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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 24

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Capítulo 24: MENSAJE ENCRIPTADO.

[INICIANDO PROTOCOLO DE ENLACE…]

> BUSCANDO SEÑAL DEL AGENTE…

> SEÑAL ENCONTRADA.

[ █ █ █ █ █ █ █ █ █ █ ] 100%

> CANAL DE VOZ: ACTIVO.

> UBICACIÓN DEL REMITENTE: DESCONOCIDA (SECTOR SELVÁTICO).

—…¿Hola? ¿Sigues ahí?

(Se escucha un suspiro de alivio, seguido del sonido de un encendedor y una calada profunda).

Bien. Sigues vivo.

Honestamente, novato, me estaba empezando a preocupar. El Imperio ha estado barriendo las frecuencias toda la semana. Pensé que te habían atrapado y te tenían en alguna sala de interrogatorios en Modra… o peor, que te habías aburrido y me habías dejado hablando sola.

Me alegra ver que eres más duro de lo que pareces.

Bienvenido a Elytor-III. O como me gusta llamarlo: “El inodoro húmedo del universo”. Hace calor, huele a podredumbre y todo lo que se mueve intenta matarte o comerte. A veces ambas.

¿Sabes? Es extraño. No suelo trabajar con gente que no puedo ver. En mi línea de trabajo, la confianza se gana esquivando balas juntos. Pero tú… tú eres diferente.

Estás ahí, seguro, viendo todo desde arriba. Eres mis “Ojos”. Me gusta ese apodo para ti. “Ojos”.

Así que, Ojos, vamos a hacer un trato para este ACTO II:

Yo estoy a nivel del suelo; mi visión se limita a lo que tengo a tres metros de distancia entre la maleza. Pero tú… tú tienes el panorama completo.

Tu misión es técnica: ANÁLISIS DE AMENAZAS.

Este planeta acaba de recibir clasificaciones de peligro absurdas y no tengo inteligencia sobre el terreno. Mientras avanzamos, necesito que identifiques qué carajos vive aquí. Rebeldes, fauna local, clima, esos supuestos “Hunters”… lo que sea.

Si ves algo que mata, regístralo.

Yo me encargo de apretar el gatillo, pero necesito que tú entiendas el campo de batalla antes que yo.

Eres mi única ventaja táctica en este desastre, así que procura no fallarme.

En fin, se acabó el descanso. Escucho movimiento en el perímetro sur. Hora de ganarse el sueldo.

Deséame suerte, Ojos. La voy a necesitar.

Nos vemos del otro lado.

> TRANSMISIÓN PAUSADA.

> GUARDIA VAREGA [EN COMBATE]

> INICIANDO CAPÍTULO 1…

La puerta de madera se abrió de golpe, revelando a Hana y Selene en el umbral.

Kaiden, que apenas terminaba de ajustarse el cierre de su pulsera, se quedó inmóvil. No llevaba nada encima; su desnudez era absoluta bajo la luz de la mañana.

Hana soltó un pequeño grito ahogado y se cubrió los ojos con ambas manos, girándose de inmediato con el rostro ardiendo. Selene, en cambio, ni siquiera parpadeó. Recorrió a su compañero con la mirada, cruzó los brazos y soltó una risa seca y despreocupada.

—Oh, vaya… —dijo Selene, arqueando una ceja—. Si eso es tu “arma”, entiendo por qué usas armadura.

Kaiden ignoró la provocación. Sin mostrar ni un ápice de vergüenza, presionó el activador de su pulsera. El zumbido familiar de la nanotecnología llenó la habitación y las placas de la armadura negra comenzaron a desplegarse sobre su piel, cubriendo cicatrices y músculos hasta sellarlo de nuevo en su coraza de guerra.

Solo cuando el último sello metálico hizo clic, se volvió hacia ellas.

—¿Dónde están los demás? —preguntó, su voz sonando metálica y directa.

Hana, aún de espaldas y mirando a la pared, respondió con voz temblorosa:

—Están… están bien. Daiki está a salvo y… la otra chica…

—Ella sigue inconsciente —interrumpió Selene, borrando su sonrisa de golpe.

La mención de Lyana tensó el aire. Selene apretó los puños a los costados, y aunque intentaba mantener su postura firme, Kaiden notó cómo desviaba la mirada hacia el suelo, incapaz de sostenerle los ojos.

