Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 96
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96: Mi luna encarnada 96: Mi luna encarnada **Jacob** Nunca pensé que pudiera sentir nervios de esta forma.
Había enfrentado a vampiros antiguos, liderado manadas enteras y tomado decisiones que podían costar vidas… pero nada, absolutamente nada, se parecía a esta espera.
Cuando llegué a la playa y vi el lugar dispuesto para la ceremonia, sentí un nudo en la garganta.
El dosel blanco, las flores, las linternas, el murmullo del mar acompañándolo todo.
Y al frente, sobre caballetes, las fotografías.
Mi madre.
Los abuelos de Emma.
Su madre.
Me detuve un segundo más de lo necesario frente a la imagen de Sarah Black.
Sentí que me observaba con esa mezcla de ternura y firmeza que siempre tuvo conmigo.
—En menos de un año, dos hijos de Billy dando el sí en el altar —comentó Rachel mientras me ayudaba a acomodar el traje que Alice había dejado esa mañana—.
Definitivamente fue su año de suerte.
Sonreí con suavidad.
—Tres hijos casados —le respondí—.
Nuestra madre debe estar orgullosa en la eternidad.
Rachel me dio una palmada en el hombro, emocionada.
Cuando estuve listo, me coloqué bajo el dosel.
Había que concedérselo a Alice: todo estaba dispuesto con una perfección casi sobrenatural.
Cada flor, cada tela, cada detalle parecía respirar intención.
A mi lado, Billy, elegantemente vestido, apretó mi mano.
Sentí su nerviosismo mezclarse con el mío.
Ninguno de los dos habló.
No hacía falta.
Y entonces… Ella apareció.
El mundo se detuvo.
Emma avanzaba por el pasillo del brazo de Edward como si hubiera emergido del mar mismo.
El vestido envolvía su cuerpo como una segunda piel, delicado, etéreo, perfecto.
Su cabello negro estaba recogido en un moño lateral y sus ojos verdes… Dioses.
Esos ojos fueron lo primero que vi cuando, sin esperanza, me erguí una vez sobre un pico solitario en una montaña lejana, creyendo que mi vida no tenía sentido.
Tuve ganas de llorar.
De reír.
De gritar.
Si hubiera estado en forma lupina, habría aullado como en noche de luna llena.
Mi luna encarnada.
La más hermosa del mundo.
Tal vez mi sufrimiento había conmovido a los dioses.
Tal vez por eso me habían premiado así.
Cuando llegó frente a mí, Edward tomó su mano y me la entregó mientras que Billy le entregó la mía.
—Por favor —dijo mi padre, con la voz quebrada—, hazlo muy feliz.
Emma me miró y respondió sin dudar: —Cada uno de los días de mi vida.
A cada hora.
A cada instante.
No hubo más que decir.
Nos giramos hacia el ministro y pronunciamos los votos con promesa quileute, fieles a la tierra que me vio nacer, a las costumbres de mi pueblo.
Las palabras no alcanzaban para describir todo lo que estaba dispuesto a hacer por ella.
Todo lo que quería darle.
Todo lo que era.
Pero al final, todo se reducía a una verdad simple y absoluta: había sido suyo desde el mismo instante en que la vi, y lo sería por todo el tiempo que la vida me concediera a su lado.
Ella, a su vez, agradeció cada paso que la llevó hasta allí: la soledad soportada, las dificultades enfrentadas, las heridas sobrevividas.
Todo había adquirido sentido.
Entonces apareció Renesmee.
Caminó por el centro del altar con esa gracia que era solo suya, llevando las argollas sobre una delicada almohadilla.
A esas alturas, aparentaba una niña de unos cinco años.
Mis manos temblaron al tomar el anillo.
Nuestros nombres estaban grabados en el interior, junto a una frase en kwiluht, la lengua de los quileute: **Kwop Kilawtley** *Quédate conmigo para siempre.* Pronuncié la promesa quileute con la voz firme.
Cuando el ministro hizo la pregunta que une a toda pareja para siempre, respondí sin dudar: —Sí, acepto.
Emma hizo lo mismo.
—Entonces, los declaro marido y mujer, hasta donde el tiempo lo extienda.
Nos miramos a los ojos, atrapados en la marea de emociones que desbordaban nuestros corazones.
El beso que nos dimos no fue solo un beso.
Fue amor.
Entrega.
Devoción.
Los aplausos estallaron.
Los vítores llenaron la playa.
Y juraría haber escuchado un carraspeo inoportuno que solo podía pertenecer a Emmett.
Así quedaron enlazadas nuestras vidas.
Ante los dioses.
Ante los mortales.
Y ante los inmortales también.
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