Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 93
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93: Aprender a pertenecer 93: Aprender a pertenecer **Emma** Alice Cullen puede ser muchas cosas, pero indulgente no es una de ellas cuando se trata de bodas.
—Guardarse —me decía con absoluta seriedad, caminando de un lado a otro frente a mí mientras me observaba como si fuera un proyecto delicado— no es solo una tradición, Emma.
Es parte de la magia.
De la solemnidad.
De la intención.
Yo asentía, sentada frente al espejo, envuelta en telas blancas que todavía no eran *el* vestido, pero que ya me hacían sentir algo distinto.
No nervios.
No miedo.
Algo parecido a la certeza.
—Cuando llegues al altar —continuó—, todo tendrá un peso distinto si han sabido esperar.
—Alice —intenté—, Jacob y yo… —Sangre caliente —me interrumpió con una sonrisa indulgente—.
Lo sé.
Precisamente por eso.
Suspiré, derrotada antes de empezar.
— La vida, fuera de los preparativos, había adquirido una normalidad tan extraña como hermosa.
Al final, todos terminaron inscritos en la universidad de Washington, aunque en carreras completamente distintas.
Era curioso verlos mezclarse entre humanos, moverse con naturalidad por pasillos llenos de voces, risas, preocupaciones mundanas.
Edward fue el único que no se inscribió.
Se había quedado a cargo del cuidado de Renesmee mientras Bella estudiaba, y entre él, Carlisle, Esme y Rosalie se ocupaban de su educación.
Como era de esperarse, aprendía a una velocidad vertiginosa, absorbiendo conocimiento con la misma facilidad con la que sonreía.
Renesmee estaba especialmente emocionada con la boda.
—Yo llevaré los anillos —decía con orgullo, como si se tratara de la misión más importante del mundo.
Y quizá lo era.
Las carreras quedaron así, casi como un reflejo de quienes eran: Emmett en ingeniería industrial.
Jasper en una especialización en psiquiatría —todos decían que era para poder manejar a su esposa, pero yo sabía que lo hacía porque le fascinaba la complejidad emocional humana y quería ayudar de verdad.
Rosalie en pedagogía infantil.
Alice en bioquímica, aunque sospechábamos que era solo una excusa elegante para estar cerca.
Bella en humanidades con énfasis en literatura.
Jacob en ingeniería mecánica.
Seth en ingeniería informática, el único de los lobos que se animó a compartir esa experiencia con los Cullen.
Los demás eligieron otros caminos, otros lugares.
Y yo… yo estaba estudiando arquitectura y urbanismo.
La vida era normal.
Extraordinariamente normal.
Para mí, todo aquello era nuevo.
Nunca me había permitido este tipo de interacciones, esta sensación de pertenecer a algo tan amplio y tan simple a la vez.
Los Cullen lo hacían parecer natural, y sin darme cuenta me encontré entusiasmada, feliz, profundamente enraizada en ese presente.
— Después de la prueba del vestido, Jacob y yo solíamos regresar a la reservación.
Pasábamos horas revisando el avance de las cabañas, dando indicaciones a los constructores.
Yo habría querido levantarla con mis propias manos, como hice en el monte Logan, pero esta vez no tenía ni el tiempo ni la soledad para hacerlo así.
Resignada, permití que otros construyeran… eso sí, bajo mi estricta supervisión.
Esme pidió encargarse del diseño de interiores.
¿Cómo decirle que no?
Era como la madre de todos, y Carlisle, por supuesto, el padre.
También permití que Carlisle estudiara mi sangre.
Lo hacía con un entusiasmo casi juvenil, buscando patrones que coincidieran con los de Renesmee.
Descubrió que teníamos la misma cantidad de cromosomas que los hombres lobo, una coincidencia extraordinaria.
Las revisiones físicas se volvieron frecuentes, y yo estaba feliz de colaborar.
Para él era ciencia; para mí, una forma de entenderme mejor.
— Las noches con Jacob, sin embargo, se transformaron en un verdadero campo de batalla emocional.
—No puedo resistirme —se quejaba, apoyando la frente contra la mía—.
Eres demasiado atrayente.
Quiero estar contigo, amor.
Sentirte siempre.
—Yo igual —confesaba—, pero tenemos que ser pacientes.
Alice dice que eso hará que la boda sea mágica.
—No puedo creer que te haya convencido de eso.
—Para mí tiene sentido —respondía, aunque no siempre con firmeza.
—Pero ella no tiene por qué saberlo —susurró una noche, peligrosamente convincente.
Grave error.
A la mañana siguiente, Alice me miró apenas crucé la puerta y alzó la voz: —¡Jacob!
Él apareció en el marco de la puerta, como un niño sorprendido en falta.
—Te estás buscando que Emma no vuelva contigo a la reserva —sentenció—.
No me tientes.
Las risas estallaron en el primer piso sin ningún tipo de contención.
—Lo siento, Alice —dije, avergonzada.
Ella suspiró, llevándose una mano al pecho.
—No te preocupes —dijo—.
Este asunto es más complicado para ustedes, los de sangre caliente.
Pero es la última vez… o cumpliré mi amenaza.
—Está bien —respondí, completamente derrotada.
Jacob me miró con una mezcla de resignación y promesa.
La vida seguía.
Humana, imperfecta, intensa.
Y por primera vez, sentía que ese mundo también era mío.
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