Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 91
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91: Raíces frente al mar 91: Raíces frente al mar Libro 2; Legados de Sangre y fuego.
Capitulo 1.
** Emma** La paz no llegó de golpe.
Llegó despacio, como llegan las cosas verdaderas: sin fanfarrias, sin promesas grandilocuentes.
Llegó con el sonido constante del mar, con el olor a madera húmeda, con la certeza de despertar cada mañana sin miedo.
La reserva volvió a sentirse como un hogar.
Jacob y yo pasábamos horas caminando el terreno de Billy, señalando con las manos, imaginando.
Él hablaba de vigas, de cimientos resistentes al viento salino; yo pensaba en líneas, en luz, en cómo dejar que la playa entrara por las ventanas sin invadirlo todo.
Queríamos una cabaña sencilla, pero firme.
Un lugar nuestro, elevado lo suficiente para ver el océano sin perder el abrazo del bosque.
—Aquí —decía Jacob, señalando hacia el oeste—.
Para ver los atardeceres.
Yo asentía, ya dibujándolo en mi mente.
No era solo construir una casa.
Era construir una vida.
También queríamos mejorar la vivienda de Billy.
Hacerla más accesible, más luminosa.
Jacob se lo planteó con ese cuidado suyo, como si temiera herirlo solo por sugerirlo.
Billy lo miró largo rato antes de sonreír, orgulloso, emocionado.
—Hazlo —le dijo—.
Ya era hora de que esta casa creciera con ustedes.
Jacob quería terminar de estudiar.
Ingeniería mecánica.
No me sorprendió.
Los autos no eran solo máquinas para él; eran una extensión de su forma de entender el mundo: desarmar, comprender, mejorar, volver a armar algo más fuerte.
Yo, por mi parte, había decidido estudiar arquitectura.
Siempre me había gustado levantar espacios, pensar en refugios, en estructuras que protegieran sin encerrar.
Aunque sabía más de lo que aparentaba, quería aprenderlo todo desde la base.
Y, sobre todo, quería vivir esa experiencia junto a él.
Sealett sería nuestro punto de encuentro con lo humano.
Los tres iríamos a la misma universidad.
Jacob, yo… y Bella, que había decidido estudiar literatura.
Me gustaba pensar que, de algún modo, estábamos haciendo lo que nadie esperaba de nosotros: seguir adelante.
La vida no se había detenido por la guerra.
Solo había aprendido a respirar distinto.
— La boda de Rachel y Paul llegó como un recordatorio de eso.
Fue hermosa.
Sencilla.
Íntima.
Nada de excesos.
Nada de artificios.
Solo amor, risas y una felicidad honesta que no necesitaba ser adornada.
Rachel estaba radiante, y Paul… Paul parecía no creer todavía su propia suerte.
La celebración fue cálida, llena de música, abrazos y esa sensación tan rara de comunidad completa, sin grietas.
Por primera vez en mucho tiempo, nadie miraba por encima del hombro.
Alice, en cambio, no estaba nada contenta.
—No puedo creer que no me hayan dejado organizarla —se quejó, cruzada de brazos, con una expresión que mezclaba drama y ofensa genuina.
Jacob soltó una carcajada antes de poder contenerse.
Fue ahí cuando ella me miró.
Esa mirada.
—Emma —dijo, con una sonrisa peligrosa—.
Tu boda.
Sentí un escalofrío.
—Alice… —Déjame hacerla —pidió, aunque sonaba más a declaración que a pregunta—.
Toda.
Cada detalle.
Jacob me lanzó una mirada de advertencia inmediata.
—Amor —dijo con toda la calma que pudo reunir—, Alice no organiza bodas.
Alice las… desata.
Yo reí.
Quizá porque venía de sobrevivir a cosas peores.
Quizá porque, por primera vez, podía permitirme pensar en flores, música y vestidos sin sentir culpa.
—Está bien —acepté—.
Pero hay una condición.
Alice se quedó inmóvil, expectante.
—Quiero casarme en la playa —dije—.
Y será en primavera.
Su rostro se iluminó como si acabara de recibir el mejor regalo del mundo.
—Perfecto —susurró—.
Absolutamente perfecto.
Jacob negó con la cabeza, resignado.
Edward y Bella serían nuestros padrinos.
No había discusión posible.
Era lo natural.
Lo correcto.
Lo inevitable.
Esa noche, cuando el ruido de la celebración quedó atrás y el mar volvió a ser el único testigo, Jacob me rodeó con un brazo mientras mirábamos las luces apagarse una a una.
—¿Estás feliz?
—me preguntó en voz baja.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Sí —respondí sin dudar—.
Por primera vez, sin miedo.
El futuro no era una amenaza.
Era un plano en blanco.
Y por fin, teníamos el tiempo y la libertad para dibujarlo juntos.
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