Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 86
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
86: El peso de existir 86: El peso de existir **Emma** Ya estábamos listos para partir.
No porque quisiéramos, sino porque no había más tiempo.
Las despedidas habían sido breves, contenidas, rotas por silencios demasiado largos.
Nadie quería pronunciar en voz alta la posibilidad de que fueran definitivas, pero todos la sentíamos suspendida en el aire, densa como la niebla que se arrastraba entre los árboles del claro.
El primer ataque llegó sin aviso.
Un dolor seco, punzante, como si alguien intentara desgarrarme desde dentro.
Jane.
Y casi al mismo tiempo, algo más sutil, más viscoso, intentando deslizarse entre mis emociones, torcerlas, debilitarlas.
Chelsea.
Pero no atravesaron.
El escudo de Bella respondió de inmediato, firme, expandido como una cúpula viva que nos cubría a todos.
Sentí el impacto contra esa barrera invisible y, por primera vez, comprendí de verdad la magnitud de su poder.
No solo nos protegía: nos mantenía unidos.
Apreté los dientes.
Demetri no apartaba la mirada de mí.
Lo sentía con una claridad inquietante, como si sus ojos fueran una mano posada sobre mi piel.
Sabía lo que estaba pensando.
Sabía que intuía una fuga, una ruptura, una posibilidad de escape.
Le devolví la mirada y sonreí, lenta, descarada.
*Inténtalo*, pensé.
*Encuéntrame si puedes.* El dolor seguía ahí, pero mi don estaba estable.
Firme.
Por primera vez en mucho tiempo, no era una llamarada caótica, sino un pulso constante, contenido, esperando el momento exacto para desplegarse.
A mi alrededor, Stefan y Vladimir vibraban de una excitación casi palpable.
Para ellos, aquello no era defensa ni justicia: era la antesala de una venganza largamente postergada.
Sus ojos brillaban con una expectativa feroz, como si ya vieran arder a los antiguos.
Entonces Benjamin actuó.
El suelo tembló cuando abrió una brecha invisible entre los bandos, una línea de poder que partió el claro en dos.
Mientras Bella reforzaba su escudo, algo en mí respondió.
Sentí cómo los ataques mentales comenzaban a desviarse, a disiparse antes de alcanzarnos del todo.
No era solo Bella.
Era yo.
Mi don se extendía como una sombra consciente, interceptando, distorsionando, ocultando.
No atacaba.
Desviaba.
Confundía.
Silenciaba.
Mientras tanto, los aliados empezaron a repartirse objetivos.
No con palabras, sino con miradas, posiciones, decisiones tácitas.
Yo permanecía en espera.
No para luchar.
Para huir.
Pero no esta vez por miedo.
Esta vez para salvar vidas que valían más que la mía.
Aro habló al fin.
Su voz, suave y medida, se deslizó por el claro con una cortesía que helaba la sangre.
Habló de pérdidas lamentables, de talentos excepcionales, de alternativas generosas.
Nombró a Edward.
A Bella.
A mí.
A Benjamin.
A Zafrina.
A Kate.
Promesas envueltas en terciopelo.
Chelsea volvió a intentarlo.
Sentí el roce de su don contra el mío, buscando fisuras, apelando a vínculos, sembrando dudas.
Pero chocó de lleno contra mi blindaje.
No encontró nada.
Aro nos observó con atención, esperando vacilación.
No la halló.
Cayo fue más directo.
Su desprecio no necesitó ornamentos.
Para él, Renesmee y yo éramos incógnitas intolerables.
Riesgos que debían ser erradicados junto con cualquiera que osara protegernos.
Marco, en cambio, apenas murmuró algo distinto, casi imperceptible.
Su desacuerdo no relajó ni un solo músculo de la guardia.
Cayo seguía sonriendo.
Entonces Edward dio un paso al frente.
Su voz resonó con una calma peligrosa mientras conducía la conversación hacia el verdadero núcleo del conflicto: la incertidumbre.
Si el peligro residía en no saber en qué nos convertiríamos… ¿qué ocurriría si ese futuro pudiera conocerse?
Aro escuchó, intrigado.
Pidieron que Jane cesara el ataque.
El dolor desapareció como si nunca hubiera existido.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
Y entonces Edward pronunció un nombre.
Alice.
Sentí el mundo inclinarse cuando percibí el movimiento en el bosque.
Corazones acelerados.
Pasos veloces.
Apariciones imposibles.
Alice emergió del claro como una visión largamente anhelada.
Jasper a su lado, tenso, feroz.
Y con ellos, tres figuras desconocidas.
Kachiri, imponente y silenciosa.
Una vampira de mirada inquieta, atenta a cada detalle.
Y un joven… distinto.
Había en él algo inconfundible.
Un latido.
Una vida que no encajaba del todo en ninguno de los dos mundos.
Nahuel.
Escuché la historia de Huilen como si fuera un eco antiguo, una canción triste repetida a lo largo de los siglos.
Amor.
Miedo.
Sangre.
Supervivencia.
Un hijo nacido de la oscuridad y, aun así, vivo.
Cada palabra resquebrajaba el argumento de los Vulturi.
Nahuel respondió con serenidad a cada pregunta.
Habló de su crecimiento acelerado.
De su dieta.
De su estabilidad.
De su imposibilidad —en la mayoría de los casos— de crear otros como él.
Vi a Jacob tensarse.
No quise mirarlo.
No todavía.
Cuando Cayo preguntó si Renesmee o hoy éramos venenosas, el aire pareció congelarse.
Respondí sin titubeos.
Nahuel me observó entonces, y su reconocimiento fue inmediato.
No estaba sola.
Aro guardó silencio, procesando.
Por primera vez, su ambición parecía contenerse… apenas.
Cayo insistió.
Quería sangre.
Quería erradicar lo que no comprendía.
Pero ya no éramos una anomalía aislada.
Con todas las pruebas expuestas, la decisión quedó en manos de Aro.
Y mientras los ojos de Demetri volvían a clavarse en mí —posesivos, calculadores— comprendí una verdad ineludible: No éramos tan únicas como creíamos.
Y precisamente por eso… ya no podían destruirnos tan fácilmente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com