Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 77
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
77: El eco de una posesión 77: El eco de una posesión ### Demetri El río corre con la misma indiferencia de siempre.
Agua fría, piedras lisas, el murmullo constante de algo que no entiende de guerras ni de leyes.
Yo, en cambio, lo entiendo todo con una claridad que quema.
Los veo.
Primero al licántropo.
Grande.
Demasiado seguro.
Demasiado cómodo en un territorio que no le pertenece.
Su olor es una ofensa directa, una mezcla de tierra caliente y animal salvaje que se incrusta en el aire como un insulto.
Y luego… ella.
Emma.
Ahí está, iluminada por la luz que se filtra entre los árboles, viva, intacta, hermosa de una forma que sigue siendo insoportablemente familiar.
Su risa —su maldita risa— me atraviesa con una mezcla peligrosa de alivio y furia.
El perro la besa.
No con torpeza.
No con hambre.
Con confianza.
La toca como si tuviera derecho.
Como si no supiera —o peor aún, como si supiera— que está tocando algo que me pertenece.
La rabia me sube como un incendio.
Por un instante, solo un instante, me imagino arrancándole la cabeza.
Separando vértebra por vértebra.
Dejando su cuerpo inútil en el fondo del río como advertencia.
Pero no puedo.
No ahora.
No aquí.
Aro no toleraría una imprudencia así.
No cuando la operación está en marcha.
No cuando cada movimiento es observado, pesado, evaluado.
Un error y perdería mucho más que a un licántropo insolente.
Así que respiro.
Contengo.
Observo.
Y confirmo lo inevitable.
Ella no está cautiva.
No está engañada.
No está huyendo.
Está eligiendo.
Y esa es la verdadera traición.
El beso termina.
El licántropo se separa primero, atento, siempre alerta.
La protege incluso cuando no hay amenaza visible.
Ella se queda un segundo más, como si no quisiera irse aún.
Pero se va.
Sola.
La fortuna, caprichosa como siempre, vuelve a inclinarse a mi favor.
Espero.
No me acerco.
No acelero.
Me muevo con cuidado extremo, evitando los rastros más intensos, esquivando las zonas donde los otros perros podrían detectar mi presencia.
El territorio está saturado de ellos.
Demasiados.
Un error y estaría rodeado.
Pero ella… Ella no huye.
Sabe que estoy ahí.
Lo siente.
Camina por la playa de la reserva con paso firme, pero no apurado.
No es miedo lo que la guía.
Es aceptación.
Como si hubiera comprendido, al fin, que este encuentro era inevitable.
Cuando se detiene, lo hace sin girarse de inmediato.
—Sabía que eras tú —dice al fin.
Su voz no tiembla.
Eso me irrita… y me fascina.
Doy un paso al frente, dejando que me vea.
No necesito ocultarme más.
Mi presencia es suficiente.
Siempre lo fue.
—Has mejorado —respondo—.
Antes habrías corrido.
Se gira entonces.
Sus ojos verdes me atraviesan como cuchillas antiguas.
Ya no hay devoción en ellos.
Tampoco súplica.
Solo verdad.
—Antes estaba rota —dice—.
Ahora no.
Aprieto la mandíbula.
—¿Eso crees?
—pregunto con una sonrisa que no llega a mis ojos—.
Te escondes entre perros, finges normalidad… y llamas a eso estar entera.
—No me escondo —responde—.
Elegí.
La palabra me golpea más fuerte de lo que esperaba.
Doy otro paso, cuidando la distancia.
No quiero que huya.
No quiero que me tema.
No aún.
—Ese licántropo no puede protegerte —digo con calma—.
No de lo que viene.
Ella no responde de inmediato.
—Los Vulturi vendrán —continúo—.
Tú lo sabes.
Yo lo sé.
Y cuando lleguen, no habrá escudos, ni manadas, ni promesas románticas que te salven.
Sus labios se tensan apenas.
—¿Y tú sí?
—pregunta.
Sonrío entonces.
Despacio.
Con paciencia.
—Yo puedo asegurarte la supervivencia —digo—.
Como antes.
Como siempre debió ser.
—¿Volver contigo?
—dice, y por primera vez hay algo en su voz—.
¿Eso es sobrevivir para ti?
—Es existir —respondo—.
Lejos de la caza.
Lejos del castigo.
Lejos de la muerte segura.
Ella me observa largo rato.
—No volví para obligarte —añado—.
Aprendí de ese error.
—Hago una pausa—.
Volví para advertirte.
El viento mueve su cabello.
El mar ruge detrás de nosotros.
—Si decides quedarte aquí —concluyo—, morirás con ellos.
Silencio.
Luego, muy despacio, ella responde: —Prefiero morir eligiendo… que vivir siendo poseída.
La ira vuelve a arder, violenta, peligrosa.
Pero la contengo.
Por ahora.
—Piénsalo, Emma —digo finalmente—.
El tiempo se acaba.
Y cuando llegue el momento… yo estaré observando.
A los lejos escucho aullidos.
¡Malditos perros!
Me doy la vuelta antes de que pueda decir algo más.
No porque no tenga respuesta.
Sino porque sé algo con absoluta certeza: Esto aún no ha terminado.
Ella cree que es libre.
Pero la huella que me pertenece… aún me conduce hasta ella.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com