Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 82
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82: Por encima de nosotros 82: Por encima de nosotros ### **Jacob** Llegamos desde La Push cuando el ambiente ya está cargado.
No hace falta cruzar el umbral de la casa Cullen para sentirlo.
El aire está tenso, denso, como antes de una tormenta eléctrica.
Emma aprieta mi mano apenas, un gesto mínimo, pero suficiente para anclarme.
—Algo pasó —murmuro.
Edward nos espera en la entrada.
No sonríe.
—Alistair se fue —dice sin rodeos.
Aprieto la mandíbula.
—El vampiro del ático —respondo—.
Siempre supe que correría primero.
Emma me mira de reojo, confundida por el apodo, pero no pregunta.
Edward continúa.
—No soportó la presión.
Dice que no piensa morir por nadie.
Se marchó anoche.
—Sam tiene que saberlo —digo de inmediato—.
Si alguien deserta, cambia el tablero.
Edward asiente.
—Lo imaginé.
Amun también quiso irse.
Entramos.
La sala está llena.
Demasiadas presencias, demasiados efluvios distintos.
Emma se mantiene cerca de mí, tranquila por fuera, alerta por dentro.
Amun está de pie, rígido, discutiendo con Carlisle.
—¡Quieres robarme a Benjamín!
—acusa—.
No voy a permitir que me quites la mitad de mi clan.
—No he pedido eso —responde Carlisle con una calma que raya en lo sobrehumano—.
Benjamín elige por sí mismo.
Benjamín da un paso al frente.
—No me iré, Amun —dice con firmeza—.
Esto está mal.
Lo que vendrá… no puedo ignorarlo.
Amun parece traicionado.
Tía guarda silencio.
El quiebre es evidente.
Emma observa todo con atención, absorbiendo dinámicas, midiendo silencios.
No se encoge.
No se esconde.
Entonces escucho las voces que siempre parecen disfrutar el caos.
—Es una lástima —dice Vladimir—.
Justo ahora que podríamos acabar con ellos de una vez.
—Los Vulturi han gobernado demasiado tiempo —añade Stefan, con esa sonrisa torcida—.
Esta es la oportunidad.
*Drácula uno y Drácula dos*, pienso.
Carlisle se gira hacia ellos.
—No buscamos una guerra —dice con firmeza—.
No voy a sacrificar vidas para saciar una venganza de siglos.
—Las guerras siempre cuestan —replica Vladimir—.
Pero a veces son necesarias.
—Y con los talentos adecuados —añade Stefan—, sería definitiva.
Aprieto los puños.
Emma siente mi tensión y apoya su mano en mi antebrazo.
—Si ganan —dice Vladimir de pronto, pensativo—, los Vulturi no solo se llevarían a la niña.
El silencio cae como una losa.
—Ni a la escudo —añade, mirando a Bella—.
Un poder defensivo absoluto.
Bella no baja la mirada.
—También a ella —continúa Stefan, girándose hacia Emma—.
Con su don… podrían ocultarse para siempre.
Blindarse.
Nadie volvería a sorprenderlos.
—Y con alguien que influya sobre los elementos —murmura Vladimir con interés—, serían prácticamente invencibles.
Siento algo oscuro subir desde el pecho.
—Ni lo sueñen —gruño.
Las miradas se giran hacia mí.
—Emma no se va a ningún lado —digo, claro—.
Y si creen que pueden tocarla… Doy un paso al frente.
—Tendrán que pasar por encima de nosotros.
—¿Nosotros?
—se burla Peter—.
¿Los niños?
—Infantiles —corrige Randall con una sonrisa ladeada.
Edward me observa, serio, sin contradecirme.
—Las dos manadas lucharán —añado—.
No porque queramos una guerra, sino porque nadie decide por nosotros a quién amar o a quién proteger.
Emma entrelaza sus dedos con los míos.
No tiembla.
—Solo por encima de nuestros cuerpos podrían llevársela —termino.
No hay burlas.
No hay sonrisas.
Solo asentimientos.
Uno a uno, los vampiros dicen lo que están dispuestos a hacer.
Algunos pelearán.
Otros solo atestiguarán.
Algunos ya se han ido.
La fragmentación es inevitable.
Poco después, Bella, Edward y Renesmee se preparan para salir a cazar antes de la confrontación.
No quieren distracciones.
No quieren debilidades.
Carlisle se acerca a Emma.
—No tendrás que preocuparte —le dice—.
Puedo cubrir tus necesidades.
Tengo contactos en el hospital.
Emma asiente, agradecida, sin incomodidad.
—Gracias.
Mientras todos comienzan a dispersarse, salimos de la casa.
—Estúpidas sanguijuelas —mascullé para mí mismo—.
Se creen tan superiores… —resoplé.
—Se van a quedar pasmados cuando los «infantiles» les salven sus vidas superiores, ¿no?
—dijo Edward.
Sonreí y le di un puñetazo amistoso en el hombro.
—Diablos, sí, ya lo creo.
Emma caminaba a mi lado, en silencio.
Sonreía apenas.
Pensaba en todo lo que había visto y oído.
Y lo que no sabía —todavía— era que hablaba completamente en serio cuando decía que dejaría la vida y el alma por librarla de las garras de los Vulturi.
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