Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 85
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85: Por encima de todos 85: Por encima de todos **Jacob** Desde que pusimos una pata en el claro, supe que aquello no iba a resolverse con palabras.
La manada lo sentía.
Yo lo sentía.
Nos movimos como habíamos acordado: tres formaciones, flancos abiertos, cubriendo los extremos de esa línea desigual que pretendía parecer una negociación.
Yo iría con Embry y Quil.
Los dos sabían cuál era su lugar… y también sabían cuál era el mío.
Demetri era mío.
No lo dije en voz alta, pero lo dejé claro en la mente compartida.
Cuando llegara el momento, cuando las excusas se acabaran y la sangre cayera, yo iba a ir directo a él.
Cuerpo a cuerpo.
Sin intermediarios.
No por estrategia.
Por Emma.
Porque había cosas que no se discutían ni se delegaban.
Porque su honor no era negociable.
Porque desde el instante en que yo entré en su vida, las posibilidades de que ese bastardo volviera a tocarla se habían reducido a cero.
Embry y Quil no estaban convencidos.
Lo sentía en sus pensamientos: el cálculo, la duda, el miedo de perder a su alfa en un duelo innecesario.
Pero no discutieron.
No podían.
La línea negra avanzó.
Y con ella, el olor a muerte.
Cuando Aro pidió deliberar, todos se replegaron.
Todos menos yo.
Fui el último.
La pelambrera erizada, los hombros tensos, las fauces al descubierto.
No aparté la mirada de Demetri.
Él me sostuvo el gesto con esa sonrisa torcida que tanto conocía Emma.
La misma que prometía posesión.
La misma que ahora solo me prometía guerra.
Si daba un paso más, el claro estallaba.
Pero no lo hice.
Escuché.
Mientras retrocedíamos, las voces de los ancianos llegaban como veneno arrastrado por el viento.
Excusas antiguas.
Odio heredado.
Palabras como *plaga*, *amenaza*, *enemigos desde el alba de los tiempos*.
Nos llamaban monstruos con la misma facilidad con la que se proclamaban jueces.
Metamorfos, dijeron después.
Como si cambiando el nombre se limpiara la intención.
Yo no necesitaba entenderlos.
Solo necesitaba resistirlos.
Entonces llamaron a Irina.
Y algo cambió.
No en ellos.
En nosotros.
Ella habló con una dignidad que no esperaban.
Admitió su error.
Asumió la culpa.
Nos defendió.
A los Cullen.
A nosotros.
A Renesmee.
Durante un segundo —solo uno— pensé que quizá… quizá bastaría.
Fue una ilusión estúpida.
La señal fue rápida.
Demasiado rápida.
La muerte cayó antes de que cualquiera pudiera moverse.
El dolor explotó en la línea aliada.
Sentí el rugido de Tanya, el relámpago de Kate, la fuerza desesperada de Garrett conteniéndola mientras la electricidad lo atravesaba.
El caos quiso nacer ahí mismo, y solo la voz de Carlisle —rota pero firme— logró evitar la masacre total.
Si atacaban entonces, moríamos todos.
Lo sabíamos.
Ellos también.
Aro siguió hablando después, como si nada.
Como si la ejecución no hubiera sido un mensaje.
Como si Emma no estuviera allí, viva, consciente, con un siglo de existencia demostrando que Renesmee no era una amenaza.
Pero no le bastaba.
Nada le bastaba.
Lo escuché insinuar que Emma era solo un referente, no una garantía.
Que lo desconocido debía ser eliminado.
Que la seguridad del mundo vampírico valía cualquier sacrificio.
Vi cómo Garrett se adelantaba.
Cómo hablaba por todos los que no aceptaban cadenas.
Cómo los llamaba por lo que eran: cazadores de trofeos, no jueces.
Y vi algo más.
Duda.
Los testigos empezaron a irse.
Entonces Bella habló con Emma.
Y todo se quebró.
La vi acercarse a mí.
La orden era clara, aunque me partía en dos: llevarme a la niña.
Salir.
Sobrevivir.
Proteger lo que amábamos para que no se extinguiera todo ahí mismo.
No podía dejarla ir sola.
Nunca.
La subí a mi lomo con cuidado, sintiendo el temblor en mis patas que no tenía nada que ver con el frío.
Edward se acercó.
Apoyó la frente contra Renesmee.
Luego contra mí.
—Adiós, Jacob… hermano mío.
El sonido que salió de mi pecho no fue un aullido.
Fue algo peor.
La manada me rodeó.
Ninguno discutió.
Ninguno dudó.
Sentí su aprobación como un eco profundo: *Salvalas, Jake.* *Nosotros resistiremos.* *Haz lo que un alfa debe hacer.* Me alejé.
Cada paso era una traición necesaria.
Cada latido, una promesa.
No sabía si el mundo sobreviviría a ese día.
Pero sí sabía una cosa con absoluta certeza: Si alguien iba a reclamar a Emma, tendría que pasar primero sobre mi cuerpo.
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