Los 8 bebés secretos del Alfa - Capítulo 39
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39: Capítulo 39 – Una madre de ocho 39: Capítulo 39 – Una madre de ocho En cuanto llegué a mi escritorio en la empresa, lo primero que me llamó la atención fue la enorme pila de expedientes que habían dejado justo en el centro.
Junto a mi escritorio, como una espina junto a una flor, estaba Aria, la misma persona que se suponía que debía terminar estos expedientes.
Pero en lugar de trabajar, se estaba aplicando capas de polvos sobre su rostro ya sobrecargado de maquillaje.
Solté un largo suspiro y me recordé a mí misma la paga extra que el Supervisor me había prometido.
No podía permitirme perder la calma.
Tenía que verlo como un trabajo por cuenta propia…, un trabajo por cuenta propia feo y forzado.
Como si la hubiera invocado, Aria levantó la vista y resopló al verme.
Una sonrisa de suficiencia se dibujó en sus labios, y sus cejas afiladas y excesivamente dibujadas hicieron que su expresión pareciera más siniestra de lo habitual.
No duraría ni una semana aquí si no fuera por su apellido.
Sin dedicarle ni una mirada, caminé directamente a la oficina del Supervisor.
Activé la aplicación de grabación de mi teléfono y llamé a la puerta.
—Buenos días, Señor.
Ya estoy aquí.
—Bien.
Qué bueno que ya estás aquí —dijo, con aspecto aliviado—.
Me informó rápidamente sobre el trabajo y lo que tenía que terminar.
Ni una sola vez mencionó el pago que me había prometido.
Ladeé la cabeza.
—¿Señor, y si lo hago, entonces qué?
Parpadeó.
—Haré lo que te prometí: un salario de vacaciones y el pago de las horas extra.
—De acuerdo.
Entonces me pondré a trabajar —dije, dedicándole una pequeña sonrisa.
Al salir, me di cuenta de que el pasillo se había quedado en silencio.
Unos cuantos compañeros fingían estar ocupados, pero vi cómo aguzaban el oído.
Aria estaba quieta, con el rostro contraído en una mueca de desprecio venenoso.
Sus ojos me seguían como un halcón, pero la ignoré.
Pero no había terminado.
Cuando llegué a mi escritorio, me agarró del brazo.
—¿Cómo te atreves a pedirle al Supervisor una paga extra?
¿Estás insinuando que la empresa no te paga bien?
—preguntó con una sonrisa condescendiente.
La miré fijamente, sin inmutarme.
—Eso debería preguntártelo yo a ti.
Como no has sido capaz de hacer tu trabajo, me han tenido que llamar en mi día libre para arreglar tu desastre.
¿No te da vergüenza hacerme una pregunta tan estúpida?
Parpadeó conmocionada, con la boca ligeramente abierta.
Me zafé de su mano y pasé de largo junto a los compañeros que cuchicheaban.
No me importaba lo que pensaran.
Mi atención estaba en los expedientes.
Tardé horas…, horas largas y agotadoras.
Los datos eran un desastre.
Aria había usado las plantillas equivocadas y apenas había rellenado nada correctamente.
Tuve que empezar de cero, rehacer cada gráfico, cada cifra y comprobar dos veces cada fuente.
Me ardían los ojos y me palpitaba la cabeza.
Bostecé, frotándome las sienes.
—Más vale que esto merezca la pena.
El documento final salió de la impresora.
Lo recogí todo y me preparé para reunirme con el Supervisor, pero antes de que pudiera entrar, lo vi salir con el Director.
—Buenas tardes, Supervisor.
Director —saludé con una sonrisa educada.
—¿Has terminado el trabajo?
—preguntó el Supervisor rápidamente.
—Sí, Señor.
Justo iba a traerlo.
El Director me miró a mí y luego al Supervisor.
El Supervisor soltó una risita y dijo: —Ve a entregárselo a la secretaria del presidente.
Será más fácil si vas tú.
Después de todo, pareces bastante capaz de hacerlo todo por aquí, ¿no?
¿Quién iba a decir que una madre soltera podría cumplir con su parte del trabajo de esta manera?
Deberías estar agradecida de que siquiera dejemos que alguien como tú trabaje aquí.
Fruncí el ceño, pero me esforcé por controlar mi expresión.
