Los 8 bebés secretos del Alfa - Capítulo 62
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62: Capítulo 62 – La luz perdida 62: Capítulo 62 – La luz perdida Punto de vista de Mannie
Ir a ver a la familia de Dominic, especialmente a su madre, era otro obstáculo mental con el que tenía que lidiar.
—¿No quieres venir?
—preguntó Dominic, notando mi reticencia.
Le dediqué una sonrisa débil, sin decir nada.
—Estarás bien.
Mi familia no muerde —dijo suavemente.
—Vamos —dijo Dominic y se giró para entrar en el coche.
«¿Conduce él o hay…?».
No tuve que pensar mucho, pues mi pregunta fue respondida al instante por la presencia de un chófer en el asiento del conductor.
El motor del coche rugió al arrancar, salpicando algo de lodo al acelerar.
Mientras observaba el paisaje pasar, mi mente estaba llena de un montón de cosas.
Todavía no le había comprado un regalo de cumpleaños a mi madre y, desde luego, no podía seguir posponiéndolo.
Recé para que, después de esta reunión con su familia, me pagara generosamente una vez más.
Mientras todavía pensaba en qué comerían los niños cuando volviera de esta visita repentina, llegamos a la mansión.
Esta vez, estaba más serena y no parecía alguien que no hubiera visto mundo.
Incluso noté que Dominic me lanzó una mirada de apreciación, aunque fue tenue.
Hasta sentí que la había malinterpretado.
Dominic me ofreció su mano y yo la rodeé con la mía, con una sonrisa adornando mi rostro.
No supe cuándo un ligero rubor apareció en mis mejillas, e incluso mis ojos inocentes parecieron humedecerse con una especie de amor indulgente.
La madre de Dominic, que estaba fuera esperando a su hijo, frunció el ceño inmediatamente al vernos en esa actitud.
Bajé un poco la cabeza, dando la impresión de una nuera recatada.
—¿Por qué la has traído otra vez?
Pensé que ya no querrías que la viéramos, puesto que temías que pudiéramos hacerle algo —dijo, con una voz que presagiaba la tormenta.
Dominic adivinó las dagas ocultas en las palabras de su madre y las esquivó hábilmente.
—Muac —le dio un beso en la frente a su madre, lo que hizo que una sonrisa floreciera en su rostro, aunque enseguida compuso sus facciones para ocultar su alegría.
Pero no consiguió ocultarla del todo.
—Mamá, hace frío.
No deberías estar aquí fuera esperándonos.
Ella suspiró, y su voz tenía un matiz de melancolía cuando habló.
—¿No es porque echaba mucho de menos a mi hijo?
Dominic no quiso ahondar en ese tema con su madre y cambió de conversación.
—Mamá, ¿dónde están el abuelo y Michael?
No le di mayor importancia al nombre.
Así que no reaccioné hasta que vi al primo en persona.
¿Quién iba a decir que nos encontraríamos de esta manera, otra vez?
Entramos en el salón y vimos al abuelo de Dominic viendo una película de adolescentes.
Fue un poco sorprendente, pero teniendo en cuenta su forma de hablar, la sorpresa disminuyó considerablemente.
—Amanda, por favor, espera a Michael y haz que las criadas le traigan algo a la novia de Dominic —dijo él.
Pude sentir el cambio en el ambiente en ese momento.
Me giré para mirar a Dominic, que había apartado la vista, sin querer interferir.
Bajé la cabeza, como si no hubiera visto ni oído nada.
Amanda, incapaz de desahogar su frustración, se dio la vuelta y se fue con un bufido.
Mientras la veía contonear las caderas y avanzar, tirando del abrigo de piel que llevaba sobre los hombros, un pensamiento me vino a la cabeza.
«Mierda, ¿hay un drama familiar aquí?».
De repente, oí una voz familiar que me hizo removerme incómoda en mi asiento.
Agucé el oído para intentar escuchar bien a la persona, pero estaba demasiado lejos.
Miré a Dominic y a su abuelo, que esbozaron una sutil sonrisa al oír la voz.
Cuanto más se acercaban los pasos, más fuerte me latía el corazón.
Intenté convencerme de que no conocía a la persona, pero la voz estruendosa que siguió poco después casi me hizo desplomarme en el asiento.
—¡Abuelo, ya estoy en casa!
—exclamó la voz familiar mientras entraba en el salón.
Cuando vi que la persona era Michael —mi exnovio—, mentiría si dijera que no quise desmayarme.
Pero él probablemente adivinó lo que yo estaba pensando y acabó haciéndolo en el momento en que descubrió que yo era su cuñada.
Mi miedo al ver a Michael no era que fuera a soltarle nada a Dominic, sino a sus padres.
Dominic y yo ya teníamos un contrato puramente de negocios, así que no tenía que preocuparme por él.
Al verlo desmayarse, Dominic y su abuelo se quedaron perplejos por un momento.
—Parece que su cuñada es demasiado hermosa para sus ojos.
Una sonrisa tímida apareció en mi rostro ante esa frase.
—No es tan despampanantemente hermosa como para hacer que alguien se desmaye —replicó Dominic con frialdad.
—Entonces debe ser por eso y por el hecho de que está borracho —dijo el anciano, dándole unas palmaditas a Michael, que yacía desmayado en el suelo—.
Total, no es la primera vez que se desmaya —reflexionó el anciano en voz alta.
Suspiré aliviada por haber escapado de esa situación, justo cuando mi teléfono vibró dentro de mi bolso.
Dominic sacó su teléfono.
—Deja que llame al médico de la familia.
—Mmm —musitó su abuelo y luego se giró para llamar a unos sirvientes para que subieran a Michael a su habitación.
Viendo que todos estaban ocupados, pedí permiso para atender mi llamada y me aparté a un lado.
Saqué del bolso mi teléfono, que no había parado de sonar.
Descolgué en cuanto vi el nombre de la persona que llamaba.
¿Qué podría haber hecho que mi mamá me llamara tanto?
—Mamá, ¿ha pasado algo?
—pregunté en el momento en que oí la voz sollozante de mi mamá.
—Lilly ha desaparecido.
La han secuestrado.
¡Plaf!
El teléfono se me cayó de la mano y ya no pude oír lo que decía.
Fue como un zumbido en mi mente.
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