Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 98

  1. Inicio
  2. Lobo solitario, de vuelta al amor
  3. Capítulo 98 - 98 Bajo la Luna de los Ancestros
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

98: Bajo la Luna de los Ancestros 98: Bajo la Luna de los Ancestros ** Jacob** La noche nos recibió como reciben las cosas que importan: en silencio.

Cuando cerré la puerta de nuestra habitación, el murmullo del mar quedó al otro lado, constante y antiguo, como si vigilara.

Desde la ventana, la playa se extendía en sombras suaves; la luna llena colgaba baja, derramando una luz plateada que hacía parecer todo más verdadero, más desnudo, aun antes de que lo estuviéramos nosotros.

Emma me miró sin prisa.

En sus ojos había respeto, confianza, una calma honda.

Aquella calma me recordó por qué quise honrar esta noche como se honra lo sagrado.

No comenzamos despojándonos de nada.

Comenzamos recordando quiénes éramos.

Preparé el agua tibia y la acerqué despacio.

Ella se sentó frente a mí, entregándome su cabello como quien ofrece algo precioso.

En mi pueblo, lavar el cabello no es un gesto menor: es cuidado, es promesa, es decir *me quedo*.

Mojé mis manos y dejé que el agua recorriera su cabeza con paciencia, sin apuro, como si el tiempo se hubiera ensanchado solo para nosotros.

—Confío en ti —susurró.

Lavé cada hebra con devoción, secándola luego con la misma atención.

Cuando comencé a trenzar, sentí el peso del símbolo: la trenza es unión, continuidad, camino compartido.

Cada cruce era un voto silencioso, cada tensión justa un acuerdo de sostén.

Al terminar, besé la trenza como quien besa una promesa.

Después tomé el rebozo.

Uní nuestras manos con cuidado, palma con palma, y las envolví despacio.

El *hand fasting* no es atadura: es refugio.

Es decir *si tropiezas, estoy aquí*.

Emma inclinó la cabeza; yo sentí cómo el gesto nos anclaba, no a la noche, sino a todo lo que vendría.

Cuando al fin nos miramos de nuevo, la luna había avanzado un poco.

La habitación respiraba con nosotros.

Emma llevaba encaje claro, delicado como la espuma cuando llega a la orilla.

Acerqué mis dedos con reverencia, como si cada roce pidiera permiso.

Ella sonrió —valiente— y dejó que el día se deshiciera en el suelo.

No había prisa; había hambre, sí, pero una hambre que aprende a saborear.

Cuando fue mi turno, sentí su mirada recorrerme con una atención nueva, como si esta vez todo tuviera nombre y destino.

Sus manos no temblaban por inexperiencia, sino por conciencia.

Cada frontera que caía lo hacía con la certeza de que no volvería a levantarse.

Piel con piel, el mundo se estrechó hasta caber entre dos respiraciones.

Apoyé mi frente en la suya.

Reconocí su aroma, ese que no se imita ni se olvida.

Nos besamos primero despacio, como quien recuerda un idioma antiguo; luego con la alegría de saberlo propio.

Las caricias llegaron como preguntas respondidas.

No había miedo, solo una música que se afinaba sola.

El mar marcaba el pulso; la luna parecía guardar silencio para no interrumpir.

La unión fue un encuentro más que un gesto.

Natural, honda, sostenida.

Emma se aferró a mí con la confianza de quien sabe que no cae; yo la sostuve entendiendo que amar también es cuidar.

El tiempo dejó de contar.

Todo fue ritmo, presencia, entrega.

Cuando la marea alcanzó su cima, no hubo estruendo, sino una plenitud quieta, un relámpago sin ruido que nos atravesó y se quedó latiendo.

Respiramos juntos, y en ese compás supe que el hogar puede ser un latido compartido.

Después, el reposo.

La abracé.

Ella apoyó la cabeza en mi pecho.

Besé su trenza con una ternura casi solemne.

La habitación parecía distinta, como si hubiera aprendido algo sobre nosotros.

Aquella noche no fue solo deseo cumplido.

Fue memoria naciendo.

Sagrada no por la ausencia de fuego, sino porque ardió sin miedo.

Nos dormimos así, bajo la luna de los ancestros, sabiendo que, pasaran los años que pasaran, ese primer calor quedaría intacto, esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo