Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 117
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117: Despierta 117: Despierta (Amaia)
La negrura aún recubre su guadaña cuando se gira hacia mí.
La Luz de Luna se posa en sus oscuros mechones; se han soltado del medio moño en el que los había atado.
Mi mirada se dirige a su pierna y puedo ver la sangre que emana de ella.
La máscara de compostura se le resbala del rostro por un instante mientras me mira fijamente con un atisbo de preocupación.
Noto que el cuerpo de furia de Zevran me empuja el brazo y Saiph repara esa sutil grieta, enmascarando aquella sombra de vulnerabilidad.
Su mirada oscila entre los demás y yo.
—¿Están todos bien?
Pueden abrir los ojos.
Está muerto.
Aparto la vista de él y la centro en Mintaka y Zevran.
Zevran me roza la mejilla con el hocico, intentando asegurarse de que no estoy herida, mientras su pata se posa en la espalda de su hermano, que sigue temblando en mis brazos.
La mitad de su cuerpo está en mi regazo mientras sus piernas se estiran.
—¡Sí!
—exclama Kacir, corriendo hacia nosotros junto con Rahria.
—¿Qué demonios era esa cosa?
—pregunta Rahria, con la voz temblorosa.
—Luego —dice Saiph con autoridad.
—¡Min!
—lo llamo en voz baja, esperando que pueda abrir los ojos y salir de la pesadilla en la que está atrapado.
Su cuerpo ha dejado de temblar.
Sujeto su rostro entre mis manos y le digo en voz baja: —¡Despierta!
Durante unos segundos, no pasa nada, y entonces sus párpados se abren lentamente y sus aterrorizados ojos dorados se centran en mí, asustados, confusos.
—Está bien, estás a salvo.
Nadie te va a hacer daño.
—Le aprieto la cara con suavidad y su nuez se mueve.
Me dedica un pequeño y reacio asentimiento.
Intenta levantarse de mi regazo, pero no lo consigue.
—Yo te ayudo.
—Saiph se agacha y le ofrece el hombro, dejando que Mintaka lo use como punto de apoyo para levantarse.
La conexión entre nosotros se corta, pero mi preocupación por mi compañero es profunda.
Puedo ver y sentir la agonía de Mintaka a través del vínculo.
—Voy a llevar a Mintaka en mi moto.
Kacir y Rahria se quedarán detrás de mí con Faeln.
Zevran traerá a Amaia, pisándome los talones —nos explica Saiph el plan completo.
Todos asienten, todavía muy conmocionados por la experiencia.
Me pongo de pie y Zevran me empuja suavemente para que me suba a él.
Agarrando su suave pelaje, levanto la pierna y me monto en su lomo.
El vínculo vibra entre nosotros, un fuego arde en mi muslo, pero rodeo su cuello con mis brazos.
Zevran deja escapar un lento ronroneo de satisfacción y nos ponemos en marcha.
Saiph lidera el camino en su moto y Zevran corre a su lado sobre sus fuertes patas.
El viento me azota, haciendo que mi pelo vuele hacia atrás.
Mis ojos preocupados se posan en Mintaka mientras se agarra a los hombros de Saiph.
La profunda tristeza de su rostro me estremece hasta la médula y me pregunto qué vio para estar tan destrozado.
Siempre he sentido que el dolor ha sido el compañero constante de Mintaka.
La forma en que canta y usa su guitarra para expresar esa soledad vacía que lleva dentro.
La culpa que lo consume ha atenuado la luz de sus ojos.
Pero hoy parece completamente perdido, como un fantasma sin alma.
La criatura le ha afectado más a él, aunque al principio a mí también me afectó; sin embargo, yo me recuperé rápido, pero él no pudo.
Otra razón por la que necesito volverme fuerte, aprender magia de escudos con la ayuda de Alnilam y proteger a la gente que quiero.
Me duele el corazón cuanto más lo miro.
