Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 90
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90: Este es nuestro lugar 90: Este es nuestro lugar ### Jacob El claro quedó en silencio cuando el último de los Vulturi desapareció entre los árboles.
No fue un silencio incómodo, sino uno cargado de incredulidad, como si todos estuviéramos esperando que el mundo volviera a derrumbarse en cualquier segundo.
Pero no ocurrió.
Esta vez no.
De regreso en la casa de los Cullen, el ambiente era extraño: alivio mezclado con cansancio, alegría contenida y un temor residual que tardaría en disiparse.
Los aliados comenzaban a marcharse poco a poco, y cada despedida tenía un peso distinto.
Edward fue el único que se atrevió a poner en palabras lo que muchos pensábamos.
—Se han llevado un buen golpe —dijo con el ceño fruncido—.
Su confianza se ha resquebrajado, pero no creo que esto sea el final.
Algún día se recuperarán… y entonces intentarán cazarnos por separado.
No sonaba alarmista.
Sonaba lúcido.
—Alice nos avisará —respondió Siobhan con esa seguridad casi arrogante que la caracterizaba—.
Y si eso ocurre, volveremos a reunirnos.
Quizá haya llegado la hora de que nuestro mundo deje de vivir bajo el yugo de los Vulturi.
Carlisle asintió con gravedad.
—Si ese día llega, estaremos juntos.
—Así será —dijo Siobhan con una carcajada amplia—.
Aunque yo sola meta la pata… ¿cómo vamos a fallar todos juntos?
Las risas relajaron por fin la tensión.
El aquelarre irlandés fue el primero en marcharse.
Después vinieron los demás.
Denali fue el último.
Garrett se fue con ellos y, a juzgar por cómo miraba a Kate, no volvería pronto.
Tanya y Kate estaban demasiado rotas para quedarse en medio de tanta celebración; necesitaban duelo, silencio.
Huilen y Nahuel, en cambio, permanecieron.
Carlisle estaba absorto hablando con Huilen, fascinado, como si acabara de descubrir un nuevo capítulo de la historia del mundo.
Nahuel escuchaba con calma, sentado a su lado, mientras Edward nos explicaba los detalles que solo él conocía.
—Alice le dio a Aro la excusa perfecta para retirarse —explicó—.
Si no hubiera sido por el miedo que Bella despertó en él… esto habría terminado de otra forma.
Edward describió cómo nos habían visto: preparados, alertas, unidos.
Cómo Bella anulaba los dones más temibles de la guardia mientras nosotros conservábamos los nuestros.
Cómo Zafrina habría dejado ciegos a los Vulturi en segundos.
Habríamos sufrido pérdidas, sí, pero ellos también.
Y eso era algo que jamás habían contemplado.
Aro no estaba dispuesto a pagar ese precio.
—Lo que más le dolió —añadió Edward con una media sonrisa— fue irse sin el mayor escudo que existe.
Miró a Emma.
—Y sin ella.
El blindaje que tanto anhleba…
Emma sostuvo su mirada sin arrogancia, pero con una calma que me erizó la piel.
—No puedo creer nuestra buena suerte —dijo Emmett riendo—.
Encontrarte sin buscarte… y que este cabeza dura haya dado contigo justo a tiempo.
Todos rieron.
Yo también.
—Soy afortunado —admití—, pero no por su don.
Por ella.
Por la mujer que es.
Emmett me dio una palmada en el brazo.
—Cuesta sentirse cómodo rodeado de lobos del tamaño de un caballo.
Le devolví la sonrisa.
—Eso fue lo primero que los detuvo —dije.
—Sin duda —respondió Edward—.
Diecisiete lobos disciplinados… eso no estaba en sus cálculos.
A Cayo le aterran.
Estuvo a punto de morir frente a uno hace siglos.
Nunca lo superó.
Alice y Bella discutían cerca, como siempre.
Bella le reprochaba haberla tenido al borde del colapso durante semanas.
Alice, tranquila, le recordó que debía estar preparada para salvar a Renesmee.
Que fingir nunca había sido su fuerte.
—Además —añadió Alice con una sonrisa ladeada—, sabía que Emma no sería suficiente para Aro.
Por eso había que encontrar a Nahuel.
Y ahora… —miró a Emma y a Nessy— ya no están solas.
Cinco semihumanos.
Cinco pruebas vivas.
No supe cuándo decidí que era momento de irnos.
—Emma y yo regresamos a la reserva —anuncié—.
Quiero hablar con las manadas.
Agradecerles.
Y tranquilizar a mi padre.
Nos despedimos.
Subimos a la camioneta nueva —ahora sí podía disfrutarla— y condujimos de vuelta a La Push.
Sam, los chicos, Billy… todos nos recibieron con abrazos, con alivio, con lágrimas.
Emma se retiró con delicadeza para darme espacio.
Me esperó en el cobertizo, entre herramientas, motores y recuerdos de mi vida antes de todo esto.
Cuando fui a buscarla, el cielo ya se oscurecía.
—¿Caminamos?
—le propuse.
Fuimos hasta la playa.
El mar estaba tranquilo.
—¿Y ahora qué?
—le pregunté—.
¿Nos iremos?
¿Volvemos al monte Logan?
Emma negó despacio.
—Quiero quedarme aquí.
Con tu familia.
Con las manadas.
Cerca de los Cullen… y de Renesmee.
Quiero ver crecer a Nessy.
Sentí que el pecho se me llenaba de algo inmenso.
—¿Y Demetri?
—pregunté al fin.
Ella no esquivó la pregunta.
—Mi don es más fuerte ahora.
Puedo mantenerlo lejos.
Y si vuelve… lo enfrentaremos juntos.
Asentí.
—Este es nuestro lugar —dije—.
No dejaremos que nadie destruya nuestra felicidad.
Entonces recordé.
—Tengo algo para ti.
Saqué una pequeña caja de madera, antigua, tallada.
La abrí.
—Era el anillo de compromiso de mi madre.
Billy me lo dio hoy.
—Tragué saliva—.
Emma… ¿quieres casarte conmigo y hacerme el hombre lobo más feliz del mundo?
Ella se quedó inmóvil un segundo.
Luego sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí —dijo sin dudar—.
Sí, Jacob.
La abracé con fuerza.
El mundo, por primera vez en mucho tiempo, estaba en paz.
Y yo estaba exactamente donde debía estar.
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