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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Prólogo Cuentos Para Niños
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1: Prólogo: Cuentos Para Niños.

1: Prólogo: Cuentos Para Niños.

————————————————— Primer arco de: Lord Of The Worlds.

Volumen uno.

“La historia no recuerda a los que tuvieron buenas intenciones.

Solo recuerda a los que sobrevivieron.” — Duodécima Emperatriz de Pangea.

————————————————— El viento aullaba afuera, sacudiendo las vigas de madera de la vieja casa.

Adentro, el calor de la chimenea luchaba por mantener a raya el frío de la noche.

—Bien…

vamos a empezar —dijo una mujer, con esa voz rasposa de quien lleva demasiado tiempo intentando dormir a alguien—.

Pero si te leo esto, te duermes.

¿Trato?

Un niño sentado en el sofá junto a ella asintió, aunque tenía los ojos clavados en el techo.

La mujer abrió un libro viejo.

“Hace mucho tiempo…

la oscuridad reinaba en el planeta Tierra.

Las guerras eran interminables.

Muerte, agonía y hambruna dominaban el mundo”.

—Mamá —interrumpió el niño.

—¿Sí?

—Mi panza hace ruidos raros.

Suena como un sapo.

Mira.

El niño infló el estómago y luego lo soltó, intentando replicar el sonido.

—Es porque tienes hambre —dijo ella, pasando la página sin mirarlo—.

Hambruna es eso, pero multiplicado por mil personas tristes.

—Ah…

—el niño rodó por el sofá hasta quedar con la cabeza colgando—.

Pues yo tengo hambruna nivel mil.

¿A qué hora llega papá?

La mujer suspiró, pero siguió leyendo, ignorando la queja.

“Mientras los poderosos vivían bien, los pobres morían.

La necesidad llegó a tal límite que comer cadáveres para sobrevivir se volvió normal”.

—¡Guácala!

—el niño sacó la lengua, haciendo una mueca de asco genuino.

“La esperanza estaba por extinguirse, hasta que surgió la voz de un hombre: Tinevav Countis.

Y a su lado, catorce personas lo seguían…” El niño se sentó de golpe, olvidando el hambre un segundo.

—¡Los Grandes Generales!

—gritó, dando un puñetazo al aire.

—Exacto.

Los que tenían poderes —dijo la madre bostezando y acelerando la lectura—.

“Representaban las 7 virtudes y los 7 pecados.

Ellos trajeron el orden y acabaron con la desigualdad”.

Fin.

Cerró el libro de golpe.

—Yo quiero ser así de fuerte —dijo el niño, apretando los puños con una seriedad cómica.

—Lo que tienes que ser es un niño dormido —replicó ella.

El sonido de la cerradura girando cortó la fantasía.

La puerta se abrió trayendo una ráfaga helada y el olor penetrante a combustible quemado y ozono.

El hombre que entró no parecía un héroe de cuento; parecía un edificio a punto de derrumbarse.

—¡Papá!

—el niño corrió y se estrelló contra sus piernas.

El padre se tambaleó un poco, pero le puso una mano en la cabeza, revolviéndole el pelo con movimientos pesados.

—Hola, enano.

La mujer se levantó, alisándose la falda.

Le dio un beso rápido en la mejilla, tensa.

—¿Todo bien?

—Sensores fallando en el sector once —murmuró él, lo suficientemente bajo para que su hijo no prestara atención—.

Hay…

ruido.

Irregularidades.

El hombre se dejó caer en una silla y vio el libro abierto en el sofá: “La unión del imperio de Pangea”.

Una sombra de disgusto le cruzó la cara, como si hubiera olido leche agria.

—Otra vez con ese cuento…

—masculló.

—Es su favorito —defendió ella suavemente—.

Kaiden, a la cama.

Mañana tienes escuela.

—¡Pero papá acaba de llegar!

—protestó el niño—.

¡Y tengo hambre!

El padre se frotó los ojos con los dedos, intentando borrar las imágenes del trabajo.

Luego forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Comemos, duermes, y mañana te enseño a atarte las botas militares.

¿Trato?

Kaiden no necesitó pensarlo.

El olor a sopa venía de la cocina.

—¡Trato!

—gritó, corriendo hacia la mesa.

