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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 81

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81: Antes del amanecer 81: Antes del amanecer **Emma** La Navidad en casa de Charlie no se parecía a ninguna que hubiera vivido antes.

No por los adornos —aunque los había, sencillos y torpes, como si hubieran sido puestos con prisa— ni por el árbol ligeramente inclinado en una esquina de la sala, sino por la **cantidad de vida** reunida en un mismo lugar.

Demasiada energía.

Demasiadas emociones cruzadas.

Demasiados vínculos latiendo al mismo tiempo.

Las dos manadas estaban allí.

Las parejas, ocupando sofás, sillas y hasta el suelo, hablando todos a la vez, riendo fuerte, interrumpiéndose sin molestarse.

Había algo profundamente humano en ese caos, algo que me hacía sentir… incluida, incluso cuando sabía que no pertenecía del todo a ninguno de esos mundos.

Jacob estaba a mi lado, como siempre últimamente.

No posesivo.

No vigilante.

Solo presente.

Su mano buscaba la mía de vez en cuando, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Sam y Emily fueron los primeros en captar la atención de todos.

No hicieron un anuncio grandilocuente.

No lo necesitaban.

La forma en que Sam apoyó la mano sobre la cintura de Emily, y cómo ella sonrió antes de hablar, fue suficiente.

—Vamos a ser padres.

El silencio duró apenas un segundo.

Luego estalló la casa.

Aplausos.

Exclamaciones.

Abrazos.

Felicitaciones atropelladas.

Seth casi grita de la emoción.

Quil levantó a la pequeña Claire en brazos sin entender del todo, pero celebrando igual.

Jared besó a Kimberly con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Jacob se tensó apenas a mi lado.

Sentí el pensamiento cruzarle como un relámpago.

*¿Cómo sería eso para nosotros?* No lo dije.

No ahora.

No todos celebraron del mismo modo.

Vi a Leah quedarse rígida, la sonrisa congelándosele en el rostro.

Sus ojos se apartaron de Sam y Emily con rapidez, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado de pronto.

Sin decir una palabra, dejó el vaso sobre la mesa y salió de la casa.

El silencio volvió a tensarse un instante… y luego la vida siguió, como suele hacerlo, incluso cuando alguien se rompe un poco más lejos.

Paul y Rachel tomaron la palabra después, más ligeros, más ruidosos.

—Un mes —anunció Paul con una sonrisa orgullosa—.

Solo un mes para la boda.

—Y todavía no decide qué traje usar —añadió Rachel, rodando los ojos con cariño.

Las bromas no se hicieron esperar.

Jared y Kimberly intercambiaron regalos discretos.

Quil ayudó a Claire a abrir el suyo, como si fuera el acontecimiento más importante del mundo.

Bella y Edward observaban todo con esa mezcla de atención y distancia que los caracterizaba, y en algún punto intercambiaron regalos abortos en su propio momento, mientras sellaban con un beso sus promesas.

Mientras Renesmee se movía entre todos como si la casa fuera suya.

Presumiendo sus regalos y encantando a todos con su sonrisa.

Sue Clearwater se sentó a mi lado en un momento, cálida, serena.

—Me alegra verte aquí —me dijo—.

Haces bien a Jacob.

No respondí con palabras.

Solo sonreí.

Entonces llegó el momento de los regalos.

Jacob se puso un poco tenso.

Lo sentí antes de verlo.

Cuando me entregó la pequeña caja, sus manos estaban calientes, firmes… nerviosas.

—No es gran cosa —murmuró.

Abrí la caja.

Dentro había una cadena de plata.

Delicada, fuerte.

El colgante era un lobo aullando a la luna… una luna verde, del mismo tono de mis ojos.

Mi pecho se apretó.

—Jacob… —Pensé que… —se encogió de hombros—.

Que era algo tuyo.

Nuestro.

No pude evitarlo.

Me incliné y lo besé allí mismo, ignorando las risas y los silbidos alrededor.

—Es perfecto —le dije en voz baja—.

Gracias.

Respiré hondo y tomé mi regalo.

Las llaves tintinearon al caer en su mano.

Jacob frunció el ceño.

—Emma… ¿qué es esto?

—Míralo afuera.

Salimos.

El aire frío nos recibió junto con la silueta elegante y oscura estacionada frente a la casa.

—¿Es…?

—preguntó, incrédulo.

—Un Aston Martin DBX 707 —respondí—.

Sé que te gustan.

Me miró como si hubiera perdido la razón.

—Esto es una locura.

Es demasiado.

—No lo es —dije con calma—.

El dinero no significa nada para mí.

Tú sí.

Me abrazó entonces, fuerte, sincero, como si necesitara asegurarse de que yo era real.

—No es justo —murmuró—.

Lo mío es una cadena y tú me das un auto así.

—Jacob —le susurré—.

Tú eres todo lo que tengo.

No dijo nada más.

Solo me besó la frente.

La noche siguió entre risas, chistes, historias viejas y nuevas.

Una de esas noches que parecen suspendidas en el tiempo, como si el mundo exterior no existiera.

Pero el mundo siempre existe.

Más tarde, cuando la casa quedó vacía, regresamos a la cabaña.

Esta vez, en el nuevo auto.

Jacob condujo despacio, como si quisiera alargar cada minuto, y yo observé las luces desaparecer tras nosotros, guardando ese recuerdo como algo frágil y precioso.

Billy se había quedado con Charlie.

Sue también.

Rachel estaba con Paul.

Por primera vez en días… estábamos solos.

No hubo palabras elaboradas.

No hicieron falta.

Nos encontramos en la penumbra como si el cuerpo recordara lo que la mente no quería pensar: que el tiempo se acorta, que nada está garantizado.

Nos amamos con urgencia y con ternura.

Con hambre y con cuidado.

Como si cada caricia fuera una promesa y una despedida al mismo tiempo.

Después, cuando el silencio se acomodó entre nosotros, Jacob habló en voz baja.

Me explicó entonces lo que significaban esos vínculos entre los lobos.

Cómo algunos quedaban unidos de una manera profunda, definitiva, no como posesión sino como elección absoluta.

Me habló de la conexión, de la lealtad, de ese reconocimiento que no se impone, que simplemente ocurre.

Y de él.

De cómo, sin haberlo entendido del todo al principio, sabía que conmigo no había duda ni confusión.

Que lo suyo no era una imposición del destino, sino una decisión consciente.

Lo escuché en silencio, con el corazón lleno.

—Ahora lo entiendo —le dije—.

No es una atadura… es pertenencia compartida.

Sonrió, aliviado.

Cuando el cansancio nos alcanzó, nos quedamos juntos observando cómo el cielo empezaba a aclararse.

El amanecer tiñó el mar de tonos suaves.

Me acomodé entre sus piernas, la espalda apoyada en su pecho.

Jacob rodeó mi cintura con los brazos y besó lentamente mi cuello, como si ese gesto bastara para sostener el mundo.

—Pase lo que pase —dijo—.

Este es mi lugar.

Sonreí.

—El mío también.

Y por un momento —solo por uno— el futuro dejó de dar miedo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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