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Los 8 bebés secretos del Alfa - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 – Carta, café y claves 17: Capítulo 17 – Carta, café y claves Estaba tumbada en el banco de metal de mi celda, con los brazos cruzados bajo la cabeza, con la mirada fija en el techo agrietado, como si contuviera respuestas que de alguna manera se me habían escapado.

El silencio me oprimía los oídos, roto solo por el sonido de pasos lejanos y los ruidos procedentes de las celdas contiguas.

Mis pensamientos corrían desbocados, retorcidos y enredados.

Intentaba mantener la calma y la fortaleza.

Pero en el fondo, sentía que me estaba desmoronando.

¿Así que esto era todo?

Una acusación falsa, unos cuantos susurros descuidados, y de repente llevaba la etiqueta de asesina.

Ni un juicio, ni una palabra en mi defensa.

Solo un veredicto silencioso y frío como el hormigón.

Giré la cabeza y dejé escapar un suspiro.

Quería dormir, pero mi mente no se detenía.

Cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de mis hijos.

El modo en que Adam moqueaba cuando se le rompía un juguete.

Cómo Lily siempre me tocaba la mejilla cuando me veía triste.

La mirada silenciosa e intensa de Nate.

Probablemente los ocho estarían acurrucados ahora mismo, confusos y asustados.

Me mordí el interior de la mejilla con fuerza.

No.

No iba a derrumbarme.

Todavía no.

Un golpe seco en los barrotes me sacó de mis pensamientos.

Me incorporé lentamente, con el cuerpo rígido.

Mis ojos se encontraron con un rostro familiar al otro lado de los barrotes.

El oficial Ted.

Parecía cansado.

Tenía los ojos hundidos y la postura ligeramente encorvada, como si la culpa lo agobiara.

Su mano descansaba sobre el cinturón y se aclaró la garganta antes de hablar.

—Puedes irte —dijo sin mucha emoción—.

Se ha confirmado que no eres la asesina.

Solo una sospechosa atrapada en este lío.

Parpadeé.

Aquellas palabras sonaban a libertad, pero no me sentí libre.

—Que sepas —continuó, mientras ya sacaba la llave— que te estaremos vigilando.

Un movimiento en falso y pasarás el resto de tu vida en la cárcel.

Clic.

La puerta de la celda se abrió con un chirrido.

No me levanté de inmediato.

Ladeé la cabeza y lo miré con atención.

—¿Y si no soy yo?

—pregunté en voz baja—.

Si solo soy una mujer con mala suerte y en el momento equivocado, ¿qué pasa con mi reputación?

¿Mi nombre?

¿Mis hijos, que ahora tienen que crecer oyendo que su madre fue sospechosa de asesinato?

Pareció incómodo, pero no respondió.

Solté una risa seca.

—¿Qué pasa, oficial Ted?

¿Te ha comido la lengua el gato?

Se removió, aclarándose la garganta de nuevo.

—Si no te interesa irte, puedes quedarte a dormir —masculló, dándose la vuelta—.

Allá tú.

Me levanté despacio, alisando las arrugas de mi blusa.

—Gracias por la oferta —dije con una sonrisa sarcástica—, pero creo que ya he tenido suficientes bancos fríos y mala iluminación para toda una vida.

No se volvió.

Simplemente se marchó, con el eco de sus botas resonando en el pasillo.

Salí de la celda.

Pero no me sentí libre.

———-
Pasaron tres días antes de que regresara por completo al trabajo.

El aire exterior todavía se sentía pesado, como si también me estuviera juzgando.

Cada mirada en el autobús, cada conversación susurrada a mis espaldas…, todo me oprimía la espalda como un peso del que no podía deshacerme.

Cuando llegué a Empresas Blackmoore, mantuve la cabeza gacha.

Sonreí educadamente.

Tecleé mi contraseña como si no me temblaran las manos y me sumergí en los correos electrónicos como si no estuviera todavía recomponiendo mi alma.