Desvío la mirada hacia Saiph; su guadaña mortal reluce bajo la luna mientras conduce la moto con calma.
Pocas veces he visto a alguien luchar como él lo ha hecho; su arma posee una magia poderosa y me pregunto cuáles son sus poderes.
¿Tiene algún tipo de magia?
¿O solo usa un arma encantada?
Parece muy vigilante y no muestra ninguna señal de dolor a pesar de que su pierna está gravemente herida.
Las puertas de la Academia Orión se vislumbran a lo lejos, con la bandera ondeando al viento.
—¡Abran las puertas!
—ordena Saiph desde la distancia, con voz estentórea.
Las puertas se abren y entramos en el recinto.
Saiph se detiene en las puertas para hablar con los centinelas mientras a nosotros nos hacen pasar.
—Guíenlos a sus habitaciones.
Voy a llevar a Mintaka a la enfermería —les dice Saiph, y pronto los Centinelas nos rodean.
Algunos salen corriendo, asegurándose de que no haya otros por los alrededores.
Zevran no deja de correr y me lleva directo a nuestro dormitorio.
Solo se detiene cuando llegamos a la puerta de nuestra habitación y finalmente me bajo de su lomo.
Abro la puerta de un empujón y entro, todavía temblando por la experiencia.
Zevran me sigue al interior de la habitación, caminando sigilosamente sobre sus patas.
Me dejo caer en la cama, sentada en el borde, y él se acerca poco a poco, dándome un empujoncito con la nariz.
Abro los brazos y lo abrazo.
—Gracias por traerme a salvo, no es así como habíamos planeado el final de nuestra primera salida.
—Suspiro profundamente y él frota su nariz contra mi mejilla.
Sus ojos de un azul violáceo están teñidos de tristeza, pero su presencia es muy reconfortante para mi corazón.
Le revuelvo el pelaje.
—Lo sé, grandullón.
Lo sé.
Ve a cuidar de tu hermano.
Estoy segura de que te dejarán entrar en la enfermería, te necesita.
Zevran se inclina y me da un lametón húmedo en la mejilla con su larga y áspera lengua.
Sonrío de todo corazón a su afecto; mi corazón se llena de un amor incondicional por esta criatura.
Tomando su mandíbula entre mis manos, le doy un beso en la nariz mojada.
—Tú también me gustas mucho.
Vete ya, cámbiate y quédate con Mintaka.
Con una última mirada persistente, se retira.
Desearía seguirlo para asegurarme de que Mintaka está a salvo, pero sé que él no querría que estuviera allí.
La interacción que tuvimos hoy lo dejó vulnerable frente a mí, y tengo que darle su espacio antes de ir a verlo.
Me dejo caer de espaldas en la cama sin molestarme en quitarme los zapatos y me quedo mirando al techo, perdida en los acontecimientos del día.
Kacir todavía no ha llegado, quizá se haya ido a la habitación de Rahnia.
Seguro que la experiencia los unirá.
Quizá se quede a pasar la noche con ella y eso sí que me hace sonreír.
Kacir necesita todo el amor del mundo.
Me levanto y me pongo mi ropa de dormir: un camisón cómodo y unos pantalones.
Saco el pañuelo de Saiph, lo lavo con agua y jabón y lo extiendo en el toallero.
Oigo un suave golpe en la puerta cuando salgo de la zona del baño.
Debe de ser Kacir, que llama para asegurarse de que estoy presentable.
—Pasa —digo con naturalidad, cogiendo el frasco de la comida de Zille para poder llenarle el plato.
La puerta se abre y, para mi total sorpresa, entra Saiph, con mi bolso en la mano, llenando nuestra habitación con su misteriosa presencia.
Nuestras miradas se cruzan, y la misma vulnerabilidad y preocupación que veo escondidas en el rabillo de sus ojos son las que presencié cuando derrotó a aquel Chittering.
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