Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 184
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184: Ver su marca maldita 184: Ver su marca maldita (Alnitak)
(Contenido NSFW a continuación)
Hechizados, presenciamos su transformación.
Su cabello caía en cascada como rayos de luna, como si estuviera iluminado por los primeros rayos del sol.
Ojos de mar tormentoso, feroces y, sin embargo, con una sutil calma en ellos.
Esas lindas orejas que sobresalen y se vuelven puntiagudas.
Mis manos se mueven hacia su cara, acunándola con mi tacto gentil.
—Eres una diosa, Amaia, y voy a adorarte —susurro, y ella inclina la cabeza un poco, frotando su cara contra mi palma.
Tan inocente, tan pura es mi compañera.
Mis ojos se niegan a apartarse de sus serenos rasgos.
Mintaka se mueve detrás de ella, y una de sus manos se desliza por su suave cabello; la otra toca su oreja puntiaguda.
—Qué orejas más monas —se inclina y le murmura, recorriéndola hasta el borde con su dedo índice.
—Debería intentar pincharte con ella —bromea, mirando de reojo a mi hermano, que la observa con la misma adoración que yo.
La yema de su dedo índice toca la punta de su oreja y Mintaka suelta un pequeño chillido.
—¡Ay!
Me he pinchado el dedo.
Voy a caer bajo el hechizo del sueño.
Será mejor que me despiertes con un beso.
Amaia se ríe de sus palabras, su voz sonora se abre paso hasta mi corazón y lo relaja, llenándolo de una cantidad infinita de amor.
—Siempre te despertaré con un beso.
Sus ojos llenos de amor se centran en mi hermano.
—Vamos a practicar.
Su mano, empuñada en el pelo de ella, le gira la cabeza ligeramente y une sus labios a los de ella.
Las venas de su cuello se tensan.
Un pequeño gemido se le escapa cuando la mano libre de Min le agarra el cuello y la mantiene firme en su agarre.
Mis manos se deslizan de su cara a sus fuertes hombros.
Usando mis pulgares, los engancho dentro de su vestido y tiro de él hacia abajo, dejándolo amontonarse a sus pies.
Antes de que su mano pueda ocultar la marca de la maldición, le agarro las muñecas con mi mano derecha, apresándolas juntas.
Ella gimotea, su cuerpo sufre espasmos, entrando en modo de lucha.
Mintaka la pacifica profundizando el beso.
Su embriagadora excitación golpea mis sentidos, volviendo locos a Zevran y a Erebus.
Pero es la marca de la maldición lo que deseo ver.
Cayendo de rodillas, mis ojos recorren su muslo y ahí la veo por fin.
Como la cicatriz torcida y rota en forma de media luna, una parte parece haberse curado, pero otra permanece, como un feo recordatorio de lo que se ve obligada a soportar cada día.
Las yemas de mis dedos se extienden y la tocan con ternura.
Su cuerpo está rígido y tenso, pero en el momento en que mis dedos la tocan, se relaja y deja de luchar y de agitarse.
Inclinándome, presiono mis labios sobre ella, intentando borrar la fea marca de su piel.
—La he visto, Amaia.
¿Aún te duele?
Mis labios se ciernen sobre la marca mientras alzo la vista para encontrar su mirada.
Taka le suelta los labios y la sujeta por los hombros desde atrás.
Ella baja la cabeza para mirarme con ojos brillantes.
—No, antes sí, cada vez que estaba cerca de ti y de Min, pero ya no.
E incluso ese impulso de ocultársela a ambos ha desaparecido, ahora que la han visto —responde, mientras mi hermano le desabrocha el bralette por detrás y se lo quita.
Su cuerpo se estremece de forma electrizante cuando las manos de Min encuentran sus pechos y los envuelven, pellizcando sus pezones erectos.
El regalo que le di todavía está envuelto alrededor de su otro muslo.
Las mariposas tintinean, ya que es lo único que lleva ahora en su cuerpo desnudo.
Mis labios encuentran de nuevo el punto sensible de la marca de la maldición.
Presiono suavemente mis labios allí.
—Parece que ha encogido.
Todavía puedo ver la piel en carne viva hasta donde debió de extenderse, pero se ha desvanecido.
Me pregunto si el hecho de que la hayamos reconocido y decidido amarla juntos ha hecho que la marca ya no le duela.
No sé nada sobre maldiciones o marcas malditas, es hora de que me pase por la biblioteca y averigüe cómo podemos liberar por completo a nuestra compañera de este dolor.
—Sí… e…ra largaaa —las palabras de Amaia son confusas por el placer que le proporcionan las manos de mi hermano.
Mis labios trazan lentamente besos en su muslo, mientras se mueven hacia la suavidad que hay entre sus piernas.
Cada beso me gana un gemido necesitado, mezclado con sus lujuriosos deseos, que gotean a través de nuestro vínculo.
Nos desea… con locura.
Su cuerpo tiembla, su líquido lechoso se escapa y cubre sus muslos internos, lista para ser tomada.
Voy a comérsela antes de deslizar mi polla dentro de ella.
Agarrando sus muslos, abro de un tirón sus piernas temblorosas.
Mi boca se cierne justo delante de su húmeda suavidad.
Alzo la mirada y la encuentro toda mareada en el agarre de Min, que le retuerce los pezones mientras mantiene la espalda de ella pegada a su cuerpo.
Sus ojos soñadores están sobre mí.
—Mira cómo te devoro.
—Mi boca codiciosa y salivante se abre y se aferra a ella.
El cuerpo de Amaia se sacude tan violentamente como si la hubiera electrocutado.
Un gemido desesperado se escapa de su boca.
Mis manos se clavan en su carne mientras saboreo el líquido salado que exprime en abundancia.
—Esa es nuestra chica buena.
Ahora dame todos tus gemidos —Min reclama sus labios una vez más mientras sus manos retuercen sus pezones puntiagudos.
Mi lengua sale disparada y, como una bestia glotona, hambrienta de su compañera, la paso por su coño antes de hundirla en su interior.
Suave, cálido, húmedo y palpitante.
Sus paredes internas aprietan mi lengua y se contraen a su alrededor antes de relajarse.
Sigo hundiéndola y sacándola.
El cálido elixir que su cuerpo produce, me lo da en abundancia y yo me lo bebo todo como si fuera mi fuerza vital.
Ella gime y se sacude, sus piernas tiemblan tan violentamente en mis manos cada vez que Taka retuerce sus pezones y mi lengua invade lo más profundo de su ser.
Ese aroma suyo a chocolate y flores me marea, y la sensación es abrumadora.
Y entonces mi lengua se hunde tan profundo en ella que Amaia gimotea en la boca de Min y dispara un chorro de líquido.
Sus piernas pierden toda la fuerza y yo me bebo hasta la última gota de ese elixir que ha derramado en mi boca.
Se ha corrido y ahora voy a tomarla.
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