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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 95

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  3. Capítulo 95 - 95 Cuando el mar fue testigo
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95: Cuando el mar fue testigo 95: Cuando el mar fue testigo **Emma** La despedida de soltera fue exactamente lo que necesitaba, aunque no lo supe hasta que estuvo ocurriendo.

Risas.

Cócteles.

Burlas inevitables dirigidas, por supuesto, a Jacob.

—Pobre Jacob —dijo Rosalie con falsa compasión—.

Dos meses y medio de tortura psicológica.

—Se lo va a agradecer —sentenció Alice con absoluta seguridad—.

La espera también forma parte de la magia.

Bella me miró con una mezcla de diversión y horror anticipado.

—¿Cada década se celebra otra boda?

—preguntó, llevándose una mano al pecho—.

¿Todas?

—Todas —confirmó Rosalie, encantada—.

Vestido nuevo incluido.

La expresión de Bella fue impagable.

Renesmee estaba feliz entre nosotras, sentada en el suelo, escuchando historias de matrimonios, de promesas eternas, de amores que habían sobrevivido siglos.

Para ella todo era una aventura luminosa; para mí, una certeza que comenzaba a asentarse en el pecho.

Esa noche, la única que bebió fui yo.

Y no por nervios, sino por celebración.

Carlisle y Esme habían decidido ausentarse para cazar, regalándonos ese espacio íntimo, humano, donde por unas horas no existía el peligro ni la historia, solo el presente.

— ### La mañana Desperté con el cielo cubierto de nubes.

Alice lo había previsto.

Ese gris suave le permitía moverse libremente por la Push sin levantar sospechas.

Rosalie se encargó de mi peinado y maquillaje con una delicadeza que me conmovió más de lo que esperaba.

Sus manos eran firmes, expertas, pero también afectuosas.

Me había recogido el cabello en un moño alto de lado, dejando una parte cayendo sobre uno de mis hombros, el maquillaje sobrio, con sombras que resaltaban el color de mis ojos y un color de labial frío, un estilo muy natural.

Después del mediodía llegó Alice.

Y con ella, el vestido.

Era una obra de arte.

Encaje delicado aplicado sobre una base de tul, con motivos florales bordados que recorrían el corpiño y descendían por la falda.

Hilo plateado y pequeños destellos capturaban la luz de forma sutil.

El corte era romántico, clásico, en línea A con una caída que parecía flotar.

El color no era blanco puro, sino blanco hueso, suave, cálido.

El escote en V, con hombros descubiertos, enmarcaba el cuello y los hombros con elegancia.

Las mangas caídas de encaje, la espalda descubierta que se ajustaba como una segunda piel, la cola ligera que se extendía detrás… todo parecía pensado para ese instante preciso.

Las sandalias, de cuerdas de seda, se enroscaban en mis piernas hasta un poco más abajo de la rodilla, anclándome a la tierra, a la playa, a Jacob.

Cuando estuve lista, las mariposas llegaron sin aviso.

Pensé en el abuelo Antonio.

En la abuela Elena.

En mi madre, Margarita.

Imaginé sus sonrisas, su paz, su orgullo silencioso.

Tal vez me estaban viendo.

Tal vez estaban felices.

— ### El atardecer Edward fue quien me llevó hasta la playa.

El sol comenzaba a caer cuando llegamos a la Push, tiñendo el cielo de tonos púrpura y rosados.

Todo estaba listo.

El pasillo, cubierto de pétalos de rosa, flanqueado por sillas blancas y linternas que emitían un brillo cálido.

El altar, bajo un dosel blanco, adornado con orquídeas, anturios, dalias, gerberas y paniculatas, parecía una extensión natural del paisaje.

Y al fondo… él.

Jacob.

Vestía un traje de lino beige, de corte ajustado, con camisa blanca impecable y un ojal floral.

Mocasines de ante marrón completaban la imagen de una sencillez elegante que era completamente suya.

Sus ojos brillaban.

Del brazo de Edward avancé por el pasillo.

Vi a Charlie.

A Sue.

A Sam y Emily, con su embarazo avanzado.

A las manadas.

A los Cullen.

Y, al frente, en caballetes, las fotografías de quienes no estaban físicamente, pero sí en espíritu: Antonio, Elena, Margarita, Sarah Black.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

Jacob me miraba como si el mundo entero hubiera desaparecido y solo existiéramos nosotros dos.

Y entendí, con una claridad absoluta, que todo —la soledad, el miedo, las huidas, las batallas evitadas— me había traído hasta aquí.

Hasta él.

Hasta este instante.

Y mientras el sol se rendía al horizonte, supe que mi vida, por fin, estaba exactamente donde debía estar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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