—¿Cuánto tiempo? —exigió saber Kaiden.

—Dos días —susurró Hana.

Kaiden procesó el dato. Dos días vulnerables. Dos días a merced de desconocidos. Miró a Selene, estudiando la tensión en su mandíbula. La capitana levantó la cabeza bruscamente, forzando una expresión de tranquilidad que no llegaba a sus ojos.

—Todo está bien —dijo ella, con una ligereza falsa que resultaba dolorosa—. No es como si nunca nos hubiera pasado esto antes. Somos duros de matar.

Kaiden no dijo nada. Caminó hacia la puerta, pasando justo al lado de ella. Sin detenerse, levantó la mano y le dio un golpe suave, casi fraternal, en la parte posterior de la cabeza.

—Idiota —murmuró.

Salió al pasillo, dejando a Selene sorprendida por el gesto. Dentro de la habitación, Hana bajó las manos y, al ver la fragilidad en la postura de la mujer soldado, se acercó y la abrazó con fuerza. Selene no la apartó; se quedó allí, permitiéndose

un segundo de debilidad mientras la puerta se cerraba.

Ya en el pasillo, el silencio de la casa de madera envolvió a Kaiden.

Mientras avanzaba, su mente regresó al bosque. Recordó el destello de las katanas térmicas de Jarek, la sangre, el corte limpio que marcó en el pecho de los niños.

“Los vi caer”, pensó, frunciendo el ceño bajo el casco imaginario que ya no portaba. “Esos cortes debieron matarlos… Tuvieron mucha suerte. Demasiada”.

La duda se alojó en su mente, pero la guardó para después. Al llegar al final del pasillo, una voz rasposa y tranquila lo detuvo.

—Oh… veo que has despertado.

Kaiden se giró. Un anciano estaba sentado en una silla de madera, observándolo con ojos que parecían haber visto demasiados inviernos. Su sorpresa parecía genuina, pero había una calma en él que no encajaba con la situación.

—¿Usted es el que nos ayudó? —preguntó Kaiden, manteniendo la distancia.

—Sí… —el anciano sonrió, mostrando las arrugas profundas de su rostro—. Bueno, prácticamente fue toda la aldea. Aunque me alegra ver que ahora estás más tranquilo que ese día. Jajaja. Dabas miedo, hijo.

Kaiden ignoró el comentario sobre su estado berserker.

—¿Dónde está la otra mujer que venía conmigo?

—Mmm, también veo que eres muy serio —el anciano se apoyó en su bastón, señalando una puerta—. Descuida. Ella está en la otra habitación. Cuando llegaron, todos ustedes estaban en una situación lamentable. Especialmente ella.

Kaiden relajó ligeramente los hombros.

—Lo siento por las molestias.

—No, no te disculpes —el anciano negó con la cabeza—. En ese caso, solo agradece. Es más útil.

Kaiden asintió una vez, secamente. Caminó hacia la puerta que el anciano le había indicado y la empujó con suavidad.

Dentro, Lyana dormía. Su respiración era rítmica y suave. Las vendas cubrían gran parte de su cuerpo, pero se veía en paz. Kaiden la observó un momento desde el umbral, asegurándose de que era real, de que seguía respirando. Luego, cerró la puerta con cuidado, como si temiera romper el silencio.

Al girarse, sintió un toque en la espalda. El anciano estaba detrás de él.

—Lamento interrumpir, sé que acabas de despertar —dijo el viejo, mirando hacia la salida de la casa—. Pero… ya que estás de pie y fuerte, me gustaría que nos ayudaras con un problema.

Kaiden lo miró. Podría haberse negado. Podría haber exigido respuestas o armas. Pero estaban vivos gracias a esta gente.

“Una vida por una vida”, pensó.

—Está bien —respondió Kaiden—. Es lo menos que puedo hacer.

El anciano sonrió y caminó hacia la salida, haciéndole señas para que lo siguiera hacia la luz del día.

Cuando salieron al pasillo principal, se encontraron con Hana y Selene, que también abandonaban la otra habitación.

—Iré a ver a mi hermano —dijo Hana, con la ansiedad pintada en el rostro—. Regresaré pronto para ayudar con la comida.

El anciano levantó una mano, deteniéndola suavemente.

—Ve despacio. Daiki está bien, está con la vecina. No corras, tu cuerpo aún necesita sanar del susto y los golpes. —Su voz era firme pero amable.

