Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 73
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73: La huella que me pertenece 73: La huella que me pertenece **Demetri** El rastro no es constante.
Eso es lo que más me irrita.
Va y viene como una respiración mal contenida, como una huella que decide cuándo dejarse ver y cuándo desaparecer.
No es ausencia.
Es evasión.
Y eso, para mí, es inadmisible.
He convencido a Aro de permitirme adelantarme unos días.
No fue difícil.
Le hablé de precaución, de reconocimiento del terreno, de evitar errores innecesarios antes de emitir juicio.
Aro escucha cuando se trata de control… y de adquisición.
No le dije toda la verdad.
No le dije que lo que me mueve no es solo la curiosidad por una anomalía.
No le dije que esa presencia me ha estado llamando durante semanas.
No le dije que la reconozco.
Porque la reconozco.
Aunque intente ocultarse, aunque su don se repliegue y se expanda de forma errática, su esencia sigue siendo inconfundible para mí.
Es como un eco que no se apaga del todo, como una melodía que aprendí a escuchar incluso en el silencio.
Emma.
El territorio cambia antes de que yo lo vea.
El aire es más húmedo, más denso.
El bosque no es neutral aquí.
Está… vigilante.
Los árboles crecen como si esperaran algo, como si custodiaran un secreto que no desean entregar.
Y entonces lo percibo.
Licántropos.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
No uno.
Varios.
Sus rastros están por todas partes, superpuestos, recientes.
No se mueven como animales dispersos, sino como una estructura organizada.
Patrullan.
Delimitan.
Protegen.
Mis labios se curvan con desagrado.
—Asquerosos perros… —murmuro.
Esto complica las cosas.
No puedo acercarme como quisiera.
No aquí.
No ahora.
Ellos sentirían mi presencia.
Y aunque me resulte casi insultante admitirlo, son peligrosos en grupo.
Ruidosos, sí.
Impulsivos.
Pero no estúpidos.
Y entonces, el pensamiento que no quería tener se abre paso.
*No…* No puede ser eso.
Mi mandíbula se tensa con fuerza.
La idea de que uno de ellos esté cerca de ella, de que su olor se mezcle con el de esas criaturas, me llena la boca de veneno.
El simple pensamiento me resulta nauseabundo.
Emma no pertenece aquí.
No pertenece a ellos.
No pertenece a nadie que no sea yo.
La posibilidad de que su don esté inestable por una cercanía indebida, por un vínculo que no debería existir, me enciende algo oscuro en el pecho.
No rabia descontrolada.
No aún.
Algo peor.
Posesión herida.
No avanzo más.
Me muevo en los márgenes, recolectando información sin dejar rastro.
Escucho.
Observo.
Confirmo lo que ya sospechaba: ella está aquí.
Muy cerca.
Lo suficiente como para que su don pulse con irregularidad.
No la llamaré.
No todavía.
No quiero forzarla.
No quiero que huya.
Aprendí eso la última vez.
Su don responde al miedo, pero también a la decisión.
Y cuando decide desaparecer… incluso yo tengo que trabajar para encontrarla.
Pero esta vez será distinto.
Esta vez no está sola.
Y eso es un problema.
Retrocedo antes de que la manada detecte algo más que una sombra tardía.
Cuando me alejo lo suficiente, tomo la decisión que no me gusta, pero que necesito.
Chelsea.
Dependo demasiado de ella.
Su don es una red invisible, una que mantiene a todos mirando en la dirección correcta, sintiendo lo que deben sentir.
Gracias a ella, mis lealtades aparentes siguen intactas.
Gracias a ella, Aro no mira donde no debe.
Pero no me gusta necesitarla.
No me gusta que sea la única capaz de guardar mis secretos a salvo de Aro… incluso sin que él lo sepa.
Y aun así, esta vez lo haré.
Ocultaré esto.
Ocultaré los licántropos.
Ocultaré que Emma no solo existe… sino que está protegida.
Por ahora.
Mis labios se curvan en una sonrisa lenta, peligrosa.
El juego ha cambiado.
Y aunque Aro cree que el juicio se acerca, yo sé algo que él aún no comprende: Esta vez no vengo solo a observar.
Vengo a recuperar lo que siempre consideré mío.
Y cuando llegue el momento… ni lobos, ni vampiros, ni alianzas desesperadas me impedirán reclamarla.
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