Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 74
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74: Elegirse sin cadenas 74: Elegirse sin cadenas **Emma** Jacob no me lo contó de inmediato.
Lo hizo cuando el día ya estaba cansado y la casa de los Cullen respiraba en un silencio vigilante, de esos que no traen paz sino pausa.
Estábamos sentados juntos, cerca pero sin tocarnos, como si ambos supiéramos que lo que iba a decir necesitaba espacio para caer sin romperse.
No me sorprendió.
Tal vez eso fue lo que más me sorprendió de mí misma.
Desde el monte Logan supe que Jacob huía de algo.
No de un lugar, no de un enemigo.
Huía de un recuerdo que todavía dolía si se miraba de frente.
Yo sabía lo que era eso.
Lo reconocí porque era el mismo silencio que yo cargaba cuando Demetri aún no tenía nombre en mi historia.
Y sí, también supe desde antes que ese recuerdo tenía nombre propio.
Bella.
No lo intuí con celos.
Nunca lo hice.
Los celos son una forma torpe de posesión, y yo no amo así.
Tampoco Jacob.
Lo que nos une no nace del miedo a perder, sino de la libertad de elegirnos incluso sabiendo de dónde venimos.
Escuché su historia con atención, con una ternura que no dolía.
Bella y Jacob.
Jacob y Bella.
Dos almas jóvenes cargando demasiado pronto con un amor imposible, con decisiones que no eran del todo suyas.
Ella y Edward.
Jacob y yo.
El paralelismo era tan evidente que me pregunté si era destino… o simplemente la forma en que el mundo se repite cuando aún no ha aprendido algo.
No sentí amenaza.
Sentí comprensión.
Bella no es una sombra entre nosotros.
Es una cicatriz que sanó.
Y eso importa.
— Eleazar me pidió que entrenáramos esa misma tarde.
No como una orden, sino como una invitación cargada de curiosidad genuina.
Él no me mira como un arma, aunque sabe que podría serlo.
Me observa como quien contempla un fenómeno que aún no tiene nombre.
—No fuerces nada —me dijo—.
Tu don no responde a la voluntad, sino al equilibrio.
Cerré los ojos.
Respiré.
Mi don no es una pared.
Es una distorsión.
Un pliegue.
Algo que hace que la realidad… resbale.
Lo sentí entonces.
Primero como una presión lejana.
Luego como un eco.
Después como una certeza.
Alguien me buscaba.
No necesitaba nombre para saber quién era.
Demetri.
Mi pulso no se aceleró, pero algo dentro de mí se tensó como una cuerda demasiado estirada.
No estaba aquí.
Aún no.
Pero estaba cerca.
Probando el aire.
Reconociendo huellas.
Eleazar lo notó de inmediato.
—¿Lo sientes?
—preguntó con voz baja.
Asentí.
—Sí.
—Entonces es real —murmuró—.
Tu don no solo oculta.
Percibe.
Anticipa.
Abrí los ojos.
—Siempre lo ha hecho —dije—.
Solo que antes no quería escucharlo.
El entrenamiento se detuvo ahí.
No por miedo.
Por respeto.
— Más tarde, encontré a Bella en el jardín, observando el bosque como si pudiera leer en él lo que venía.
Se giró al sentirme, y en su sonrisa había algo honesto, sin reservas.
—Jacob me habló —le dije sin rodeos.
Asintió.
—Lo imaginé.
—No estoy celosa.
Ella soltó una risa suave, casi aliviada.
—Nunca pensé que lo estarías.
Nos sentamos juntas.
Dos mujeres que habían amado al mismo hombre en tiempos distintos, sin competir, sin herirse.
—Si la batalla es inevitable —dijo de pronto, mirándome por primera vez con verdadera gravedad—, voy a pedirte un favor.
A ti… y a Jacob.
No pregunté cuál.
—Cuando llegue el momento —añadió—, te lo diré.
Asentí.
Porque entendí algo con claridad absoluta: No todos los vínculos nacen del amor romántico.
Algunos nacen de la confianza.
Otros, de la necesidad compartida de proteger lo que importa.
Y en ese instante, supe que si el mundo se rompía, lo haría con nosotros de pie.
No huyendo.
No esta vez.
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