La mujer imitó una pose de zombi detrás de él.

—¡Córrele, o te como el cerebro como en el cuento!

Kaiden rió, ajeno a la mirada de terror absoluto que sus padres intercambiaron a sus espaldas en cuanto él dejó de mirar.

La cena pasó y la noche se esfumó en un parpadeo, como suele pasar cuando uno es niño y duerme profundo.

Al día siguiente, el sol apenas despuntaba cuando Kaiden ya estaba despierto.

El ruido de cajones abriéndose y cerrándose llenaba su habitación.

Se vistió a toda prisa, con la torpeza de la emoción.

En el baño, se echó agua fría en la cara para terminar de despertar y se miró al espejo salpicado de gotas.

Infló el pecho, adoptando la pose más heroica que su cuerpo pequeño le permitía.

—Yo seré uno de los próximos Grandes Generales…

—se susurró a sí mismo, probando cómo sonaban las palabras.

Le gustó.

Sonaba a promesa.

—¡Kaiden!

¡Se te hace tarde!

—el grito de su madre desde la cocina rompió su momento de gloria.

Kaiden salió disparado del baño, bajando las escaleras con un estruendo de botas.

Corrió hacia la puerta, listo para anunciar su decisión de vida, pero al salir al aire fresco de la mañana, las palabras se le atoraron en la garganta.

La casa estaba rodeada de árboles altos y una maleza extraña, de colores violetas y verdes oscuros, que crujía con el viento.

Justo cuando puso un pie en el sendero de tierra y al alejarse un poco de la casa, escuchó el trote pesado de unas botas militares detrás de él.

—Pensé que hoy librabas —dijo la madre, deteniéndose para esperar a su marido mientras se ajustaba el chal sobre los hombros.

Kaiden se giró y sus ojos se iluminaron.

Su padre venía trotando hacia ellos, impecable en su traje de oficial.

Los botones dorados brillaban y la tela gris parecía absorber algo de luz.

La admiración golpeó al niño con fuerza; su padre parecía indestructible.

—Se suponía —respondió el hombre, recuperando el aliento pero sin perder la postura rígida—.

Pero los sensores de la zona espacial están captando nuevamente…

ruido.

Quieren que vaya a revisar.

La madre se tensó visiblemente.

—Que no sean ellos —susurró, tan bajo que la frase fue casi un soplido al viento.

Kaiden, que estaba pateando una piedra, aguzó el oído al notar el cambio de tono.

Quiso preguntar quiénes eran “ellos”, pero sus padres, con esa habilidad telepática de los adultos para ocultar el miedo, cambiaron de tema al instante.

—Hay que pintar la fachada —dijo el padre, señalando la casa mientras retomaban el paso.

—Sí, la madera ya se ve vieja —siguió ella.

Kaiden miró su casa mientras caminaban.

Era vieja, blanca, con vigas de madera oscura cruzando las paredes exteriores.

Parecía sacada de esos libros de historia medieval, bonita pero frágil en comparación con el acero y el hormigón de un edificio.

El padre los acompañó un tramo, pero su mente estaba claramente en otro lado.

Al llegar a la bifurcación que llevaba a la pequeña base militar del lugar, una estructura simple de madera reforzada que desentonaba con el bosque, se detuvo.

Les dio un beso rápido, distraído, y se marchó hacia su deber.

Kaiden y su madre siguieron hacia la aldea.

El lugar estaba rodeado por una muralla de troncos gruesos, aparentemente sólida.

Adentro, la vida fluía con una calma rural que hacía difícil creer que existieran guerras en otros lados.

La gente barría las entradas de sus casas, los panaderos sacaban el pan fresco.

—Buenos días, Elena.

Hola, pequeño —saludaban los vecinos al pasar.

Nadie los miraba mal.

Las personas eran buenas.

El mundo, bajo esa luz de la mañana, parecía un lugar seguro.

Al llegar a la escuela, Kaiden soltó la mano de su madre y corrió hacia el patio.

—¡Kaiden!

—gritó una niña de rasgos finos y cabello negro lacio.

Irune Dalta.

Era de una belleza delicada que ya llamaba la atención.

Junto a ella, más reservado y alto, estaba Benjamín Walker, con las manos en los bolsillos, esperando.

