrullas cuando todo cambió.

Corríamos al límite norte del perímetro cuando sentí la alteración en la mente compartida.

Un tirón seco.

Una alerta que no era pánico… pero sí reconocimiento.

Sam lo percibió al mismo tiempo que yo.

*Deténganse.* El mensaje cruzó la manada como un latigazo.

Uno de los chicos —nuevo, aún torpe en su forma— había captado un rastro.

Débil.

Reciente.

Distinto.

Me acerqué de inmediato.

En cuanto ese olor rozó mi mente, lo supe.

No era un vampiro cualquiera.

No era aliado.

No era nómada despistado.

Era preciso.

Frío.

Inconfundible.

El mundo se me tensó por completo.

—Es él —dije en voz baja, aunque no hacía falta—.

Demetri.

El nombre se expandió en la mente colectiva como una descarga.

Un rastro reciente.

Había estado allí.

Estaba cerca.

Y no era casualidad.

Sentí el impulso primario de correr hacia Emma.

De rodearla.

De sacarla de ahí si hacía falta.

Pero me obligué a respirar.

Esto no era solo personal.

Demetri había entrado en nuestro territorio.

Y eso significaba una sola cosa: La cacería ya había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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