Todo parecía…

distante.

Hasta la hora del almuerzo.

Estaba en la décima planta, donde el Departamento de Marketing compartía una sala de descanso y un puñado de ordenadores.

La oficina bullía de cháchara y yo solo necesitaba un minuto para respirar.

Así que me senté, inicié sesión en el sistema interno, no por mera curiosidad, sino por lo que había ocurrido dos días antes.

Dos días después de salir.

Estaba sentada en una pequeña cafetería cerca de mi antiguo lugar de trabajo: el hotel que una vez me había masticado y escupido como si fuera basura.

Removí el café lentamente, observando el vapor elevarse como fantasmas.

No quería estar allí.

No cerca de ese lugar.

No cerca de ese recuerdo.

Pero cuando Yvonne me envió un mensaje de la nada y me preguntó si podíamos vernos, la curiosidad me pudo.

Llegó tarde, jadeando, con el pelo encrespado bajo un pañuelo suelto.

—Hola, siento llegar tarde —dijo, deslizándose en el asiento frente a mí.

—No pasa nada —dije, observándola atentamente.

Yvonne trabajaba en la recepción.

Siempre fue amable, pero un poco demasiado entrometida para mi gusto.

Hablamos de trivialidades —el tiempo, el trabajo, la subida de los precios— y entonces se inclinó hacia mí.

—En realidad, he venido porque he recordado algo —dijo—.

Sobre aquella noche.

Mi cuerpo se tensó.

Dejé el café sobre la mesa.

—¿Qué noche?

Me lanzó una mirada.

—Ya sabes qué noche.

La noche que tuvimos al cliente más importante de nuestra vida.

No dije nada.

Metió la mano en el bolso y sacó un sobre blanco sin nada escrito.

Lo dejó sobre la mesa entre las dos, como si contuviera una bomba.

—¿Qué es eso?

—pregunté.

—Algo que era para ti —dijo—.

Alguien me lo dio…

dijo que te lo entregara.

Me dio un vuelco el corazón.

—¿Cuándo?

—susurré.

—Unos días después de que te fueras del hotel —dijo—.

Nunca vi al tipo.

El guardia de seguridad me lo dio y dijo que el hombre no había dejado su nombre, solo pidió que te entregaran esto.

Me quedé mirándolo.

—A ver si adivino…

—dije lentamente—.

Miraste lo que había dentro.

Parecía culpable, mordiéndose el labio.

—Más o menos —dijo en voz baja—.

Mira, no era mi intención fisgonear.

Pero los demás estaban hablando.

Decían que a lo mejor era una propina de un tipo rico con el que tuviste una aventura.

Yo no me lo creí, así que lo abrí para demostrarles que se equivocaban.

Enarqué una ceja.

—¿Y?

—No era dinero —dijo—.

Solo una tarjeta.

Y una foto.

Entrecerré los ojos, con un atisbo de escepticismo en la mirada.

—Han pasado ya cinco años.

¿Por qué me lo das ahora?

—Bueno, no era mi intención.

Simplemente se me olvidó y lo encontré mientras hacía la mudanza.

Además, tenía una foto dentro, no sé de quién es.

—¿Una foto?

Asintió.

—Sí.

Un retrato.

Parecía una foto corporativa.

No reconocí al hombre, pero puede que tú sí.

Tomé el sobre con manos temblorosas.

Esa noche, al llegar a casa, me senté en el suelo de mi diminuto dormitorio, con las piernas cruzadas y el corazón palpitante, y lo abrí.

La tarjeta estaba en blanco, salvo por el nombre y un símbolo que reconocí bastante bien.

Ese símbolo lo había visto en el traje de mi jefe cuando fui a pedirle que se ocupara de aquel estúpido muerto que me había metido en la cárcel.

Pero la foto…

Se me paró el corazón.

Conocía esa cara.

La había visto antes.

Y ahora tenía que asegurarme.