—Llegas tarde —dijo Benjamín, aunque sonreía.

Irune, Benjamín y Kaiden.

Siempre eran los tres.

Su rutina era sagrada: jugar hasta cansarse y estudiar lo justo.

El cariño entre ellos era tan denso que la palabra “amigos” les quedaba chica; eran una hermandad de rodillas raspadas.

La vida era perfecta en esa extraña aldea.

Encantadora, simple.

Al menos, hasta que cayó la noche.

FECHA: Desconocida.

UBICACIÓN: En Algún Planeta del Imperio.

No empezó con una explosión, sino con el silencio.

Los grillos dejaron de cantar de golpe.

Y luego, el primer grito.

Fue un alarido de auxilio, largo y agudo, que rasgó la tranquilidad de la noche como un cuchillo.

Kaiden despertó sobresaltado.

Afuera, el cielo no estaba oscuro; estaba naranja.

Un fuego inmenso ardía en el centro de la aldea, iluminando más que la luna llena.

Las explosiones hacían vibrar los cristales de las ventanas y los disparos sonaban secos, rítmicos, contrarrestando el sonido de la fauna nocturna que huía despavorida.

En la habitación de los padres de Kaiden, el caos se escuchaba con claridad, como si estuviera ocurriendo dentro de su propio cráneo.

Su madre lo tenía agarrado con un brazo, cargándolo contra su pecho con una fuerza que le hacía daño.

Estaba de pie en medio de la habitación, temblando, apuntando a la puerta con una pistola de diseño extraño que Kaiden nunca había visto antes.

—Mamá…

tengo miedo —gimió Kaiden, escondiendo la cara en el cuello de ella, oliendo su sudor frío.

La mujer tragó saliva.

El sonido fue audible en el silencio tenso de la casa.

—Todo estará bien…

—su voz temblaba, pero intentaba mantener la calma—.

¿Quieres…

quieres que te termine de contar la historia de anoche?

—Sí…

—susurró Kaiden, apretando la blusa de su madre con los puños cerrados.

“Al terminar la última gran guerra entre humanos…

Tinevav fue coronado como el primer Gran Emperador de Pangea y sus catorce seguidores fueron llamados Los Catorce Grandes Generales.

Poco tiempo después…

la colonización estelar llegó”.

¡PUM!

La puerta principal de la casa voló en pedazos.

Fue abierta con tal brutalidad que pareció una explosión.

La mujer dio un grito ahogado, retrocediendo, pero su voz no se detuvo, como si el cuento fuera un escudo mágico.

—Mierda…

—susurró ella entre dientes.

“Ellos fueron y serán los primeros grandes héroes.

Valientes…

fuertes…

y humanos.

Ahora, con el resurgimiento de su legado…

los elegidos serán los siguientes.

Y tú serás uno de ellos, mi pequeño”.

¡CRASH!

Otra patada reventó la puerta de la habitación donde se escondían.

Esta vez, el instinto le ganó al miedo.

La mujer no pensó.

Al ver la puerta abrirse, apretó el gatillo.

Una bala de plasma azul salió del cañón con un zumbido eléctrico, dejando un agujero humeante que atravesó la pared y cruzó la casa entera.

—¡Maldición, Elena…!

¡Soy yo!

—gritó una voz familiar, tirándose al suelo para esquivar la muerte por centímetros.

La mujer, al darse cuenta de a quién casi mata, soltó el arma como si quemara.

La pistola golpeó el suelo de madera con un ruido seco.

Elena se llevó una mano a la boca y rompió a llorar, un sonido roto por el shock.

Su esposo no la regañó por el disparo.

El miedo en los ojos de ella borró cualquier rastro de enojo.

Se lanzó hacia ellos, envolviéndolos en un abrazo desesperado, un choque de cuerpos temblorosos.

Pero el consuelo duró apenas un suspiro.

Se separó bruscamente.

—No hay tiempo, Elena.

Ya están aquí.

—¿Qué vamos a hacer?

—preguntó ella entre sollozos, aferrándose a la chaqueta de él como una náufraga.

—Solo podemos esconderlo a él.

El padre miró a su hijo.

En sus ojos había una tristeza infinita, pesada.