Hana asintió obediente y salió. Selene, por su parte, se apoyó en el marco de la puerta, un poco pálida.

—Iré a ver a Lyana —dijo Selene, intentando sonar fuerte, aunque su postura la delataba.

El anciano la observó con ojo crítico, notando el ligero temblor en sus piernas.

—Deberías sentarte al sol un rato. Te ves como si el viento pudiera derribarte —le aconsejó el viejo, frunciendo el ceño—. No te exijas demasiado. Tu cuerpo consume mucha energía, ¿verdad? Se nota. Ve, siéntate junto a tu amiga, pero descansa. No quiero tener que remendarte a ti también.

Selene asintió con gratitud y se dirigió a la habitación donde Lyana descansaba.

Afuera de la casa, el aire fresco de la mañana golpeó el rostro de Kaiden. Desde el porche, pudo observar la aldea. A pesar de estar en territorio de guerra, la gente realizaba sus actividades diarias con una normalidad pasmosa. Niños jugando, adultos trabajando la tierra, humo saliendo de las chimeneas.

—Para ser un lugar controlado por los rebeldes, tienen una vida tranquila —comentó Kaiden, sin poder ocultar su sorpresa.

El anciano soltó una risa ronca y seca, apoyando su peso en el bastón.

—Creo que tienes una mala idea de los rebeldes, ¿no crees? —dijo, mirándolo de reojo con una chispa de ironía—. La gente vive, hijo. Con imperio o sin él.

Kaiden sintió una punzada de inconformidad, pero decidió no debatir. No estaba allí para política, sino para pagar una deuda.

—¿En qué necesita ayuda? —preguntó, cambiando de tema.

El anciano señaló hacia la entrada de la aldea. El gran arco de madera y piedra que marcaba el límite estaba derrumbado, bloqueando el camino principal con vigas pesadas y escombros.

—Hoy en la mañana se cayó el arco de la entrada. La madera estaba vieja y la tormenta de anoche junto con lo que pasó ese día no ayudó —explicó el anciano, suspirando—. Le iba a pedir ayuda a tu compañera, la de cabello oscuro, pero al verla hoy… está demasiado débil. Si la pongo a cargar eso, se desmayará antes del mediodía.

Miró a Kaiden, evaluando su estado.

—Pero ahora que despertaste tú… pareces más entero. ¿Te sientes capaz? No quiero que se te abran las heridas. Si sientes algún tirón, lo dejas. ¿Entendido? Ella puede cuidar el ganado como lo a estado haciendo, eso es menos pesado.

—No hay problema —respondió Kaiden, estirando los brazos para probar sus músculos. El dolor estaba ahí, pero era soportable—. ¿Dónde pondré el escombro?

—Ahí —señaló el anciano a una pequeña colina cercana.

Kaiden caminó hacia el arco caído. Se agachó frente a una viga de madera maciza que habría requerido tres hombres para moverse. La agarró y, con un gruñido ligero de esfuerzo, la levantó sobre su hombro. Luego, tomó un bloque de piedra con la otra mano.

El anciano lo observó. Se imaginó los músculos de Kaiden tensarse bajo la armadura, la facilidad antinatural con la que manejaba pesos imposibles. No hubo sorpresa en los ojos del viejo, sino una sombra de tristeza profunda. Su rostro se puso serio.

“Conque a esto han llegado…” pensó el anciano, apretando el mango de su bastón. “Crear monstruos para cargar sus propias ruinas”.

—¡Eh, hijo! —le gritó el anciano—. ¡Despacio! No trates de hacerlo todo en un solo viaje. No tienes que demostrarle nada a nadie aquí. Cuida ese cuerpo, es el único que tienes.

Kaiden asintió y siguió trabajando. El anciano lo observó un momento más antes de darse la vuelta y regresar a la casa.

En la habitación donde estaba Lyana, el silencio había sido roto por el sollozo ahogado de Selene. Estaba sentada junto a la cama, sosteniendo la mano inerte de su compañera.

—Lo siento tanto… —susurraba ella, con la voz quebrada—. Lo siento de verdad, Lyana… fue mi culpa que pasara esto… Si tan solo hubiera sido una mejor líder… Si hubiera sido más rápida…

Sus disculpas fueron interrumpidas cuando la puerta se abrió y el anciano entró, caminando despacio.

