Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 79
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79: Ni un solo momento 79: Ni un solo momento **Jacob** Lo sentí antes de escucharlo.
No fue el aullido.
Fue ese tirón seco en el pecho, como si algo hubiera cruzado una línea que no debía tocar.
La manada lo percibió al mismo tiempo: un rastro ajeno, antiguo, venenoso.
Demetri.
El nombre no necesitó pronunciarse en la mente compartida.
Lo reconocí en el instante en que su esencia rozó el borde del territorio, demasiado cerca.
Demasiado confiada.
Y Emma estaba sola.
No recuerdo el camino de regreso a la casa.
Solo la urgencia, el ruido del viento cortándome el rostro, la rabia contenida que me empujaba a ir más rápido.
Cada segundo sin verla era una posibilidad abierta al desastre.
Cuando entré y la vi de pie, entera, respirando, algo dentro de mí se aflojó… apenas lo suficiente para no perder el control.
—¿Está aquí?
—pregunté.
Ella asintió.
Y en ese gesto entendí algo peor que el peligro inmediato: no había sido un encuentro casual.
Él la estaba buscando.
Desde antes.
La escuché.
Cada palabra.
Cada silencio.
Y mientras lo hacía, una certeza se clavó en mí con una claridad brutal: Demetri no era solo un problema de los Vulturi.
Era una herida abierta que se negaba a cerrar.
Una obsesión.
Cuando terminó, la abracé sin pensar.
No para protegerla —ella no era frágil— sino porque yo lo necesitaba.
Porque la idea de perderla me atravesó con una violencia que no recordaba haber sentido nunca.
—No vas a volver a estar sola —le dije, con la voz más firme de lo que me sentía—.
Ni un solo momento.
Ella levantó el rostro.
—Jacob… —No es una promesa vacía —continué—.
Es una decisión.
Mía.
De la manada si es necesario.
De quien haga falta.
Sus ojos se suavizaron, pero no discutió.
—Está bien —dijo—.
Confío en ti.
Eso fue peor que cualquier discusión.
Porque esa confianza era absoluta.
— Regresamos a la casa Cullen en silencio.
Edward nos esperaba.
No hizo preguntas innecesarias.
No necesitó leer nada más que mi expresión para entender que algo había cambiado de forma irreversible.
—Está aquí —dije sin rodeos.
Edward cerró los ojos un instante.
—Lo sentí —respondió—.
No con claridad, pero… hay interferencias.
Movimientos que no encajan.
Emma permaneció en silencio.
Yo hablé por ambos.
—No actuó.
No hoy.
Pero dejó claro que esto es personal.
Edward asintió lentamente.
—Coincido contigo —dijo—.
No puede volver a estar sola.
No fue una orden.
Fue un acuerdo inmediato.
—No diremos nada aún —continuó—.
No a todos.
No hasta tener más claro qué está buscando exactamente.
—Refuercen la vigilancia —añadí—.
La manada cubrirá el perímetro.
Nadie entra sin que lo sepamos.
Edward me miró con algo parecido al respeto antiguo, ese que no nace de estrategias sino de elecciones compartidas.
—Aro viene por adquisiciones —dijo—.
Y Demetri… viene por ella.
Emma levantó la mirada.
—No voy a huir —dijo con calma.
Edward la observó un segundo largo.
—No lo espero —respondió—.
Pero esta vez, no estarás sola.
Asentí.
Porque esa era la única certeza que podía ofrecerle al mundo entero.
Podían venir los Vulturi.
Podía venir Demetri.
Podía arder todo si hacía falta.
Pero Emma no volvería a enfrentar nada sola.
No mientras yo respirara.
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