Dudó un instante, paralizado por la indecisión de si luchar una batalla perdida o aceptar el destino.

Entonces, el sonido llegó.

Zzzzzzt…

Un zumbido mecánico, grave y vibrante, empezó a escucharse a lo lejos.

Hacía vibrar los cristales de las ventanas.

No eran insectos; eran turbinas.

Máquinas de guerra acercándose.

Ese ruido marcó la decisión.

Sin perder un segundo más, el hombre corrió hacia un mueble viejo de roble.

Rebuscó con frenesí entre los cajones hasta sacar una jeringa cargada con un líquido peculiar, espeso y de color ámbar.

Elena vio la aguja y entendió el plan al instante.

Sin dudarlo, abrazó a su hijo con una fuerza bruta, inmovilizándolo contra su pecho.

—¡Mamá, me lastimas!

—quiso protestar el niño.

Su padre se acercó y, sin ceremonias, le clavó la aguja en el cuello.

Kaiden solo sintió un pellizco frío, seguido de un ardor que se extendió rápido por sus venas.

En cuanto la jeringa estuvo vacía, Elena le levantó la cara a su hijo, le plantó un beso húmedo y tembloroso en la frente y lo arrastró hacia una esquina de la habitación.

Levantó unas tablas sueltas del piso, revelando un hueco oscuro y estrecho: un sótano minúsculo, apenas un agujero en la tierra.

—Te amo con todo mi ser —dijo ella, empujándolo hacia la oscuridad con manos urgentes.

El mundo de Kaiden empezó a deformarse.

Las luces se estiraban, los sonidos se volvían lejanos y algodonosos.

Sus piernas fallaron y cayó sentado en la tierra fría del sótano.

La inconsciencia venía rápido, como una marea negra.

Su padre se agachó en la entrada del agujero, deteniendo a Elena para que lo dejara ahí.

Agarró a Kaiden por los hombros, sacudiéndolo levemente para que sus ojos vidriosos lo enfocaran una última vez.

—Escúchame bien, Kaiden —siseó el hombre, agarrándolo del hombro con violencia—.

No salgas.

No grites.

Si haces un solo ruido, nos matan a todos.

—Papá…

—gimió el niño.

Kaiden parpadeó, luchando por mantener los ojos abiertos.

La imagen de su padre se borraba.

—El mundo es una mierda cruel, hijo.

Sobrevive a él —sentenció el padre.

Fue lo último que logró escuchar Kaiden antes de que la oscuridad se lo tragara por completo y su mente se apagara.

Para él, la noche no existió.

Fue un parpadeo negro, un corte de cinta en su memoria.

Al despertar, la realidad lo golpeó antes que la vista.

Estaba en un lugar oscuro, apretado y con un olor fuerte a tierra húmeda.

El miedo fue instantáneo, un balde de agua fría.

Gritó.

Lloró.

Sus lamentos rebotaron en las paredes estrechas del agujero, pero arriba solo hubo silencio.

Un silencio sólido, pesado, que asustaba más que cualquier ruido.

Por puro impulso de supervivencia, empezó a tantear la negrura con las manos temblorosas.

Sus dedos rozaron madera astillada: las escaleras.

Empezó a subir a gatas, con el corazón golpeándole las costillas, hasta que su cabeza topó con las tablas del piso.

Empujó.

La trampilla cedió.

Kaiden asomó la cabeza y salió a la superficie.

La habitación de sus padres era irreconocible.

La cama estaba volcada, el armario abierto con la ropa desparramada por el suelo como tripas de tela, y había marcas negras en las paredes.

—¿Papá?

¿Mamá?

—llamó de nuevo.

Su voz sonó pequeña en medio del desastre.

Nadie respondió.

Kaiden se mordió el labio inferior, sintiendo una punzada de culpa infantil.

“Me van a regañar por el desorden”, pensó, asumiendo que de alguna forma él era responsable o que el caos era una travesura que había salido mal.

Salió de la habitación y llegó a la sala.

Ahí, la destrucción era mayor.

Un hueco enorme, irregular y humeante, había arrancado un pedazo de la pared exterior.

Se podía ver el bosque a través de él.

El viento de la mañana entraba libremente, moviendo las cortinas rasgadas.