—No te debes disculpar… —dijo el viejo con voz suave.

—Pero… —Selene intentó hablar, pero la voz se le quebró.

—No es tu culpa lo que le haya pasado —la interrumpió él, acercándose—. En vez de llorar y lamentarte, deberías agradecer que está viva. Y que tú estás aquí para cuidarla. Mírate, estás temblando. ¿Has comido algo? El dolor y la culpa consumen más que una carrera, niña.

—Pero esto no hubiera pasado si yo hubiese sido una buena líder… —insistió Selene, ignorando su propio estado—. Si hubiera dividido bien a mi escuadrón, estaríamos juntos… Si no la hubiera dejado pelear sola, no estaría ella así.

—¿Y si hubieras hecho lo contrario y también hubiera sido igual o peor? —preguntó el anciano, clavándole la mirada.

Selene se quedó callada. Puso sus manos en sus muslos y apretó las placas del pantalón con frustración.

—No pienses en lo que pudo ser, porque al final ya no será —continuó el anciano, poniendo una mano arrugada sobre el hombro tenso de Selene—. Las decisiones que tomaste te trajeron aquí, vivos. El resultado es que respiran.

Selene escuchó las palabras del anciano y se pasó el dorso de la mano por las mejillas, secándose las lágrimas con brusquedad. Se puso de pie, irguiendo la espalda para recuperar esa postura militar que era su armadura ante el mundo.

—Iré a cuidar el ganado —dijo con voz ronca—. Necesito hacer algo útil.

El anciano no respondió, solo asintió levemente. Selene salió de la habitación, y sus pasos se alejaron por el pasillo de madera. El viejo se quedó allí un momento, escuchando el silencio que ella había dejado. Luego, sin girarse hacia la cama, habló en voz baja:

—¿No crees que es momento de dejar de fingir, niña?

Hubo una pausa. Luego, el sonido de sábanas moviéndose. Lyana abrió los ojos lentamente, clavando su mirada en la espalda del anciano. No había sorpresa en su rostro, solo cansancio.

—¿Desde cuándo lo supo? —preguntó ella con tranquilidad.

El anciano soltó un suspiro largo y cansado. Se dirigió hacia la puerta, apoyándose en su bastón.

—Los viejos dormimos poco y escuchamos mucho. Tu respiración cambió hace una rato. —Se detuvo en el umbral y la miró de reojo—. Deja de actuar. Les estás haciendo daño.

Salió de la habitación al terminar de hablar, dejándola sola con sus pensamientos.

TIEMPO: 7 Horas y 36 Minutos Después del Despertar de Kaiden.

La noche cayó sobre la aldea lentamente, pintando el mundo de azul oscuro y plata. Una a una, las luces de las ventanas comenzaron a encenderse, como pequeñas estrellas terrestres intentando competir con el brillo del firmamento.

Kaiden colocó el último escombro de piedra en la pila. Se detuvo un momento, respirando hondo, y se pasó el antebrazo por la frente para limpiarse el sudor. Sus músculos ardían, un recordatorio constante de que seguía vivo.

Un suspiro de cansancio escapó de sus labios. Se giró para regresar a la casa, pero algo detuvo su mirada.

A unos metros de distancia, sentada sobre unas rocas grandes que daban hacia los campos de cultivo, estaba Selene. Tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y la cabeza echada hacia atrás, observando el cielo estrellado que esa noche parecía brillar con una intensidad furiosa.

Kaiden dudó un segundo, pero luego caminó hacia ella. Sus pasos sobre la hierba fueron lentos y silenciosos.

El sonido rítmico de los insectos y el mugido ocasional del ganado a lo lejos eran lo único que rompía el silencio. Kaiden llegó hasta las rocas y se detuvo a su lado, sin decir nada, respetando su espacio. Selene no se sobresaltó. Sabía que él estaba ahí.

—Son tan hermosas… ¿no crees? —dijo ella con voz suave, sin apartar la vista de arriba.

Kaiden alzó la vista. El cinturón de estrellas cruzaba el horizonte, indiferente a la guerra que ocurría en tierra.

—Sí —admitió él—. Lo son.

Se quedaron callados un largo rato. No era un silencio incómodo, sino uno compartido.

—¿Tienes hermanos, Kaiden? —preguntó ella de repente, girando la cabeza para mirarlo.