—Entonces —dije con dulzura—, tendré que molestar al Supervisor para que cumpla su promesa.
Yo ya he hecho mi parte.
En cuanto a entregar el documento, tendré que pensármelo.
Aunque, tal y como usted ha dicho, me pregunto si alguien tan capaz como yo le susurra al oído al presidente que el supervisor del departamento es…
No me dejó terminar.
—¡Bien, bien, bien!
—gruñó y murmuró algunas maldiciones incoherentes por lo bajo.
El Director que estaba con él ya parecía disgustado.
Tenía una mirada penetrante y profundas arrugas surcaban su frente.
El Supervisor sacó su teléfono.
Un instante después, mi teléfono vibró.
Lo comprobé: una notificación de pago.
El importe íntegro.
—Es un placer trabajar con usted —dije con una amplia sonrisa—.
Iré a entregar el documento.
Tómelo como un extra por trabajar con alguien tan capaz como yo.
El Supervisor puso los ojos en blanco y me hizo un gesto para que me fuera.
—Con su permiso.
Discúlpenme.
Que tengan un buen día, Supervisor.
Director.
Dicho esto, me di la vuelta y caminé hacia la oficina de la Secretaría.
—-
Justo cuando llegué, oí voces alteradas en el interior.
Era Clarissa, la secretaria que siempre andaba pegada a David.
Esta vez se quejaba de su cita fallida con él.
—¡Me dejó plantada!
¿Te lo puedes imaginar?
Puse los ojos en blanco.
«Siempre es una reina del drama».
Planeaba ignorarla y simplemente entregar lo que había venido a dejar, pero…
entonces me quedé helada.
—Estoy segura de que me dejó plantada por culpa de esa madre soltera, Mannie —dijo con desdén.
—¿No tiene ya algo con el presidente?
—preguntó otra voz.
—Quién sabe.
Esa chica va por ahí como si fuera especial, solo porque es guapa y tiene algo de encanto —respondió Clarissa con asco.
Apreté los puños.
—Tsk.
Seguro que todos sus hijos también son idiotas.
Probablemente heredaron su mala suerte.
Una madre que no supo mantener las piernas cerradas.
Respiré hondo y abrí la puerta.
Todas se quedaron heladas.
Entré despacio, con la mirada fija en Clarissa.
Ella sonrió con desdén.
Sonreí con frialdad.
—Clarissa, hablas mucho para ser alguien a quien se la conoce más por sus visitas a la clínica que por su trabajo en la oficina.
La sala se llenó de jadeos de sorpresa.
Clarissa se cruzó de brazos.
—¿Eso es todo lo que tienes?
¿Viniendo de una madre sin un céntimo y con ocho hijos?
¿Crees que el encanto puede ocultar la pobreza?
—Mejor sin un céntimo y auténtica que falsa y llena de enfermedades —dije bruscamente—.
Si David hubiera salido contigo, probablemente ahora estaría en el hospital tratándose el VIH.
Sus compañeras ahogaron un grito y se apartaron de inmediato como si fuera la peste.
Clarissa se puso pálida.
—¿Cómo te atreves a mentir sobre mí?
Puedo denunciarte por difundir rumores.
—¿Qué rumores?
—la miré y sonreí con desdén—.
¿Acaso me parezco a ti, que solo sabes cotillear?
—Tú…, ¿te crees mejor que yo solo porque te divertiste un poco con el presidente?
Me reí entre dientes.
—No tengo que intentar ser mejor que tú, Clarissa.
Ya lo soy.
Te pasas todo el día cotilleando y fracasando en tu trabajo mientras yo estoy aquí haciendo el trabajo de dos departamentos.
—¡Solo eres una madre soltera con demasiados hijos y sin un hombre!
Me acerqué un paso más.
—Y tú eres una queja andante para RRHH, sin cerebro y con demasiado pintalabios.
La sala quedó en silencio.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Entregué el documento con un gesto ostentoso.
—Trabajo completado del equipo de marketing.
Entrégaselo al presidente, si es que todavía recuerdas cómo hacer tu trabajo.
Clarissa se quedó paralizada, fulminándome con la mirada, con los labios temblando como si quisiera hablar, pero no encontrara las palabras.
Me sentí satisfecha.
La mirada fulminante de Clarissa me siguió, pero no dijo ni una palabra.
La victoria nunca había sabido tan dulce.
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