Kaiden se quedó quieto, mirando el agujero.

Su mente buscó una explicación rápida, algo que tuviera sentido en su mundo de cuentos y bosques.

Un animal.

Tenía que haber sido un animal gigante.

Un Pratox del tamaño de un oso, o quizás algo peor, había entrado rompiendo la pared y sus papás, valientes como eran, habían salido a cazarlo en venganza.

Esa idea le dio paz de inmediato.

Resolvía todo: el desorden, el hueco y por qué estaba solo.

Y entonces, una segunda idea, mucho más urgente, cruzó su mente.

Su estómago rugió, recordándole que no había cenado.

—¿Se habrán ido a comer al animal a la aldea…?

—susurró, y luego la indignación le subió por la garganta—.

¡¿Sin mí?!

Sacó sus conclusiones rápido y se sintió traicionado.

¡Lo habían dejado durmiendo para no compartir!

Decidido y con el ceño fruncido por el disgusto, salió de su casa brincando los escombros y se dirigió al camino de tierra que llevaba a la aldea.

Mientras corría, sus piernas cortas levantaban polvo, su imaginación volaba.

Ya podía oler la carne asada en su mente.

Se imaginaba a la criatura cocinándose en la plaza y, peor aún, se imaginaba a Irune y a Benjamín con la boca llena, riéndose y comiendo sin él.

Eso no le agradó nada.

Apretó el paso, corriendo con todas sus fuerzas.

—Ya verán quién come más —se dijo a sí mismo, jadeando.

Una sonrisa enorme se le pintó en la cara y sus ojos brillaron con una ilusión pura, casi dolorosa.

Al estar más cerca de la aldea, vio columnas de humo negro subiendo al cielo.

Su estómago rugió y sus ilusiones crecieron.

“¡Hicieron una fogata gigante!”, pensó.

Pero al cruzar el umbral de la entrada, la sonrisa se le murió en la boca.

Las ilusiones se evaporaron sin dejar rastro, reemplazadas por un frío que le heló la sangre.

El niño se frenó en seco, con los ojos desorbitados por el horror.

Colgando del arco de madera, balanceándose suavemente con el viento, había un cuerpo.

Era un hombre.

Le faltaban las piernas desde las rodillas, con los muñones expuestos, y la piel mostraba signos de una tortura atroz.

—¿Papá…?

—Kaiden tragó saliva.

El nudo en su garganta sabía a bilis.

Agachó la mirada de golpe, negándose a aceptar la imagen.

Apretó los párpados.

“Estoy soñando”, pensó con fuerza.

“Es una pesadilla.

Despierta.” Pero el olor a sangre y hierro era demasiado real.

Al levantar la vista nuevamente y confirmar el cadáver, su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Se dobló por la cintura y vomitó violentamente sobre la tierra.

Cayó de rodillas, temblando, sacudiendo la cabeza una y otra vez para negar lo que veía.

Las lágrimas empezaron a brotar sin control, incontables, y en su interior un dolor agudo empezó a punzarle el pecho, un dolor físico que no le dejaba respirar.

No tuvo tiempo de procesarlo.

—Kaiden —dijo una voz endeble.

Sonó justo al lado de su oído.

Fue un susurro que, sin razón alguna, lo tranquilizó de golpe, aunque el susto le erizó la piel al girarse y no ver a nadie junto a él.

Sin darle muchas vueltas, su mente se aferró a la única explicación posible: era su madre.

Ella le gritaba desde lejos.

Tenía que ser ella.

Se limpió la boca con la manga, se levantó entre lágrimas y siguió caminando hacia el interior de la aldea.

Mantuvo la cabeza gacha, clavando la vista en sus propios pies para no tener que ver a su padre colgado.

Al entrar, la realidad lo abofeteó.

La aldea estaba hecha un desastre.

No había fiesta.

Había casas incineradas, vigas negras humeantes, gente muerta en el suelo y llantos desgarradores por doquier.

El pánico lo invadió.

¿Dónde podía buscar en medio de ese infierno?

—Kaiden —resonó nuevamente la voz endeble, flotando sobre los gritos.

—¿Mamá…?

—su voz se quebró—.

¡¿Mamá?!