Kaiden tardó en responder. La pregunta removió cenizas antiguas en su memoria.

—No —dijo secamente, negando con la cabeza—. Solo yo.

Selene asintió, volviendo a mirar el horizonte oscuro. Parecía buscar las palabras correctas, o quizás solo el valor para soltarlas.

—Solía ver las estrellas con mi hermana cuando éramos pequeñas —comenzó a decir de repente, con una voz teñida de una nostalgia que sorprendió a Kaiden—. En el planeta donde nacimos, se podían ver de una manera… diferente.

—¿Diferente?

—Sí… —Selene recargó la mejilla en su mano, con la mirada perdida—. No sé cómo explicarlo. Eran más brillantes, quizás. O tal vez nosotras éramos más inocentes. Lo que sí puedo decir es que verlas ahora no se siente igual. Ya no son tan hermosas.

Kaiden la observó de perfil. La luz de la luna suavizaba los rasgos duros de la capitana.

—¿Tu hermana…? —preguntó él, dejando la frase en el aire.

Selene cerró los ojos un momento.

—Una noche estalló un combate en la aldea en la que vivíamos —contó ella en voz baja—. Mi madre… falleció intentando protegernos. Lloramos toda la noche, mi hermana y yo, abrazadas bajo una mesa mientras todo ardía.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Al amanecer, los soldados imperiales nos encontraron. Nos llevaron a una casa de huérfanos del distrito. Estuve viviendo ahí con ella hasta el día de mi séptimo cumpleaños. —Una sonrisa triste, casi imperceptible, curvó sus labios—. Ese día, mi hermana me hizo un pastel de lodo en el patio… Fue tan hermoso. El mejor regalo que me han dado. Estábamos sucias, pero estábamos juntas.

Su sonrisa se desvaneció.

—Hasta que esas personas llegaron.

Kaiden dejó de mirar las estrellas y fijó la vista en el horizonte negro. No dijo nada, pero sus puños se apretaron ligeramente a los costados. Conocía esa historia. Con diferentes nombres, diferentes lugares, pero la misma melodía de pérdida. Su rostro reflejó una comprensión silenciosa y sombría.

Selene continuó, con una voz endureciéndose un poco al recordar.

—Nos separaron a la fuerza. A mí me llevaron a las instalaciones de la Black Cradle. Durante un largo tiempo no supe nada de ella. Solo entrenamiento, dolor y disciplina. En ese lugar, nuestra mentora era realmente estricta, una mujer de hierro… pero extrañamente bondadosa a su manera.

Selene miró a Kaiden a los ojos.

—Cuando cumplí doce años, esa mujer me dio un regalo. No un pastel, sino una noticia: mi hermana había sido enviada una instalación de la White Cradle. Su genética era incompatible a las mutaciones completas de la Black.

Suspiró, y el viento nocturno le movió el cabello, llevándose el peso de sus palabras.

—Desde entonces, no hay día en que no espere su graduación como oficial… —susurró—. Para poder verla de nuevo. Es lo único que me mantiene cuerda en este infierno.

Kaiden permaneció en silencio. No había palabras de consuelo para eso, y Selene no las buscaba. Solo quería ser escuchada.

Ella se levantó de la roca, sacudiéndose la tierra del pantalón con movimientos mecánicos.

—Bueno… —dijo, rompiendo el momento.

Pasó por detrás de él para regresar a la casa. Al estar a su altura, detuvo el paso y puso una mano sobre el hombro de Kaiden. Apretándolo ligeramente.

—Gracias —le dijo con una pequeña sonrisa sincera.

Luego se alejó hacia la oscuridad de la aldea.

Kaiden se quedó solo bajo la inmensidad del cielo.

—Al menos ella tiene a alguien… —se dijo a sí mismo en voz baja, sintiendo una punzada de envidia y determinación—. Por eso debo sacarla de acá. Tiene a dónde volver.

Se quedó un rato más, dejando que el frío de la noche entumeciera sus pensamientos. De repente, la estática rompió el silencio en su oído.

—Clifford… par… al… —la voz de Fer luchaba por atravesar la interferencia del transmisor.

Kaiden reaccionó al instante, tocando su comunicador.

—¿Fer? —llamó—. ¿Me copias?

Solo hubo silencio y el siseo blanco de la estática. Haciéndolo maldecir por lo bajo, bajando la mano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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