Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 99
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- Capítulo 99 - 99 La huella que no se borra
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99: La huella que no se borra 99: La huella que no se borra **Emma** Ese fin de semana el mundo dejó de existir.
No salimos de la casa.
Casi no salimos de la cama.
Era como si el tiempo, por una vez, hubiera entendido que nos debía algo y se hubiera detenido para dejarnos recuperar todo lo que la vida nos había negado antes.
Comíamos cuando el cuerpo lo exigía, dormíamos apenas lo justo y volvíamos a encontrarnos una y otra vez, como si todavía estuviéramos comprobando que aquello era real.
No había prisa.
No había ruido.
Solo nosotros.
Nuestros cuerpos parecían no cansarse de reconocerse en esa intimidad recién estrenada, como si se estuvieran poniendo al día después de una espera demasiado larga.
La casa, nuestra casa, se llenó de risas bajas, de silencios compartidos, de miradas que decían más que cualquier palabra.
Así fue hasta el lunes.
El lunes llegó sin pedir permiso, como siempre, recordándonos que la vida seguía y que las responsabilidades académicas no se suspendían ni siquiera después de una boda perfecta.
Volver a la universidad fue casi violento.
Yo solo tenía un deseo claro: no cruzarme con Emmett.
Lo supe en cuanto entré al campus que era una esperanza inútil.
—¿Qué tal el fin de semana?
—preguntó con una sonrisa peligrosamente amplia—.
¿Agitado?
Edward apartó la mirada, claramente divertido.
Bella se llevó una mano a la boca para ocultar la risa.
—Por ahí me contaron que no los vieron salir de la casa ni una sola vez —añadió, encantado consigo mismo.
No respondí.
No valía la pena.
Emmett no tenía remedio y lo sabía.
Aproveché el primer cambio de clase para desaparecer de su campo visual, con el corazón acelerado y una mezcla de vergüenza y diversión que me hizo sonreír sin querer.
Jacob, por supuesto, no tuvo tanta suerte.
La semana transcurrió rápido entre clases, trabajos y miradas cómplices cada vez que logramos coincidir en los pasillos.
Había algo distinto en nosotros, algo que se notaba incluso cuando no nos tocábamos: una calma nueva, una seguridad profunda.
El siguiente fin de semana sería distinto.
Nuestra luna de miel.
Lo habíamos hecho así a propósito.
Primero cumplir con los exámenes, con las responsabilidades, con la parte humana de nuestras vidas.
Luego, sin culpas ni distracciones, marcharnos.
Hawái.
Solo una semana.
Pero nuestra.
Un paréntesis perfecto entre el mundo y nosotros, listo para ser vivido con la misma intensidad con la que habíamos comenzado esta nueva vida juntos.
Y esta vez, sabía que nadie —ni siquiera Emmett— podría interrumpirnos.
La idea de ese viaje no era solo perdernos el uno en el otro —aunque eso también ocurrió—, sino conocer un lugar que siempre había parecido irreal y, sobre todo, visitar a Rebecca, la otra hermana de Jacob, la gemela de Rachel.
Queríamos compartir con ella esta nueva etapa, presentarnos no solo como recién casados, sino como familia.
Ese fue el regalo de nuestros padrinos de bodas.
Y lo aprovechamos como si el tiempo no existiera.
Nuestro primer destino fue Maui.
Al aterrizar en el aeropuerto de Kahului alquilamos un coche y nos dirigimos a Wailea, donde nos hospedamos en un resort frente al mar.
El primer día fue simple y perfecto: playa, agua tibia, arena clara entre los dedos y una cena tranquila en un restaurante con vista directa al océano.
El sol se hundía lentamente en el horizonte y Jacob me miraba como si todavía no creyera que yo estuviera allí, a su lado, como su esposa.
El segundo día comenzó antes del amanecer.
Subimos al volcán Haleakalā, y desde esa altura imposible vimos nacer el día.
El cielo se incendió de colores suaves y profundos, y por un momento sentí que el mundo respiraba en silencio.
Por la tarde, dejamos que el cansancio se disolviera en un spa para parejas.
Fue un día de calma absoluta, de cuerpos relajados y sonrisas sin esfuerzo.
El tercer día nos lanzamos a la aventura del Camino a Hana.
Selva espesa, cascadas escondidas, curvas interminables y piscinas naturales donde el agua era tan clara que parecía irreal.
Fue un día largo, pero inolvidable, de risas, de silencios compartidos y de sentirnos pequeños ante una naturaleza inmensa.
El cuarto día lo dedicamos al mar.
Snorkel, agua salada, sol en la piel.
Pasamos horas flotando, observando peces de colores imposibles, y luego descansamos en playas de arena blanca que parecían no tener fin.
No había urgencia.
No había reloj.
El quinto día nos sumergimos en la cultura hawaiana.
Asistimos a un luau frente al mar, con música, danza y comida tradicional.
Más tarde recorrimos Lahaina, con sus galerías y tiendas, su aire antiguo y vivo a la vez.
Todo tenía un ritmo distinto, más lento, más amable.
El sexto día lo dejamos libre.
Una excursión privada al atardecer, el mar teñido de oro, y luego simplemente estar juntos, sin planes, sin agenda, como si el mundo se hubiera reducido a ese espacio entre los dos.
Los últimos días los pasamos en casa de Rebecca.
Su esposo, William —un surfista consagrado de la isla—, nos recibió con una calidez inmediata.
Su hija Marian, con apenas dos años, era un pequeño torbellino de risas y curiosidad.
No tardó en conquistar a Jacob por completo.
—Te estás llenando de sobrinos —le dije una tarde, mientras observábamos a Marian jugar en la arena.
Jacob sonrió, sincero, pleno.
—Nunca pensé que me gustarían tanto los niños —confesó—.
Antes me parecían latosos… hasta que conocí a Nessie.
Y ahora Marian.
Rebecca nos miraba satisfecha.
Había algo en la forma en que observaba a su hermano que me hizo entender que también ella veía el cambio.
Cuando nos despedimos, lo hicimos con la promesa silenciosa de volver.
Regresamos renovados.
Pero la realidad no tardó en alcanzarnos.
Al llegar a la reserva, Billy nos contó que había recibido un paquete durante nuestra ausencia.
No lo había abierto; le había parecido un gesto indelicado hacerlo sin nosotros.
Busqué la tarjeta antes incluso de ver el contenido.
Reconocí la letra al instante.
> Sé que te casaste con el chucho.
Solo quiero que sepas que hagas lo que hagas de mi huella no te vas a poder librar.
Ni de que te siga buscando tampoco.
Dile al maldito perro que te disfrute mientras pueda, porque no va a durar mucho.
Con amor, Demetri.
El aire se volvió pesado.
Dentro de la caja había un peluche con forma de lobo, destrozado, vuelto añicos.
Jacob apretó la mandíbula.
Yo cerré los ojos un segundo, obligándome a respirar con calma.
Habíamos vuelto felices.
Completos.
Renovados.
Y aun así, su sombra seguía allí.
Acechando.
Recordándonos que, aunque algunas guerras se evitan, hay enemigos que nunca se rinden del todo.
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