¡¿Dónde estás?!

Kaiden giró sobre sí mismo, buscando desesperadamente.

La voz, aunque débil, fue lo suficientemente fuerte para cortar el ruido de la masacre.

Se convirtió en su guía, un hilo invisible que lo jalaba a través del caos, dándole la única cosa peligrosa en ese momento: esperanza.

La voz lo arrastró hasta la escuela donde estudiaba.

Ahí, el caos era absoluto.

Había bastante gente amontonada, llorando y maldiciendo al cielo, formando un muro humano que le obstruía la vista y el paso.

Pero la decisión de ver a su madre era más fuerte que cualquier multitud.

Kaiden se hizo pequeño, se metió entre las piernas de los adultos, abriéndose paso a codazos y empujones.

—Mami ya voy…

mami ya voy…

—repetía sin cesar, como un rezo desesperado.

Logró romper la barrera de gente y salió al frente.

—¡Mami tienes que venir a ayudar a mi papá…!—gritó, pero la frase se le murió en la garganta y sus ojos se inundaron de lágrimas nuevamente —.

¿Mami…?

A las afueras de la escuela, no había maestros ni recreo.

Lo único que vio fue una hilera de estacas clavadas en la tierra.

En el piso, cuerpos con signos de abuso brutal yacían tirados como muñecos rotos.

Y arriba, incrustadas en las puntas de madera, las cabezas de varias personas miraban al vacío.

Junto a ellas, estaba la de Elena.

Kaiden entró en shock.

Esta vez no hubo negación.

Fue consumido por una ola de sentimientos tan violenta que le arrancó un largo grito, seguido de un llanto que parecía no tener fin.

Pero dentro de su ser, en lo profundo de su pecho, solo había un gran silencio.

Y en medio de ese silencio, lo único que se escuchó fue un sonido nítido: el crujir de algo en su interior.

Crack.

Como si un vidrio vital se hubiera roto para siempre.

Nada interfirió en su agonía.

Los aldeanos, que también estaban en luto, detuvieron sus propios lamentos por un segundo, conmovidos más por el dolor crudo del niño que por sus propias pérdidas.

Minutos después, el aire cambió.

El zumbido grave de varios helicópteros de propulsión magnética, clasificados como naves ZH vibró en el pecho de todos.

Las máquinas descendieron dentro de la aldea, levantando polvo y ceniza, pero sin llamar la atención de Kaiden, que seguía perdido en su abismo.

Los aldeanos, sin embargo, reaccionaron por instinto animal.

Al ver las naves, el miedo superó al duelo y corrieron a refugiarse y esconderse donde pudieron.

Al tocar el suelo, las puertas corredizas de las naves se abrieron a los costados con un siseo hidráulico.

De ellas descendieron hombres cubiertos por una armadura de estilo negro-medieval, imponente y anacrónica, con el rostro oculto tras cascos de cristal opaco.

Sobre todo, llevaban una capucha-capa roja que ondeaba con el viento de las turbinas, acentuando su aspecto sombrío.

Uno de los muchos hombres que bajaron alzó la mano y señaló.

No dijo nada.

No hacía falta.

El gesto fue suficiente para que los demás empezaran su trabajo con eficiencia mecánica: rodearon la zona y comenzaron a reunir a la gente, separando a los adultos de los niños a la fuerza.

Cuando uno de los soldados le puso una mano en el hombro a Kaiden para reunirlo con el ganado, él reaccionó como un animal herido.

—¡No me toques!

—gritó, apartando la mano del hombre de un manotazo y poniéndose de pie para plantarle cara, a pesar de que el soldado le sacaba dos cabezas de altura.

El soldado ni se inmutó.

Con un movimiento rápido, le colocó un aparato frío en la frente, parecido a un escáner médico.

El artefacto zumbó.

Parpadeó en blanco…

luego negro…

y finalmente se detuvo en un rojo intenso.

Un rojo que brillaba como una brasa en la oscuridad.

Al ver el resultado, el soldado se detuvo en seco.

La “valentía” del niño dejó de importarle; el color rojo era lo único que contaba.

Miró inmediatamente a la figura que parecía estar al mando.

El Líder notó la señal.

Hizo un gesto de confirmación y se acercó.