——–
Dominic Blackmoore.

Me dije a mí misma que solo era curiosidad.

Nada más.

Pero en el momento en que apareció su nombre, mi pantalla se llenó de artículos, comunicados de prensa archivados, memorandos internos de RRHH y…

algunas fotos.

Como se trataba del sistema interno, pude buscar algunas cosas relacionadas con Empresas Blackmoore que probablemente no encontraría en la web.

Me incliné hacia delante, con el corazón latiendo con fuerza mientras me desplazaba por los resultados y, casualmente, encontré una foto parecida a la que me había dado Yvonne.

Era él.

El hombre de hacía cinco años.

El hombre que atormentaba mis sueños.

Y en negrita, debajo de su foto:
Presidente y Director Ejecutivo, Grupo Empresarial Blackmoore.

Me quedé mirando la imagen durante un largo rato.

Así que era verdad.

No era un simple desconocido de una habitación de hotel.

No era solo un hombre rico con una mirada fría y mal genio.

Era el padre de mis hijos.

Sentí una opresión en el pecho.

Miré su foto de perfil: hombros anchos, fríos ojos grises, esa mandíbula con la que se podría cortar cristal.

Y pensé en Nate.

En la agudeza de su mirada, en la calma con la que manejaba el estrés, en su forma de analizar a la gente sin hablar.

Tenía los ojos de Dominic.

Todo este tiempo…

pensé que habían tenido suerte.

Que su brillantez provenía de algún accidente cósmico.

Pero ahora, todo tenía sentido.

Todavía estaba mirando la pantalla cuando una voz fuerte me devolvió a la realidad.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Me giré.

Una mujer con un ajustado traje de falda azul marino estaba de pie en la entrada de la zona de oficinas, con los brazos cruzados.

Parecía que acabara de salir del plató de una telenovela: pelo brillante, labios demasiado perfilados y tacones lo bastante afilados como para herir.

Era su secretaria.

Parpadeé.

—¿Disculpa?

Se acercó con paso decidido, sus tacones resonando con fuerza contra el suelo.

—No te hagas la inocente.

Te vi babeando por el perfil del señor Blackmoore.

Ten un poco de vergüenza.

¿Crees que solo por ser nueva puedes ascender persiguiéndolo?

Me levanté lentamente.

—¿Hablas en serio?

—pregunté, con voz tranquila.

—¿Crees que no vemos a chicas como tú todo el tiempo?

—se burló—.

Madres solteras sin escrúpulos que intentan acercarse al jefe.

Es patético.

Contuve una carcajada.

—Vaya —dije—.

Debes de estar agotada.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Cargar con todos esos celos e inseguridades.

Debe de ser pesado.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Seamos sinceras —continué—.

En realidad no te importa la reputación del presidente.

Solo estás molesta porque alguien más estaba mirando su foto en lugar de tú.

—Yo…, ¿qué…?

—tartamudeó.

—Si tanto te preocupa que la gente lo «persiga», quizá deberías preguntarte por qué vigilas su perfil como un halcón.

Eso suena a alguien que lo codicia, ¿no crees?

Su cara se puso roja.

—¡Pequeña…!

—Señoras —llamó alguien desde el pasillo.

Un joven asomó la cabeza en la oficina, sosteniendo una tableta.

—El señor Blackmoore pregunta por la señorita Twain.

Quiere verla.

Ahora mismo.

Se hizo el silencio.

Los ojos de la secretaria se abrieron como platos.

Los míos se entrecerraron.

—¿Qué?

—preguntó ella, atónita—.

¿Él…

ha preguntado por ella?

El asistente asintió.

—Dijo su nombre bien claro.

Mannie Twain.

Planta del presidente.

Enderecé la espalda y recogí mi carpeta del escritorio.

—Parece que mi «persecución» ha funcionado más rápido que la tuya —dije con dulzura, pasando a su lado.

Abrió y cerró la boca como un pez dorado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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