Mientras caminaba hacia ellos, se quitó la capucha y se soltó los sellos del casco.

El aire siseó al despresurizarse.

Al quitarse el casco, reveló un rostro viejo, curtido como el cuero y atravesado por cicatrices de combate antiguas.

Tenía el pelo canoso y ojos que habían visto demasiada muerte.

Miró el escáner.

Rojo.

Luego miró a Kaiden de reojo.

Asintió con autoridad, sin decir una palabra.

El soldado, recibiendo la segunda confirmación, intentó agarrar a Kaiden del brazo para llevárselo.

¡Plaff!

Kaiden volvió a golpear las manos del hombre.

Se negó a ser arrastrado.

El Líder alzó una ceja, sorprendido genuinamente por el carácter del pequeño.

Kaiden guardó silencio, apretando los dientes, con la mirada agachada.

—¿Qué vas a hacer…?

—continuó el hombre, clavándole las palabras como agujas—.

¿Los dejarás vivir sin ningún castigo?

Kaiden no respondió.

El silencio pesaba.

—Te escondiste —dijo el hombre.

No era una pregunta, era una lectura de datos—.

Tus padres murieron peleando.

Tú sobreviviste.

Kaiden apretó los puños, temblando.

—Eso no es valentía —siguió el Líder, aburrido—.

Es instinto de cucaracha.

—¡CÁLLATE…!

—estalló Kaiden, con lágrimas de rabia—.

¡No necesito tu ayuda!

El Líder observó las cabezas clavadas en las estacas.

—Míralos —dijo sin emoción—.

Ellos ya no pueden hacer nada.

Kaiden apretó mas fuerte los dientes.

No respondió.

El Líder bufó, una mueca sarcástica y cruel.

Le dio la espalda y empezó a caminar hacia su nave sin mirar atrás.

—Bien.

Quédate.

Llorarles a esos palos no te va a llenar la panza.

En mi nave hay comida para los que sirven.

Los inútiles se quedan aquí.

Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier bala.

Lo llenaron de un sentimiento negro y viscoso, porque era verdad.

Se había “escondido”.

Si no hubiera sido un inútil, podría haber salvado a sus padres y a la aldea.

El silencio pesó como plomo.

—Eres débil.

Kaiden tembló.

“Si tan solo fuera uno de ellos”, pensó, recordando la fuerza en el cuento de los 14 Grandes Generales.

—¿Qué…

qué debo hacer?

—preguntó con la voz rota, pero levantó el rostro para clavar la mirada fijamente en la espalda del hombre.

El Líder se detuvo con un pie en la rampa de la nave.

Giró la cabeza y, con una pequeña sonrisa satisfecha, dijo: —Bienvenido a la Red Cradle.

Un destello de luz cegó a Kaiden.

El emblema de las naves y de la capa de aquel hombre brillaron con intensidad.

Por instinto, o quizás porque ya no tenía alma que perder, al recuperar la vista caminó hacia el hombre.

El soldado que lo había molestado y otro más lo escoltaron, flanqueándolo como guardias pretorianos.

Estaba a punto de subir cuando la voz endeble resonó de nuevo.

—¿Kaiden?

Por curiosidad, o por inercia, se volvió.

Vio a Irune, cubierta de sangre y polvo, de pie junto a Benjamín.

Ambos lo miraban con una tristeza infinita.

—¿Nos volveremos a ver?

—preguntó ella, con la voz rota.

Kaiden la miró.

Pero no la vio.

Sus ojos estaban vacíos.

Sin decir nada, ignoró la pregunta.

Agachó la cabeza una vez más y subió a la nave, dejando su vida atrás.

Las puertas corredizas se cerraron con un golpe hermético y el ZH despegó, levantando una nube de polvo que cubrió a los sobrevivientes.

Los llantos de Irune vinieron después, al entender que una de las dos personas que le quedaban se había ido para siempre.

Benjamín, al verla sufrir, la tomó del hombro con fuerza.

Observó la estela de la nave de Kaiden perdiéndose en el cielo.

Pero en sus ojos no había tristeza.

Había odio.

─────────────────  ・・・✦・・・ Parte del universo Suburill.

Kenrey Entertainment presenta…

─────────────────

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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